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9 de abril de 2020

Este jueves, relato: Señales mal entendidas.



Señales mal entendidas.
¡Me guiñó un ojo, el izquierdo!
Había soñado y habría pagado por ello; por eso necesité morderme la lengua para confirmar una realidad que podría no serlo. Pero, era el izquierdo. ¿Tendría algún significado ese aparente e insignificante detalle? ¿Encerraría algún mensaje cifrado el hecho de que fuese ese y no el derecho? ¿Estaríamos hablando de amistad o, tal vez, de sexo? ¿Sería suficiente un mordisco en la lengua o quizás debería probar con el fuego de una cerilla en la palma de la mano?
Superada la excitante, pero suicida, por exagerada, consecuencia de aquel gesto empecé a plantearme diversas opciones que allanasen tal cuestión: ¿Algún hecho olvidado que justificase ese detalle? ¿Un comportamiento perdido en el tiempo que no recordase? ¿Un atractivo manifiesto que hasta ese momento hubiese permanecido oculto?
Por qué el guiño y por qué el izquierdo cuando hasta ese momento, Anna, ni me había dirigido la palabra ni me había sonreído ni había rozado mis manos dando muestras de una ardor escondido ni tan siquiera me regalaba una mirada de displicencia.
Miré, por si acaso, a mí alrededor, delante y atrás, arriba y abajo, pero no había nadie en unos metros a la redonda; era indudable, ese guiño con el ojo izquierdo era exclusivamente para mí… y me preparé para las agradables y apasionantes consecuencias. Anna, no tardó en tomar la iniciativa y mirándome fijamente me dijo:
¡Joder, Pepito! No te quedes ahí mirándome como un idiota y quítame esta brizna del ojo.

Más señales de estas en el blog de Dorotea

5 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Moisés



Moisés

Imaginar, moldear y acariciar al tiempo que se crea lo desconocido. 
Sentir que las manos húmedas toman el barro y perfilan el volumen del deseo. 
Modelar sin pausa, extasiado, en un caos de conexión emocional con el elemento natural y lanzar las manos a la aventura de la creación. Los dedos calibran el fondo y se hunden en la superficie inmediata; o hábiles, repican cincelando pliegues, arrugas y arterias, que vivas se adueñan del espacio y del tiempo.
Las manos no destruyen, sólo transforman.
Indistintamente de la magnitud de la obra y una vez terminada, el artista, convulso, enloquecido por tanta belleza y desatando una cólera contenida, le golpea en la rodilla exigiéndole que hable… 
«¿Por qué no me hablas?».
Y ante el silencio de la piedra, Miguel Ángel, cae vencido a sus fríos pies.

Foto: Alfredo Cot



4 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Oliendo a café



Oliendo a café


Vivo en un octavo.
Cada día, el ascensor acude a mi planta con la precisión de un tren de alta velocidad. Las puertas de acero se abren invitándome a entrar a la primera sensación del día: un penetrante aroma a café recién hecho. Se cierran las puertas y comienza la aventura de cada mañana, oler planta por planta intentando adivinar en cuál de ellas es más fuerte el olor a café, y así identificar su origen, ponerle cara a esas manos que tan sabiamente han mezclado, molido y filtrado, hasta conseguir ese cremoso exprés de tan exquisito aroma y sabor. El descenso es corto, no llega a un par de minutos y la carrera de olfatear se concentra al paso de los diferentes pisos. 
Podría ser Carmen la del séptimo, se levanta temprano y a estas horas lleva a sus hijos al colegio; seguro que vuelve para apurar el resto de su cafetera.
Manuel el del sexto trabaja en casa, es informático, pero no me lo imagino trajinando en la cocina, es más de bajar a la cafetería de enfrente y acompañarse de unas suculentas magdalenas.
Desestimo a la pareja del quinto, ambos trabajan en Iberia y esta semana, vuelan.
Susana, la joven viuda del cuarto, bien podría minimizar sus penas en un buen café; sus ojos tiernos y húmedos necesitan un buen estímulo para enfrentarse cada día a su recién estrenada soledad.
La intensidad del aroma me despista, yo diría que se acentúa a capricho, que se depositó en la cabina del ascensor y viaja conmigo.
En el tercero, el ascensor, casi siempre hace una parada. Ignacio debe levantarse, ducharse, vestirse y salir a la misma hora que yo; de lo contrario no entiendo tanta coincidencia, vive con su madre y él no puede ser el del café, pues también reacciona sorprendido ante el delicioso aroma.
María sube en el segundo, todas las mañanas baja a pasear a su dálmata, podría ser ella. Ignacio y yo nos miramos compartiendo un deseo oculto: por una mujer así —y si además, es ella la del café—, bien se podría perder la cabeza.
El primero no cuenta; a esas oficinas llegan más tarde y las señoras de la limpieza vienen desayunadas de casa.
Cada día, el misterio del excitante aroma del café, me hace pensar que ese puede ser un buen día… tendré tiempo para descubrirlo.




