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31 de octubre de 2019

Este jueves, relato: Vamos de entierro.



Macareno es el tonto del pueblo. Todos le ríen las gracias y se divierten con sus chirigotas estrafalarias. Inocente e inofensivo es objeto de burlas humillantes que él, impasible, carga a sus espaldas con paciencia y fría estoicidad.
La noche del 31 de octubre, el ritual de su transformación empieza con un baño de sangre de pollos del corral. Una vez al año cambia su desternillante y ridícula personalidad por otra en la que despiertan sus más perversas y crueles inclinaciones. Embadurna su cara de rojo que, al paso de las horas, resecan su piel cuarteando la tersa superficie. Su rostro maquillado en exceso acentúa unas facciones que se confunden con las máscaras del resto de los vecinos celebrantes dejándolo en un total y asumido anonimato. Todo luce bien en esa macabra y escalofriante fiesta. La oscuridad de esa noche confunde su interior enfermizo y vengativo con los eventuales disfraces de los demás y… ¡todos parecen lo mismo!
El alma podrida de Macareno suda encharcando su corazón de babas oscuras que le nublan la razón. Dan las doce y el Truco o trato le acerca con fascinación y lascivia a su recóndita presa... la fiesta ha comenzado.
A la mañana siguiente, una joven aparece descuartizada en algún campo perdido en los lindes de aquel, por unas horas, confiado paraíso. Sus restos envueltos en una sábana de raso blanco quedan para siempre en el interior de aquella caja de madera que, palmario y compungido, porta al hombro, Macareno, el tonto del pueblo.



29 de mayo de 2019

Este jueves, relato: Un personaje, un lugar, un conflicto.



Hospital Nuestra Señora Redentora
Carta a la Directora.
Muy Sra. Nuestra:
Sirva la presente para comunicarle que no nos espere esta noche, Mariana y yo nos hemos fugado.
Hemos saltado la tapia, justo en la esquina donde coinciden los muros de mampostería y el seto de hiedras. 
Nuestro amor, era difícil mantenerlo en ese rancio hospital que usted gobierna con obsceno rigor y mente casposa. Su vigilancia desmedida y censura inexplicable nos lleva a tomar tal decisión que, aunque comprometida, es el estímulo que necesitamos. 
De esas cuatro paredes solo recordaremos, Mariana y yo, el mágico momento de nuestro encuentro y nuestras primeras citas. Olvidaremos la obsesión arbitraria por parte de sus otras y mercenarias novicias a mantenernos separadas, el extravío intencionado de nuestras cartas y los falsos testimonios que nos atribuían por separado con el único fin de enfrentarnos. Una nueva vida nos espera lejos de envidias, rencores y podridas lecciones apostólicas, que dicho sea de paso no practican para sí mismas. 
El Amor está de nuestro lado y con él la pasión, la tolerancia y el futuro, algo que desconocen los que desgobiernan ese rancio establecimiento.

Sra. Directora… ¡Que le den!

Atte. Felipa

P.D. ¡Ah, los hábitos los hemos dejado debajo del colchón, junto a las chinches!


28 de marzo de 2019

Este jueves, relato: Casa de vecinos.




Mi casa de vecinos —también conocida como la «corrala» del Cristo de los Faroles—, es un submundo lleno de estímulos próximos, se podría decir que es un añadido al resto del universo con colores propios. Ambos parece que funcionan a pesar el uno del otro o al menos con actitud diferente aunque paralela.
Pero sólo es una apreciación, pues el patio es receptor directo de los accidentes universales, y la primera y única víctima de los personales.
En la corrala, uno, desarrolla su integración y decide o no, formar parte de un conglomerado de anónimos con nombre. Pero, por encima del nombre, el patio es honesto, espontáneo, abierto y solidario; como también es cruel, injusto, alevoso y distante.
No hay que exigirle mucho, más bien dejarse llevar y no perder detalle. Al fin y al cabo durante cada día y de forma invariable te presenta escenas como estas: 
«Juan Carlos, su cafelito, como cada día, tocadito de leche...» 
«María José, hoy te he guardado estas manzanas, para el niño...»
«Pepe, que llama Toñi, la de la farmacia, que si sube a pincharte...»
«Chelo, me han dejado esto para ti mientras no estabas...»
«Doña Viviana, si va al centro, suba, la llevo...»
«Rosa, ¿me da un poco de perejil?»
«Mónica, hoy tengo esa merluza especial que tanto te gusta...»

