2 de septiembre de 2015

Este jueves, relato: "Leyendas de mi tierra"


Valencia, 1940 - El hombre del saco
       
Entre ruinas, el año estrena invierno. La ciudad se recupera lentamente de las heridas de una guerra que ha enfrentado a familias y amigos. Una guerra estúpida e injusta que sufren todos, indistintamente del color de su conciencia.

Toni tiene 12 años, vive en un pueblo próximo a la capital. Ha oído hablar de ella, de sus amplias calles y frondosos jardines. Como también sabe, que al final de esas calles y jardines, cuando acaban las casas, hay un mar grande y azul. Y más allá, un paraíso al que llaman América.  Un día al salir del colegio, decidió que iría a ese paraíso, se haría rico y volvería con fortuna suficiente para aliviar la penuria de sus padres.
Ese día era tan bueno como cualquier otro para escapar de casa. Escondido en un vagón de cercanías, cubrió su primera etapa hasta la estación de la capital. Salta al andén y busca la salida, al tiempo que queda impresionado por la magnitud del edificio y la multitud de viajeros que trajinan de aquí para allá con sus maletas de cartón. Al instante recibe el mayor impacto visual de su corta vida: Las calles sin final, las avenidas de suelo gris, los tranvías, las fincas con sus incontables pisos, coches y más coches. Si aquello no era América, debía de parecérsele.

Esa primera visión, tal como se iba perdiendo entre callejuelas, le dibujó una realidad diferente, tan impactante como la primera, pero oscura y siniestra. Buscando el mar, se hizo de noche. Tal y como se distanciaba de la estación  se sentía más envuelto en el abandono, el hambre y el frío. El mercurio descendía impasible y buscó refugio hasta el amanecer.

Su sueño estaba a punto de terminar. Las horribles gárgolas que coronan La lonja de la Seda, llamaron su atención. Agazapado, veía perplejo en las esquinas del singular edificio, aquellos fantasmas de piedra que, descarnados, colgaban desafiantes. Ensimismado no notó sobre su hombro la presión de aquellas manos que sujetaban, una, un afilado cuchillo, y la otra, un enorme saco de arpillera.



31 de julio de 2015

Cerrado por descanso del personal. Un divage y un ¡hasta pronto!


Mi Verano es un resumen de los vicios que crecen conmigo. Podría llamársele también una antología prosáica de vanidades y lujurias. Ya os podéis imaginar que todas juntas al mismo tiempo, en la misma estación, son difíciles de ubicar. Todo es cuestión de apretar las unas contra las otras, esperando que quede un hueco por el que poder respirar... 
Respiro y digo: ¡Hasta pronto!

22 de julio de 2015

Este jueves, realto. En un lugar de Verona...


En un lugar de Verona, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un joven tonto y afortunado del que poco se sabía. Ensimismado y soñador, se daba a leer textos de amor, alejándose en esta suerte de toda acción, refriegas y curiosidades sobre el comportamiento de hombres y bestias.
Es pues que, de esta forma, Romeo de Quijano, que así se llamaba, modeló en su mente el sueño que había dibujado en forma de hermosa dama. Sembró su casa con libros que hablaban de enamoramientos, desengaños, dichas y desdichas e incluso cartas donde la razón de la sinrazón se empequeñecía ante su Diosa de humo.
Así, dejado en sus pensamientos se le veía cada mañana creciendo ajeno al renovar de viejos odios con sus vecinos de enfrente, también de similar rango y poder.

Al atardecer, en su mirador, abandonado en la mística contemplación del deambular de carretas, una caminante le sobresaltó: Qué y quién era esa visión de su sueño en forma de hermoso aliento. Bajó y abordó a la dama, su sangre se alteró y su voluntad quiso que satisfacer la de ella fuera posible. A partir de ese instante, su única, señora y amada Dulcinea. En esto, los faunos y sílbanos acompañantes de la enamorada reconocieron al entrometido enemigo prometiendo venganza.
Tenía el joven un mozo cuarentón, Mercurio de nombre y de apellido Panza, que lo armaba y le ensillaba su rocín. Orondo como pocos y sabio como ninguno no sospechaba que sería el blanco del arbitrario castigo: El Fauno mató a Mercurio y Romeo mató al Fauno.
El drama estaba servido y la tragedia por consumarse. Dulcinea abatida decide consultar con su confesor. Éste conviene en ofrecerle una droga que la someterá a un intenso coma durante dos horas.
En su presencia, creyendo que su amada está muerta, Romeo comparte la droga que él cree veneno. Al despertar, Dulcinea se encuentra con su amado tendido a su lado, y decide acompañarle en la desdicha. 

Nunca ha habido una historia de amor más... más... más... que esta, la de Dulcinea y su Romeo.