3 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Colores para después de la guerra [COVID-19]



Colores para después de la guerra.
El primero en llegar fue Blanco, serio, elegante, luminoso. Con olor a fuego apagado y bata del mismo color. Responsable de la convocatoria, de la que estaba seguro saldrían bien planificadas las pautas de actuación para aquel admirable objetivo. También era el más relevante, cabeza visible y portador de emociones y sentimientos, parecía que todo giraba a su alrededor, cuidadoso y pulcro ordenaba sobre aquella superficie transparente los guiones personalizados que más tarde repartiría con la precisión de siempre.
En segundo lugar llegaron juntos, Amarillo y Verde, alegres, vivos y frescos, canturreando por lo bajo algo de una zarzuela que no llegué a reconocer. Ambos con cometidos diferentes, el primero para enlazar, envolver, atar los buenos deseos y proporcionar la tranquilidad perdida y el otro, Verde, como soporte espacial, algo así como la esperanza en forma de tiempo recuperado. Ambos sabían de la importancia de su papel, aunque sólo fuese como en el cine, un papel de reparto.
Azul entró a continuación, ensimismado, como inmerso en aguas profundas, armonioso e inspirando una envidiable confianza, propia del que siendo todo afecto, además, está iluminado por los aplausos en los pasillos de la UCI.
Dorado entró sin haberse cerrado la puerta, vestido de trigo, y oliendo a sol, eterno aspirante reflectante, sofisticado. Se sentó de espaldas a la cristalera con su solvencia multimillonaria sobre las rodillas.
Violeta y Rosa tardaron un poco más, tímidos, reservados, saludaron discretamente y se sentaron juntos al final de la gran mesa. Con gran ternura cruzaron sus brazos y esperaron los acontecimientos, que una vez más exigirían la máxima dedicación.
De par en par se abrieron las puertas de luna pulida para la entrada solemne de Rojo, estable, puro, seguro y parsimonioso en sus movimientos, ocupó el sillón junto a Blanco, que lo buscaba con la mirada, demandando esa porción de justicia, equidad e inocencia de la que su poderoso amigo recién llegado, era portador.
Llegó la hora y faltaba el de siempre, su demora, no siendo grave ponía de manifiesto su condición de color triste, mediocre. De traje y corbata avanzó hasta ocupar su asiento, saludando con un gesto de medio tono y con cara de aburrido. Justo en ese momento, tomó la palabra Rojo, que dijo: «Ahora que por fin ha llegado Gris, empecemos con el plan para recuperarnos de esta maldita desgracia».
Dibujo de Juan Daniel, seis años.


1 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: El soldado Martínez


Conocí al soldado Martínez en la primera fase de la instrucción. De los primeros en llegar. Puntual. Confundido, ajeno a aquella experiencia que le había arrancado de su pueblo por primera vez. Saludó con un tímido movimiento de cabeza que correspondí sin demasiada trascendencia y me dije: «Dios mío, a este le falta poco para cagarse en los pantalones».
De mediana estatura, fibroso, tostado de brazos y cuello por el sol del mediodía, debió de intuir en mi gesto algo más que un saludo cortés e, instintivamente, se refugió en mi entorno espacial reclamando desde el fondo de sus ojos azules un pacto clandestino de ayuda y protección.
En esos momentos, el soldado Martínez no era dueño de nada y sin embargo dejaba traslucir una ternura de gran intensidad. Su falta de experiencia la compensaba con la belleza y obviedad del hombre que ha aprendido a vivir con el trigo, las viñas y los animales. Era así, sin proponérselo, pero yo sentí la necesidad de descubrirlo y apadrinar esa indefensión tan evidente... me gustaba.
Los altavoces del patio reclamaban la presencia de los nuevos reclutas llamándonos por orden alfabético: Alamar, Artiaga, Badenes, Borja, Castejón... Martínez, Marzal; en ese momento supe cómo se apellidaba y que por alguna razón el destino de las letras nos vinculaba al uno junto al otro. Al descargar nuestros petates en la misma litera cruzamos la mirada por enésima vez e intuí un rubor que era recíproco, me quedé con sus limpios y celestes ojos... nos gustamos. Fueron minutos interminables para desnudarse, para vestirse; minutos en los que nos sorprendimos curioseándonos con el rabillo del ojo; minutos de controlar las manos que suicidas buscaban el roce, el aliento, el calor.
  Era otro lugar, lejos de todo. Incorporándose a un colectivo en el que el tedio, la displicencia y la angustia, amenazaban el único activo que empezábamos a poseer: amarnos. Y ese deseo podría con los presagios de los tiempos adversos que estaban por venir.