Vamos, ¡un sueño!

Algunos rincones de la corrala:











21 de febrero de 2019

Este jueves, relato: Je t'aime... moi non plus. (De mi novela Cien días de otoño)

    
Él ordenó la dirección al taxista.
Ella prefirió ir andando. Necesitaba hacerse a la idea y vaciar su mente de prejuicios. Eso era lo que quería hacer, regalarse un sueño largamente deseado. Llegó antes. Sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para, en tan sólo unos segundos, ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios. De bajada, una última mirada en la luna del camarín, se vio perfecta. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Sintió de nuevo aquellas mariposas que hacía tiempo habían dejado de correr por su estómago.
Lo vio entrar, cruzar la puerta y dirigir la mirada en un rápido movimiento hacia el interior. Subieron a la habitación en un ascensor vacío, elevando juntos sus cuerpos sobre la punta de sus pies, como si eso acelerase la llegada a la planta quince. Apremiaron en la habitación los repentinos deseos de cerrar la puerta tras ellos, abrazados dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Caricias sin reparos que repasaban con lujuria los rincones de sus cuerpos, las prendas de ropa se desajustaron, los botones y cremalleras cedieron y ellos volaron en una torpe carrera hasta alcanzar la cama. Él la abrazó suavemente y la dejó caer.                
Julie se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como la humedad que brillaba en su cuerpo, sólo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. Él se acostó junto a ella, la miró, la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Julie se sintió deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Lo sintió dentro de ella, suave y ardiente. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo participaban del maravilloso y acompasado concierto que los elevó al cielo entre los gemidos, suspiros y susurros húmedos que cubrieron aquellos cuerpos fundidos en uno solo.
Acabada la batalla, vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana y por un momento regresó a una realidad que temía. Recuperó su combinación mientras él se giraba y la disfrutaba de nuevo con una mirada larga y deliciosa. Se besaron. Sin mediar palabra, entendieron que era el momento de salir. Todo estaba bien.
Esa tarde habían hablado los cuerpos, las palabras quedaban para otro momento. El pecado tenía un misterioso y mágico sentimiento, y cuando sienta tan bien parece menos pecado.
Al anochecer pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. Mientras esperaban, se miraron a los ojos y al mismo tiempo se preguntaron:
—Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?  

Foto: Alberto Jonquieres
Más historias de amor y sexo en «El diario del último bufón».
       

16 de enero de 2019

Este jueves, relato: Collages temáticos




En tiempos en que escribir era una opción, precipitado, manchaba de negro el blanco de las hojas de papel. Tenía miedo de apretar la pluma para expresar lo que estaba pensando. No sé cómo pero fueron aquellas fotos las que me arrastraron a un impetuoso galope de palabras, frases, párrafos, páginas y páginas que, en una segunda lectura, perdían todo su sentido.

Estaban mis pertenecías, el reloj de bolsillo, los lentes de montura de pasta envejecida, el círculo de aumento y cartas, muchas cartas, todas ellas extendidas sobre el mantel de hule, mientras esperaba el turno, en silencio, de iniciar la historia. Aquellas fotos tenían nombre propio, nombre y apellidos, pero yo no los recordaba, creo que perdí la memoria o carecía de información, sin embargo, su visión me emocionaba. Lo sabía porque no estaba inquieto ni tenía miedo. Arriba, la republicana, insolente, retadora; abajo los fotógrafos con sus lámparas de destello y cámara en ristre, escondidos bajo las flores de plástico; al otro lado, las mises luciendo pantorrilla.

He mantenido mi mano en pie, dispuesta a despegar —no imaginen nada difícil ni obsceno— con los recuerdos que me mantienen despierto y un café con leche tibio que logra templar, porque a la hora del crepúsculo la temperatura baja notoriamente. La luz que refleja el papel blanco se proyectaba en mis ojos, donde quedaba la última huella de mi precaria estancia por esa historia a punto de contar y, por tanto, de terminar.

Por fin apoyo la estilográfica y la hundo entre las líneas paralelas y azules que me sirven de guía. ¿Guía?

Capítulo 1

En tiempos en que…



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8 de febrero de 2018

Este jueves, relato: Cartas, cartas, cartas...