                

31 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: ¡Bragas a cuatro euros!



¡Bragas a cuatro euros!
La curva, después de pasar la Gasolinera, siempre le sorprendía; no se acostumbraba a reducir la velocidad, la visibilidad era buena, sin embargo el peralte, por una extraña razón inclinaba el asfalto en contra de los confiados automovilistas.
No le gustaba conducir, pero ahora no tenía elección; solía hacerlo de madrugada, acompañada pero más sola que nunca. Además tenía que recordar cúal era el destino en ese sábado de diciembre. Cada día un mercado diferente, en un pueblo diferente, pero el mismo tipo de gente de siempre.
Cristina era bonaerense, vino a Valencia de joven y enamoró a Pepe, el batería de un grupo de Rock llamado Los Escorpiones.
Estos viajes al mercado no tenían nada que ver con aquellos de los conciertos por la Comunidad Valenciana. Después de un largo pero cómodo viaje hasta el pueblo de turno descansaba en primera fila o en una mesa cerca del escenario tomando alguna copa, mientras su amor aporreaba las baquetas sobre la tersa piel de los tambores de su batería recién estrenada.
Hoy, Cristina conduce un Mini con un remolque de ruedas que se transforma en un puesto de venta ambulante. Avanza toldos y mostradores por tres costados; en los dos laterales la ropa de niños y en el frente más grande, la de adultos, toda ella expuesta en rigurosos montoncitos por talla y modelo, que duran en ese orden una sola embestida de los furibundos compradores de «saldos» como ella los suele llamar. A la hora, los escaparates lucen un estado tan lamentable, que es imposible identificar una prenda de otra. Da lo mismo, siempre es igual; al principio, se obsesiona con el orden, no le gusta discutir con los clientes y muy de vez en cuando, con toda la paciencia del mundo, ordena tallas y modelos, hasta la siguiente hora, en la que de nuevo, los tejanos de la 40 se mezclaban en caótico desorden con las camisetas de la S.
La venta ambulante no es su sueño, las inclemencias del tiempo y un perfil de comprador agresivo siempre en busca de la oportunidad y el regateo no es la relación más enriquecedora que en su nueva situación necesita; no lo lamenta, pero en su soledad maldice aquella noche en un bar, después de un concierto, en el que a su amor unos desalmados borrachos lo dejaron paralítico de una paliza.
«¡Señora, las bragas a cuatro euros,...el par!»
Foto: Alfredo Cot [Mercado en Nairobi].

30 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Una historia de Internet




Una historia de Internet
Mi nombre es HP, mi apellido Windows; de lo que podéis deducir que pertenezco a una familia y a un momento donde la ficción y la realidad se confunden.
Tengo un cuerpo equilibrado, altura y peso estables, mientras que mis pulsaciones y tensión son más cambiantes, mi cabeza es ancha y plana y tiene matices y opciones de color e intensidad, en general, diría que este cuerpo que la técnica me dio es proporcionado y justo.
Funciono mediante los impulsos que generan en mi pecho las caricias de las prestadas manos de un ser raro y complejo, sin embargo y a pesar de esos contrastes, me he acostumbrado a su presencia y con el tiempo he llegado a la conclusión de que él me necesita más a mí, que yo a él.
Este extraño ser, tiene un comportamiento curioso: se emociona, ríe, llora, gime, grita, patalea, susurra, canta y todo ello, solo, delante de mis virtuales narices.
Os cuento que una vez lo vi alegrarse hasta la locura cuando le abrí un mensaje que decía: «Tenemos el gusto de comunicarle que su proyecto del Museo de Luciérnagas de París ha sido premiado».
Os cuento que otra vez lo vi llorar de amargura, cuando recibió un correo que decía: «Estimado señor lamentamos comunicarle que después de las pruebas pertinentes le confirmamos que ese tumor que le detectamos en su día, es maligno».
Os cuento, que una vez, me sobresaltaron sus jadeos, no conocía el Ciber sexo, pero confieso que a él, le debió impactar sobremanera pues enrojeció hasta el desmayo, permaneciendo exhausto e inmóvil durante unos largos minutos.
Os cuento que otra vez, escribía y escribía participando en un debate sobre letras, textos, libros y cosas parecidas, detecté por la temperatura de mis teclas que el intercambio de opiniones era acalorado y apasionante.
Os cuento que una vez me llevó de viaje, fue muy divertido, utilizó mi estómago para obtener unos billetes de avión, que pagué sin darme cuenta, reservó una habitación doble con desayuno incluido, al que le acompañé sin invitarme a probar bocado, me paseó por Avenidas y Bulevares y, de regreso, me tuvo horas y horas encendido relatando sobre mi vientre los momentos que habíamos compartido.
Os cuento que alguna vez me he resfriado y mi cara se ha quedado totalmente negra, inmersa en la más absoluta de las oscuridades y este ser tan especialmente raro, me ha curado y cuidado hasta recuperar mi habitual luminosidad y colorido.
Ahora, os cuento que ya soy mayor y ha llegado mi hora, creo que mis Enter están contados y un joven HP ocupará mi sitio, porqué él —el raro—, no puede o no quiere o no sabe estar sin Internet.