En el desván de su abuelo, Alex, encontró un disco de jazz, dos cuentos de Gloria Fuertes, unas botas de fútbol con la puntera pelada y un hatillo de cartas.
Un día, el abuelo, serio y circunspecto le prometió: «Todo esto será para ti» y como si le hubiera hecho el regalo de su vida, Alex cerró el viejo baúl de roble americano.
El Abuelo murió y aquella promesa revoloteaba como una bandada de palomas sobre la tapa malherida del carcomido baúl. Entre cuentos y tebeos, asomaron unos sobres amarillentos. Uno de ellos, con el sello robado, contenía una cuartilla manchada con una estilográfica de la época:
«Madrid, 7 de octubre de 1963… Querido Alfredo: Encantadora me parece la carta que recibí hace apenas unas horas. Desde este verano presentía una especial amistad entre nosotros, pero hasta leer tu escrito no he sentido lo que realmente significas para mí. Contesto a vuelta de correo, nerviosa, ilusionada, feliz y con un lío en mi cabeza tan grande que…»
Asomó otro, azul pálido, con los cantos erosionados por la historia, folios de letra atropellada con trazos juveniles de un bolígrafo de colores:
«Valencia, 13 de julio de 1960… Hoy te he visto pasar por delante de casa, regresabas del colegio. Espero todas las tardes que bajes del tranvía. Te acompaño con la mirada hasta perderte en mitad de la calle. Deseo que llegue el domingo y que juguemos a… »
De aquel manojo de recuerdos con aromas confundidos y aspecto apolillado cayó uno cuadrado, nuevo, blanco, con un círculo en el centro que reconocí de inmediato. Abrí el único archivo de Word que contenía y leí:
«París, 9 de enero de 2008… A veces me gustaría morirme, de tan bien, de tan plena, de tan respirar hondo y sentir que el aire entra en los rincones de mi cuerpo y de mi mente, aún en los más oscuros y recónditos. Puedo fabricar ese sueño que me mantiene con los ojos mirando al techo en la obscuridad horas y horas con el solo anhelo de...»
Verdes hoja seca, rojos desvaídos, blancos sepias, los sobres se sucedían uno tras otro con un suspiro de amor en su interior. El abuelo, desde el cielo, revoloteaba sobre el rancio olor de aquel viejo baúl de roble americano.

21 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Jugar con fuego


«Jugar con fuego».
«Nadar a contracorriente».
«Lanzarse al vacío».
Expresiones que esconden implícitamente los conceptos de riesgo, pánico, peligro o, en la más leve de las ocasiones, meter la pata, precipitarse, equivocarse —para, en alguna ocasión, arrepentirse después—.
Lo mío, a veces —demasiadas—, es jugar con fuego, nadar a contracorriente o lanzarme al vacío. Con este texto trato de dar un paseo —crítico y crónico— por mi participación en los «Los jueves, relato».
Después de nueve años tengo mis dudas, mis eventuales rendiciones. Apatías de andar por casa. Desidias que me preocupan pero que no logro superar. Parece inexplicable que después de nueve años de asistir todas las semanas a la clase de los jueves —al principio, de los sábados—, me vea, ya mayor, haciendo novillos semana tras semana.
En el tenis existe una jugada en la que el jugador tiene todas las ventajas soñadas por un deportista: El saque. En él, el que saca se toma un tiempo de concentración, decide si lanza a la derecha, a la izquierda o al centro. Si más fuerte y directo o más despacio y con efecto. Nadie le apremia, la decisión es sólo suya. Circunstancias favorables estas que, si se dominan, pueden favorecer el resultado del Match. El resto de las jugadas, siendo importantes, las tienes que resolver desde la inmediatez, la precipitación, el desequilibrio o la desventaja en la ocupación de la pista.
Algo parecido sucede con los compromisos blogueros. Siempre hay un momento en el que somos dueños de nuestras decisiones, tenemos —se supone— el tiempo, la posición, la prioridad, el hábito y lo más importante, a los lectores que nos regalan una parte de su tiempo.
El Blog, no es una excepción. El trabajo de campo se hace público e, inexorablemente, nos vemos envueltos en una dinámica de creación, comunicación, selección y publicación que nos hacen movernos como flechas en busca de esa pelota cruzada a la línea que cada jueves tenemos que restar.
Como en el tenis, el resultado inquieta, el tiempo erosiona, el calor agota y el cansancio te hace dudar. Ese es el momento de convertir la debilidad en insolencia y el vértigo en precisión. Ese es el momento de parar el tiempo, mirar a la grada, tomar aire y valorar la situación. La conclusión es bien sencilla... siempre queremos estar pero no siempre podemos.
Lo veis, en este caso incluso me he pasado de palabras, nadando a contracorriente, lanzándome al vacío y jugando con fuego.


6 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Paraísos


El Paraíso de tu piel

La Tierra gira y gira y, en ese girar, se mezclan materias con pasiones. Efluvios con deseos. Aparecen entonces nirvanas nuevos. Ciudades utópicas que nos enamoran eternamente.
Mi paraíso, después de la unificación, tiene forma sinuosa y senderos misteriosos que explorar.
Su entrada es un corazón carnoso y rojo que, a flor de piel, hipnotiza. Una puerta intangible que invita al acercamiento, parte del eden que es el salvoconducto para todo lo demás.
La primera avenida de este olimpo terrenal empieza con dos cúpulas morenas de color ébano y textura deslumbrante. Su envoltorio, aleatoriamente cubierto de piel del color de la paja tostada, me envuelve y confunde.
Dos fuentes de sonrosado caño e inagotable morbidez dan paso a la gran plaza de la vida, intensa, húmeda por el rocío de la pasión, arteria vital de pócimas y demás encantamientos.
El Boulevard del amor nace entre un jardín de rosas ensortijadas; parada obligatoria para el disfrute y la extenuación.
Al final con el color de la carne y el olor a tierra mojada, se estiran dos avenidas de suaves curvas y cremoso tacto.
Siempre, siempre…, vuelvo y recupero el mismo paisaje: Las dos avenidas. El Boulevard. La Plaza. Las fuentes. Las Cúpulas… todo lo que me devuelve al cielo.

Este es mi paraíso, este es tu cuerpo.

26 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Mr.Chance


Era domingo, estaba en el jardín cuando oí voces en el interior del salón. Dejé la manguera en el sendero mientras acudía al reclamo de las voces.
Todo empezó por el final, cuando tenía sesenta años. Sesenta primaveras de las que no recordaba ninguna aunque tenía una idea aproximada de lo que habían sido.
Ahora, mi mayor y único entretenimiento consiste en dejarme llevar, secuencia tras secuencia, por las imágenes del televisor de 42 pulgadas, permitiéndome escuchar con una claridad extrema las últimas noticias de una encuesta sobre sexualidad en la tercera edad.
Con el mando en la mano, jugué de nuevo a buscar el canal de los colores en alta definición. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude ver todo de forma confusa y entremezclada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo suave y lo áspero, el calor y el frío.
Por enésima vez, estaba viendo los mismos anuncios, los mismos documentales, las mismas películas. En ese momento frente a esa pantalla de infinitos colores solo había una cosa en blanco: mi mente. La imagen del televisor se parecía a mi propia imagen reflejada como en un espejo.
Apagué la pantalla y evité distracciones, pero la imaginación seguía ausente. Miré por la ventana y recordé en un instante las primaveras olvidadas.
Ahora, en mi epílogo vital, me descubro en mitad de la noche soñando despierto, perdido, solo y desplazado a miles de primaveras de distancia. Por un instante, con la mirada vacía, sustituir la vista de la inhóspita habitación por un borroso delirio, y soñar con aquella otra: cuatro paredes pintadas de recuerdos y una ventana por la que mirar, seguro y en paz, al campo y más allá el lago... Esa sería, será, mi única y última fantasía.
Olvidando todos mis secretos, dependía de la casualidad para recordar cuáles eran mis virtudes, mis defectos, mi peso, mi altura, incluso mi nombre. Pero todos los recuerdos, incluso los del futuro, se amontonan. Se solapan edades, personas, lugares y circunstancias, como los naipes de una baraja cuando se ordena un solitario... Y tengo que jugar, aunque sea conmigo mismo. 
Atravesé el vestíbulo, y por una de las puertas de vidrio salí al jardín. Ni un solo pensamiento cruzó mi mente. La paz reinaba en mi corazón.
¡Ah, se me olvidaba! Mi nombre es Chance y soy el jardinero.