29 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Amigalario



Jardiel Poncela, en un divertimento literario, se recreó sobre el papel de los tipos que nos encontramos a lo largo de nuestra vida y que de una u otra forma tienen o pretender tener cierto ascendiente sobre nuestra existencia.
Con un término que bautizamos como Amigalario, Poncela lo inició con la definición del «Amigo Póliza» que por graciosa, ocurrente y real me ha llevado a hurgar en la hemeroteca articularia hasta encontrar alguna que otra perla digna de comentar:
Amigo Brújula: Es el amigo del que más nos fiamos, con inexplicable ceguera leemos el libro que nos recomienda, la película que nos aconseja o las rebajas a las que debemos acudir, sin darnos cuenta que siempre es nuestra pereza y no su inteligencia la que nos hace decidir.
Amigo Visa: Es impensable salir a la calle sin este amigo, es el acompañante inevitable, mudo, no dice nada, solo está por si acaso, pero que nunca te lo dejas en casa porque si no ligas ya sabes a quien echarle inconscientemente la culpa.
Amigo Piel de Plátano: Este es el amigo con el que siempre resbalas cuando te cruzas con él, confundes su nombre, te interesas por su madre que falleció hace no sé cuánto, y sufres, porque aunque no lo parezca le tienes aprecio, ¡ah! y nunca recuerdas dónde lo conociste.
Amigo Helado de Fresa: Te confiesa con exagerada frecuencia sus declaraciones de amistad, a veces inoportunas y sofocantes y siempre con un sonrojo que a la vista de su sudor le derrite por dentro, en verano cuando lo buscas sólo encuentras un charquito en el suelo.
Amigo Escupidera: Sólo sirve para ser el destino de nuestras más viles acciones, escupes sobre el: traumas, decepciones, arrebatos, impotencias, en fin..., faena tiene cuando llega a su casa.
Amigo Montaña: Es esa persona a la que nosotros, manifiestamente débiles, atribuimos gran fortaleza moral y física, pedimos ayuda constantemente, sablazos y demás cuelgues coyunturales.
Amigote: Este es el amigo de cualquier tipo desde el punto de vista del cónyuge, sobre él recaen todas las sospechas y faltas de las que solo uno es el causante, siempre es bueno que haya niños y amigotes.
Amigo Boomerang: Es aquel que nunca sabes de ordinario donde está, ni siquiera si todavía lo tienes como amigo, pero que cuando te descuidas vuelve a darte en las narices, pidiéndote que le saques una vez más las castañas del fuego.
Amigo Obispo: Este, sí que parece un buen amigo, bendice todo lo que haces o dices, le pareces maravilloso y siempre te da la razón, te perdona tus faltas con una palmadita en la espalda y un «no te preocupes, eso pasa en las mejores familias».
Amigo Mar: Variante interesante de la amistad, siempre está ahí, tú te vas de vacaciones, de trabajo o a la cárcel y siempre te espera, a pesar de tu ausencia pierdes toda sensación de culpabilidad, funciona sin tu permiso y al margen de que estés o no, él sigue haciendo sus cosas.
Amigo Bufanda: el que te acompaña, te da abrigo, pero que siempre interrumpe, te tapa la boca y no te deja hablar, hay que esperar a su ausencia para poder expresarte con libertad, pero eres tan torpe que siempre que lo haces te resfrías.
No os fieis, ved si en vuestro entorno habéis alimentado a algunos de estos curiosos tipos y perdonaros la debilidad.
Fuente (en bruto): Relaciones Personales. Suplemento de El País

28 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: La silla se va de viaje.