28 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: Una de música


La mesa del comedor, en esa casa, igual valía para un roto que para un descosido.
De madrugada era la mesa del desayuno.
A mitad mañana, el banco donde vaciar la cesta de la compra separando cereales de legumbres, frutas de verduras y más tarde repartir, sobre su fría superficie, las lentejas para limpiarlas.
Al mediodía, Amparo, reunía a la familia en una frugal y meteórica comida; la escuela y la fábrica tenían prioridad.
Por la tarde, vacía la mesa, Amparo extendía de cara a la ventana las telas, y sobre ellas los patrones de un vestido para Teresa, la mayor. Mientras, con las tijeras en la mano, repetía historias de su pueblo que Teresa conocía hasta la saciedad.
En la noche, después de la cena, y una vez recogida la mesa, ésta se inundaba de brazos cansados y miradas anhelantes en espera del premio del día.
En el reloj de pared dieron las nueve y Juanin, el pequeño, a una orden gestual de su padre se levantó y accionó el interruptor cilíndrico del aparato de radio, marca «TELEFUNKEN», que colgaba sobre un anaquel de la pared:

«La Sociedad Española de Radiodifusión a través de su gran cadena de emisoras propias y asociadas presenta…: Matilde, Perico y Periquín. Un programa Cola Cao para niños y mayores…»
Y entonces, a las nueve y unos segundos, sonaban las primeras notas de una canción que como tantas otras fueron cómplices de sobremesas familiares en las que la música, esas canciones, esa canción… eran un poco de nosotros.

«Yo soy aquel negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del…»

13 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: La mano que da la moneda


He soñado que, a plena luz del día, andaba por la calle, literalmente: desnudo.
Valentina, mi interpretadora de sueños, me aclara que éste, en particular, vaticina una situación económica precaria, cuando no, desastrosa.

Salgo de casa y, como cada día, rebusco en mis bolsillos hasta confirmar que llevo suficiente para el desayuno.
En la esquina, con precisión geométrica, justo donde se juntan los dos pasos de peatones, está Isidoro y, como cada día, me hace un gesto con la mano insinuando algo que llevarse a la boca… Hurgo en mi bolsillo, detecto y le doy una moneda de 50 céntimos.
Cruzo la avenida y paso junto a la iglesia de San Roque. Ramona es extranjera y tiene la exclusiva de la puerta principal. Luce (o más bien, desluce) una melena blanca, casposa y despeinada. Te recibe con la mirada y, agradecida, la vuelve rápidamente en busca del siguiente paseante. Hurgo de nuevo y… 50 céntimos.
Mateo, de origen y aspecto similar, ocupa con autoridad la puerta lateral, la de la sacristía; es mudo, un cartel dice por él: «Tengo cinco hijos. No tengo trabajo. ¡AYÚDEME!»… Al tacto, 1 euro.
Ulises es un sureño que toca la guitarra, sólo la toca. De pie, inventando un texto en inglés que encaje con una melodía que improvisa, mira de reojo la funda que, abierta, exhibe como cebo varias monedas… dejo 50 céntimos «La música hay que pagarla», decía mi abuelo.
En la puerta del bar me saluda, sin mirarme, Clotilde, sentada en una caja de cartón que esconde entre la falda de su voluptuoso traje de novia; un traje que alguna vez fue blanco y estuvo planchado; un traje que alguna vez lució una novia menos obesa; un traje al que seguramente le acompañaba un ramo de flores naturales y no, el ramillete de acelgas de plástico que compró hace unos meses en el «chino» de al lado. Quieta, impertérrita, impasible al ademán, espera que como cada mañana le deje caer en la caja de cartón unas... 1 euro —La mímica es un arte—.

Entro en el bar con la duda de si llevaré suficiente para el desayuno. Mi pesadilla de esa noche está tomando cuerpo —¡Vestido, claro!—.



6 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: Héroes y heroínas

Héroes y heroínas (de juguete).


Robótica cruel o el fatal desenlace de un héroe.

Lanzarote nació en Onil, provincia de Alicante. De padre alemán y madre española que lo abandonó al nacer para hacerse Famosa, pero esa... es otra historia.