La silla se va de viaje.
Es la pequeña y es su primer viaje. Yo, su madre, la mecedora, no lo tengo nada claro, pero su padre, el sillón, dice que ya es mayor, que tiene que espabilar y ver mundo.
Parece que fue ayer cuando Tomás, nuestro carpintero de cabecera me dijo: «María, vas a tener una silla». Salió del revés: primero las cuatro patitas, luego el asiento, cuadrado y horizontal y por fin un respaldo abarrotado de barrotes. Recién nacida olía a roble fresco
De niña sentía la emoción de los primeros descubrimientos. Aquel culito blanco que acariciaba, escurriendo, las tiernas nalgas sobre su resbaladizo cuerpo; hasta que alguien decidió que había que tapizar el asiento con loneta de colores. Aquella base, cuadrada y horizontal, que iba creciendo en altura, con almohadones superpuestos, tal y como se hacía mayor, Carmencita.
Siempre fue transparente. Su mirada limpia, a través de los barrotes torneados, encontraba el límite en la prolongación hacia el suelo de las cuatro patas sobre las que se sostenía.
Hoy, unos cuantos barnizados después, va de viaje al bosque de la vida. Paseará entre robles nobles, hayas en sayas, pinos pinosos y abetos coquetos; tomará el sol a través de ese hueco por donde el sol regatea a las sabinas y, vestida de boda, lucirá enaguas de agua, capa de cenicienta y lazos de seda que sortearán, caprichosamente, los barrotes de lado a lado.
Es Julio, la niña ya es mujer.

26 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Pavarotti o el trágico final de un seductor.




¡Adiós, amigo!
Pavarotti aleteó escapando por la ventana abierta de par en par al reclamo de su amada Callas. Él, loro, papagayo, perico y ella, cacatúa, cotorra, periquita. Ambos, gregarios y monógamos, aunque enamoradizos repetían e imitaban incansablemente las melodías que, el uno a la otra y la otra al uno se intercambiaban por el patio de luces.
A esa hora, cada día, Pavarotti solía visitar a Callas, la lora del quinto, y le recitaba de memoria el primer verso de «Poesía eres tú» de Bécquer. Seductor como buen loro. Coqueto como buen loro. Parlanchín como buen loro y soberbio como buen macho regresaba horas más tarde con alguna pluma de la lorita en su curvado pico. Prueba fehaciente de su conquista y trofeo silencioso que sólo podía compartir consigo mismo.
Un día, al salir, una ráfaga traicionera cerró de golpe la ventana. En su vuelo ascendente se debatía entre el dilema de si esa deseada e inevitable visita tres pisos más arriba tenía que ver con una determinación irreversible o, simplemente, con un golpe de efecto grotescamente teatral.
Al regresar de su aventura donjuanesca, obnubilado, despistado, ebrio de placer y ciego de nacimiento no cayó en la cuenta de que el viento le había cerrado las hojas de la ventana a las que fue a dar de picobruces ante el acorazado y transparente vidrio. Tan sólo le dio tiempo a replegar alas y con la cabeza poblada de estrellas que giraban como satélites cayó, aturdido y avergonzado, por el resto de los pisos hasta el duro y asesino suelo donde se sentenció su despedida definitiva. Solo le quedó un halo para lamentar: «¡Adiós hermosa Callas! Mi orgullo desairado y vilipendiado y yo, herido de muerte, en este grotesco y desolador patio de luces».
Así fue como mi loro o papagayo o perico perdió la vida y la dignidad en las rasillas esmaltados de un oscuro y sucio deslunado.

12 de marzo de 2020

Este jueves, relato: Propuesta alocada



Acudió a su llamada y aceptó el reto. Se trataba pues de escribir y, de eso, Marta tenía alguna idea. Eligió el comienzo, la ilustración y se enfrentó al blanco de la pantalla.

En pocos minutos había enlazado, más o menos, trescientas palabras. Una historia desarrollada con minuciosidad, con imaginación, con documentación y un poco de sal en el estilo.

Publicó la entrada que acompañó con la foto correspondiente. Buscó en etiquetas un genérico para facilitar su búsqueda y encontró uno adecuado, «Relatos»; y otro, «Los jueves, Relato» y un tercero más específico, «Retos».

Marta mimaba sus textos; pequeñas obras de arte colgadas en las paredes de un museo intangible. Iluminadas con la sombra de una luna que le daba la espalda y expuestas hasta un amanecer que estaba por inventar. Tecleó Enter y publicó su historia. Dejó pasar la noche, que compartió entre sábanas consigo misma.

A la mañana siguiente, con la taza de café en la mano, conectó su Mac y abrió su página: www.marta-unsólocorazón.blogspot.com. Releyó su entrada una y otra vez, le gustó, se gustó; intentó imaginar que efecto causaría en los anónimos lectores, desvió la mirada ansiosa más abajo buscando posibles opiniones y comprobó: 0 comentarios. «Es un poco pronto». Se dijo.

A la noche, después de un día ausente de casa, repitió la operación, buscó correos y leyó de nuevo su historia, descubrió matices que le agradaron y algún giro narrativo que podía mejorar, la mirada le huyó unas líneas más abajo y comprobó: 0 comentarios «¿Qué pasa, nadie me lee?» Repitió preocupada.