La máquina de repetir escupió un Clic desnudo, de personalidad indefinida, sonrosado e inerte, parecía un niño normal, salvo un detalle, en su interior, donde en los niños anida la vida, Lanzarote estaba vacío de contenido, exento de masa muscular, falto de nervios y sin una mala artería que poner a prueba de cortes y rozaduras.
Así permaneció inmóvil hasta que la cadena le asignó unos leves rasgos de identidad.
El ordenador, a través de un calculado código numérico le vistió de «Caballero»: traje, corona, capa y escudo, en un claro e intencionado mimetismo robótico que homenajeaba al noble de Camelot.
Una mañana de enero (creo que la del seis) amaneció en casa ajena, rodeado de misteriosos artilugios desconocidos para él. Todos ellos motorizados y organizados para matar en movimiento; huir después de golpear y esconderse en su propio caparazón. Se sintió diferente, víctima disminuida al capricho del resto de la robotizada manada y renunció a tan crueles privilegios enfrentándose al resto en un duelo mortal.
Ginebra, su Reina, la niña de ojos azules y trenzas de oro que lo descubrió aquella noche mágica entre cintas de seda y papeles de colores, asistía impotente a tanta violencia y abuso electrónico. Decidió imitar a los mayores que daban vida mágicamente a casi todo. Lo miró a los ojos, con ternura, acarició sus heridas que sangraban oscuridad e introdujo las manitas plastificadas de su héroe de plexiglás en los dos agujeros donde se escondían los 220 voltios.
El Clic cambió de color y en vez de iluminarse y cargar unas baterías que no tenía, se fue derritiendo lentamente, hasta transformarse en una nube que se elevó convertida en colores, abrazando las estrellas fosforescentes que decoraban el techo de su habitación y, antes de esfumarse del todo, dibujó un corazón y un corto texto: «A Ginebra, tu héroe, Lanzarote de Famobil».


2 de agosto de 2017

Este jueves, relato: Carta a mí mismo


Querido Yo:
La distancia del precipicio por el que paseo es corta, mínima, arriesgada y misteriosa. Acaricio el aire al tiempo que imagino que avanzo.
Bajo, el mar, azul.
Recién ha amanecido y huyo como cada día de la parte llana, la segura, la cómoda, la gratuita. Terreno plano que engaña —no es como lo ves, no es lo que aparenta—.
Ahora, con la luz del día echo la vista atrás y veo lo plano en toda su aparente seguridad —solo aparente—, inestable firmeza —no tan firme como parece— y engañoso esplendor —sombra mezquina de un pasado desconcertado y furioso—.
«La Polar es lo que importa», eso proclamaba en tiempos de mentiras, lo único que importa es la música, la única verdad está delante, en ese tramo angosto y arriesgado y es allí donde suenan las notas de la mañana. Sonidos de sirena que dicen y atraen. Atraen y dicen.
Solo unos pasos más y tocaré los pliegues del mar con la punta de mis ojos. La senda se estrecha y el premio es mayor.
A estas horas, el cielo, abierto. El mar, abierto.
Cielo y mar.
Arriba y abajo.
Delante y detrás.
Paralizado, con el miedo contenido te/me golpeo, Alfredo, al tiempo que gritas... y grito.
Para cuando termine el camino, la salvación será total. Y tú/yo, Alfredo, serás mi compañero de baile.

27 de julio de 2017

Este jueves, relato: Olvidar


Con el mando en la mano jugué a buscar el canal de los colores. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude leer entre triángulos verdes: «¡Es primavera en el Corte Inglés!». Juré, por la Virgen del Olvido que estaba viendo esos anuncios por enésima vez. Intenté escribir sobre ellos pero no recordaba nada. 
En ese momento, frente a esa hoja en blanco, solo había una cosa más en blanco todavía: mi mente. Y en esa transición me preguntaba: ¿Por qué tengo esta página abierta? lo último que veo sobre este fondo vacío es un baile, pero dónde, con quién, además… ¿qué día es hoy... jueves? 
La imagen en blanco y negro de un cantante de color apareció durante unos segundos, los justos para tararear «Mujer, si puedes tú con Dios hablar...» y desapareció sin continuar. 
Apagué la pantalla pero la imaginación seguía ausente. Los botones del mando, insolentes, me miraban mal. No lo iba a consentir y, sin pensarlo dos veces, les grité:
—¡Dejadme en paz! Necesito salir al corral y dar de comer a los animales, están sin el grano desde ayer.
—Matías, estamos en la capital, aquí no tenemos animales —replicó paciente, desde el otro extremo del salón, Mª Luisa, mi mujer.
—¿Capital? ¡Qué capital, ni qué niño muerto! ¡Dejadme salir!
—Mira, asómate y verás dónde estamos —insistió de nuevo señalándome con la palma de la mano la ventana.
—¡Me cago en diez! Y ese... —señalé hacia la ca­lle—, ese, ¿no es el pastor? ¡Felipe! —le grité.
—No papá, Felipe ya murió; además no estamos en el pueblo.
—Que sí... ¡Es Felipe!
—Papá, no grites, que te van a oír los vecinos —me recriminaron desde el fondo de la sala.
—Y tú, ¿quién eres?
—Soy Rosario, tu hija, papá.
Miré por la ventana y recordé por un instante las primaveras olvidadas.