Lo mismo sucedió al día siguiente: 0 comentarios «¿A nadie le interesan mis cuentos?» Se preguntó dolida. Ensimismada y con la vista perdida en el fondo de la pantalla, oyó una voz que le decía: «Querida Marta, no te apenes por no tener comentarios, escribe para ti y disfruta como lo haces, leyéndote. No es cierto que los Blogs se alimenten de los comentarios, estos, tan sólo alimentan alguna vanidad perdida; una excusa para los que dan más importancia a la cantidad que a la calidad. Hay que escribir. Escribir e inundar el espacio interestelar de vocales y consonantes entrelazadas como si de poemas cósmicos se tratara».

La voz desapareció entre letras y, Marta, de nuevo, quedó sola. Solo ese comentario latía con ella —ni más, ni menos—.




31 de octubre de 2019

Este jueves, relato: Vamos de entierro.



Macareno es el tonto del pueblo. Todos le ríen las gracias y se divierten con sus chirigotas estrafalarias. Inocente e inofensivo es objeto de burlas humillantes que él, impasible, carga a sus espaldas con paciencia y fría estoicidad.
La noche del 31 de octubre, el ritual de su transformación empieza con un baño de sangre de pollos del corral. Una vez al año cambia su desternillante y ridícula personalidad por otra en la que despiertan sus más perversas y crueles inclinaciones. Embadurna su cara de rojo que, al paso de las horas, resecan su piel cuarteando la tersa superficie. Su rostro maquillado en exceso acentúa unas facciones que se confunden con las máscaras del resto de los vecinos celebrantes dejándolo en un total y asumido anonimato. Todo luce bien en esa macabra y escalofriante fiesta. La oscuridad de esa noche confunde su interior enfermizo y vengativo con los eventuales disfraces de los demás y… ¡todos parecen lo mismo!
El alma podrida de Macareno suda encharcando su corazón de babas oscuras que le nublan la razón. Dan las doce y el Truco o trato le acerca con fascinación y lascivia a su recóndita presa... la fiesta ha comenzado.
A la mañana siguiente, una joven aparece descuartizada en algún campo perdido en los lindes de aquel, por unas horas, confiado paraíso. Sus restos envueltos en una sábana de raso blanco quedan para siempre en el interior de aquella caja de madera que, palmario y compungido, porta al hombro, Macareno, el tonto del pueblo.



29 de mayo de 2019

Este jueves, relato: Un personaje, un lugar, un conflicto.



Hospital Nuestra Señora Redentora
Carta a la Directora.
Muy Sra. Nuestra:
Sirva la presente para comunicarle que no nos espere esta noche, Mariana y yo nos hemos fugado.
Hemos saltado la tapia, justo en la esquina donde coinciden los muros de mampostería y el seto de hiedras. 
Nuestro amor, era difícil mantenerlo en ese rancio hospital que usted gobierna con obsceno rigor y mente casposa. Su vigilancia desmedida y censura inexplicable nos lleva a tomar tal decisión que, aunque comprometida, es el estímulo que necesitamos. 
De esas cuatro paredes solo recordaremos, Mariana y yo, el mágico momento de nuestro encuentro y nuestras primeras citas. Olvidaremos la obsesión arbitraria por parte de sus otras y mercenarias novicias a mantenernos separadas, el extravío intencionado de nuestras cartas y los falsos testimonios que nos atribuían por separado con el único fin de enfrentarnos. Una nueva vida nos espera lejos de envidias, rencores y podridas lecciones apostólicas, que dicho sea de paso no practican para sí mismas. 
El Amor está de nuestro lado y con él la pasión, la tolerancia y el futuro, algo que desconocen los que desgobiernan ese rancio establecimiento.

Sra. Directora… ¡Que le den!

Atte. Felipa

P.D. ¡Ah, los hábitos los hemos dejado debajo del colchón, junto a las chinches!


28 de marzo de 2019

Este jueves, relato: Casa de vecinos.




Mi casa de vecinos —también conocida como la «corrala» del Cristo de los Faroles—, es un submundo lleno de estímulos próximos, se podría decir que es un añadido al resto del universo con colores propios. Ambos parece que funcionan a pesar el uno del otro o al menos con actitud diferente aunque paralela.
Pero sólo es una apreciación, pues el patio es receptor directo de los accidentes universales, y la primera y única víctima de los personales.
En la corrala, uno, desarrolla su integración y decide o no, formar parte de un conglomerado de anónimos con nombre. Pero, por encima del nombre, el patio es honesto, espontáneo, abierto y solidario; como también es cruel, injusto, alevoso y distante.
No hay que exigirle mucho, más bien dejarse llevar y no perder detalle. Al fin y al cabo durante cada día y de forma invariable te presenta escenas como estas: 
«Juan Carlos, su cafelito, como cada día, tocadito de leche...» 
«María José, hoy te he guardado estas manzanas, para el niño...»
«Pepe, que llama Toñi, la de la farmacia, que si sube a pincharte...»
«Chelo, me han dejado esto para ti mientras no estabas...»
«Doña Viviana, si va al centro, suba, la llevo...»
«Rosa, ¿me da un poco de perejil?»
«Mónica, hoy tengo esa merluza especial que tanto te gusta...»