(Fragmento de mi próxima novela «A veinte palmos del suelo»)

13 de julio de 2017

Este jueves,relato: Estado de consciencia


«Tranquilo, tengo en mis manos tus sueños de esta noche y te aseguro que son inspiradores y reconfortantes. ¡Por fin algo me distancia de la muerte!.
Te cuento...»


...Había nacido para no ser nadie, ni nada. Las diferentes etiquetas con las que el tiempo iba a ilustrar mi cuerpo dejaban bien clara mi identidad: Androide, robot, asesino, autómata, muñeco, extraterrestre, cósmico, ángel, demonio... Todas ellas se superponían unas a otras como las capas de una cebolla y todas, y cada una, me mentían como imágenes deformadas en un espejo convexo.
Con el tiempo —tiempo, que no medía ni sentía—, y como proyecto 4.0  por rastrojo, fui portador de los más variados menesteres. Olía a aceite, a circuito, a memoria, a quemado, a ausencia, a oscuro, olí a rancio el día que, sin saber lo que era, perdí la fe, también la esperanza. Compartí anaquel con otros de igual ruido, color, tamaño y abandono.
En horizontal, descansando sobre la mesa de acero inoxidable, esperaba que la mano experta del ciber-mecánico Andrew llenase mi cabeza de órdenes y mi vientre de mercurio o arena, lo mismo daba —solo era para equilibrar peso y altura—.
Pero ayer, ayer fue diferente. Vi a Andrew colgado de una soga que pendía del techo llenando mi cara de gotas de cera roja. Esa cera me puso en marcha y el botón «Off» parpadeó hasta quedarse permanentemente iluminado. Verde.
Los sueños de Andrew resbalaron por su cuerpo cromado hasta ocupar el mío en sombras. Rojo.
Sueños brillantes y lúcidos y reparadores y trascendentes y compatibles. Sueños que por vitales y cumplidos le llevaron a desaparecer. Por primera vez desde mi alumbramiento me sentí vivo.
La catatonia fue del donante.
La reparación mía.

Este jueves, relato: «Estado de Conciencia». Participantes


























       









6 de julio de 2017

Este jueves, relato: Juegos de niños


Jugando en el patio.

«El Patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás…»

En eso estaban Elena, Eva y Ana, con sus trenzas al aire, sus manos unidas, sus vestidos volando y sus diminutos cuerpos girando en círculo, cuando Alex irrumpió en el patio dando pelotazos a diestro y siniestro. 
Los pollos y las gallinas volaron huyendo en busca de un lugar seguro.
Los conejos, atónitos, desconfiados y molestos se refugiaron en la conejera.
La gata Nieve se escondió detrás de un pozal.
Tan sólo Chocolat quedó quieta, frente a frente con el perturbador (aprendiz de Messi) que perseguía atolondrado la pelota de cuero. Desafiante y segura, no iba a consentir ninguna revolución en su patio.
Alex tomó posesión del espacio, midió con la mirada e imaginó la portería entre la maceta de geranios y el botijo que, al fresco, colgaba de un alambre. Dio un paso atrás y chutó con todas sus fuerzas, la pelota se coló por el lateral del botijo, rozando el pitorro que acabó rompiéndose.
Chocolat, la cabra blanca con nubes marrones y cuernos incipientes, se percató de lo grave de la situación y de su responsabilidad de mantener el orden en aquel patio florido. Sin pensárselo dos veces, saltó sobre sus patas traseras e impactó con sus cuernos de leche en el trasero de Alex, al que derribó tumbándolo de plano sobre el colorido y espinoso rosal.
Con enormes saltos de alegría, Elena, Eva y Ana gritaron: ¡GOOOOOOOOOOL!
Pareció que Chocolat esbozaba una sonrisa o esa era su cara.