Vamos, ¡un sueño!

Algunos rincones de la corrala:











21 de febrero de 2019

Este jueves, relato: Je t'aime... moi non plus. (De mi novela Cien días de otoño)

    
Él ordenó la dirección al taxista.
Ella prefirió ir andando. Necesitaba hacerse a la idea y vaciar su mente de prejuicios. Eso era lo que quería hacer, regalarse un sueño largamente deseado. Llegó antes. Sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para, en tan sólo unos segundos, ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios. De bajada, una última mirada en la luna del camarín, se vio perfecta. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Sintió de nuevo aquellas mariposas que hacía tiempo habían dejado de correr por su estómago.
Lo vio entrar, cruzar la puerta y dirigir la mirada en un rápido movimiento hacia el interior. Subieron a la habitación en un ascensor vacío, elevando juntos sus cuerpos sobre la punta de sus pies, como si eso acelerase la llegada a la planta quince. Apremiaron en la habitación los repentinos deseos de cerrar la puerta tras ellos, abrazados dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Caricias sin reparos que repasaban con lujuria los rincones de sus cuerpos, las prendas de ropa se desajustaron, los botones y cremalleras cedieron y ellos volaron en una torpe carrera hasta alcanzar la cama. Él la abrazó suavemente y la dejó caer.                
Julie se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como la humedad que brillaba en su cuerpo, sólo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. Él se acostó junto a ella, la miró, la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Julie se sintió deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Lo sintió dentro de ella, suave y ardiente. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo participaban del maravilloso y acompasado concierto que los elevó al cielo entre los gemidos, suspiros y susurros húmedos que cubrieron aquellos cuerpos fundidos en uno solo.
Acabada la batalla, vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana y por un momento regresó a una realidad que temía. Recuperó su combinación mientras él se giraba y la disfrutaba de nuevo con una mirada larga y deliciosa. Se besaron. Sin mediar palabra, entendieron que era el momento de salir. Todo estaba bien.
Esa tarde habían hablado los cuerpos, las palabras quedaban para otro momento. El pecado tenía un misterioso y mágico sentimiento, y cuando sienta tan bien parece menos pecado.
Al anochecer pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. Mientras esperaban, se miraron a los ojos y al mismo tiempo se preguntaron:
—Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?  

Foto: Alberto Jonquieres
Más historias de amor y sexo en «El diario del último bufón».
       

16 de enero de 2019

Este jueves, relato: Collages temáticos




En tiempos en que escribir era una opción, precipitado, manchaba de negro el blanco de las hojas de papel. Tenía miedo de apretar la pluma para expresar lo que estaba pensando. No sé cómo pero fueron aquellas fotos las que me arrastraron a un impetuoso galope de palabras, frases, párrafos, páginas y páginas que, en una segunda lectura, perdían todo su sentido.

Estaban mis pertenecías, el reloj de bolsillo, los lentes de montura de pasta envejecida, el círculo de aumento y cartas, muchas cartas, todas ellas extendidas sobre el mantel de hule, mientras esperaba el turno, en silencio, de iniciar la historia. Aquellas fotos tenían nombre propio, nombre y apellidos, pero yo no los recordaba, creo que perdí la memoria o carecía de información, sin embargo, su visión me emocionaba. Lo sabía porque no estaba inquieto ni tenía miedo. Arriba, la republicana, insolente, retadora; abajo los fotógrafos con sus lámparas de destello y cámara en ristre, escondidos bajo las flores de plástico; al otro lado, las mises luciendo pantorrilla.

He mantenido mi mano en pie, dispuesta a despegar —no imaginen nada difícil ni obsceno— con los recuerdos que me mantienen despierto y un café con leche tibio que logra templar, porque a la hora del crepúsculo la temperatura baja notoriamente. La luz que refleja el papel blanco se proyectaba en mis ojos, donde quedaba la última huella de mi precaria estancia por esa historia a punto de contar y, por tanto, de terminar.

Por fin apoyo la estilográfica y la hundo entre las líneas paralelas y azules que me sirven de guía. ¿Guía?

Capítulo 1

En tiempos en que…



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8 de febrero de 2018

Este jueves, relato: Cartas, cartas, cartas...



En el desván de su abuelo, Alex, encontró un disco de jazz, dos cuentos de Gloria Fuertes, unas botas de fútbol con la puntera pelada y un hatillo de cartas.
Un día, el abuelo, serio y circunspecto le prometió: «Todo esto será para ti» y como si le hubiera hecho el regalo de su vida, Alex cerró el viejo baúl de roble americano.
El Abuelo murió y aquella promesa revoloteaba como una bandada de palomas sobre la tapa malherida del carcomido baúl. Entre cuentos y tebeos, asomaron unos sobres amarillentos. Uno de ellos, con el sello robado, contenía una cuartilla manchada con una estilográfica de la época:
«Madrid, 7 de octubre de 1963… Querido Alfredo: Encantadora me parece la carta que recibí hace apenas unas horas. Desde este verano presentía una especial amistad entre nosotros, pero hasta leer tu escrito no he sentido lo que realmente significas para mí. Contesto a vuelta de correo, nerviosa, ilusionada, feliz y con un lío en mi cabeza tan grande que…»
Asomó otro, azul pálido, con los cantos erosionados por la historia, folios de letra atropellada con trazos juveniles de un bolígrafo de colores:
«Valencia, 13 de julio de 1960… Hoy te he visto pasar por delante de casa, regresabas del colegio. Espero todas las tardes que bajes del tranvía. Te acompaño con la mirada hasta perderte en mitad de la calle. Deseo que llegue el domingo y que juguemos a… »
De aquel manojo de recuerdos con aromas confundidos y aspecto apolillado cayó uno cuadrado, nuevo, blanco, con un círculo en el centro que reconocí de inmediato. Abrí el único archivo de Word que contenía y leí:
«París, 9 de enero de 2008… A veces me gustaría morirme, de tan bien, de tan plena, de tan respirar hondo y sentir que el aire entra en los rincones de mi cuerpo y de mi mente, aún en los más oscuros y recónditos. Puedo fabricar ese sueño que me mantiene con los ojos mirando al techo en la obscuridad horas y horas con el solo anhelo de...»
Verdes hoja seca, rojos desvaídos, blancos sepias, los sobres se sucedían uno tras otro con un suspiro de amor en su interior. El abuelo, desde el cielo, revoloteaba sobre el rancio olor de aquel viejo baúl de roble americano.

21 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Jugar con fuego


«Jugar con fuego».
«Nadar a contracorriente».
«Lanzarse al vacío».
Expresiones que esconden implícitamente los conceptos de riesgo, pánico, peligro o, en la más leve de las ocasiones, meter la pata, precipitarse, equivocarse —para, en alguna ocasión, arrepentirse después—.
Lo mío, a veces —demasiadas—, es jugar con fuego, nadar a contracorriente o lanzarme al vacío. Con este texto trato de dar un paseo —crítico y crónico— por mi participación en los «Los jueves, relato».
Después de nueve años tengo mis dudas, mis eventuales rendiciones. Apatías de andar por casa. Desidias que me preocupan pero que no logro superar. Parece inexplicable que después de nueve años de asistir todas las semanas a la clase de los jueves —al principio, de los sábados—, me vea, ya mayor, haciendo novillos semana tras semana.
En el tenis existe una jugada en la que el jugador tiene todas las ventajas soñadas por un deportista: El saque. En él, el que saca se toma un tiempo de concentración, decide si lanza a la derecha, a la izquierda o al centro. Si más fuerte y directo o más despacio y con efecto. Nadie le apremia, la decisión es sólo suya. Circunstancias favorables estas que, si se dominan, pueden favorecer el resultado del Match. El resto de las jugadas, siendo importantes, las tienes que resolver desde la inmediatez, la precipitación, el desequilibrio o la desventaja en la ocupación de la pista.
Algo parecido sucede con los compromisos blogueros. Siempre hay un momento en el que somos dueños de nuestras decisiones, tenemos —se supone— el tiempo, la posición, la prioridad, el hábito y lo más importante, a los lectores que nos regalan una parte de su tiempo.
El Blog, no es una excepción. El trabajo de campo se hace público e, inexorablemente, nos vemos envueltos en una dinámica de creación, comunicación, selección y publicación que nos hacen movernos como flechas en busca de esa pelota cruzada a la línea que cada jueves tenemos que restar.
Como en el tenis, el resultado inquieta, el tiempo erosiona, el calor agota y el cansancio te hace dudar. Ese es el momento de convertir la debilidad en insolencia y el vértigo en precisión. Ese es el momento de parar el tiempo, mirar a la grada, tomar aire y valorar la situación. La conclusión es bien sencilla... siempre queremos estar pero no siempre podemos.
Lo veis, en este caso incluso me he pasado de palabras, nadando a contracorriente, lanzándome al vacío y jugando con fuego.