23 de febrero de 2017

Este jueves, relato. La escalera


«Ojos que no ven, corazón que no siente».
Ella sentía.
Y olía.
Cada mañana su despertar era un prólogo estimulante, una fiesta para sus sentidos. Juntaba ilusiones. Abría los ojos y, entre sombras, disfrutaba como lo hace una niña acariciando, sin ver, su primera muñeca.              
No veía. Había aprendido a mirar y en esa permanente oscuridad, el resto de sus sentidos imaginaban en color.
Y olía.
Un giro suave, un golpe a traición, un bulto que desperezaba. Todo era una amable visión sintiendo como la naturaleza de su cuerpo simulaba dibujando una forma armónica.
¿Cuántos colores existirían que ella no había visto? ¿Y cuántos, cientos, que nunca verá? No era lo que sus ojos no veían lo que más le ocupaba, no tenía que indagar, divagar o imaginar. Su luz era de color azabache y su corazón la recibía como un tesoro por explorar en el fondo de su invidencia.      
Y olía.
Desde su casa, el camino al mercado, estaba a un paso que cada viernes hacía acompañada de Saúl. Subía y contaba con pausado orden los escalones de acceso a la puerta principal.                                
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.        
De pronto los olores y los colores imaginados. 
A la derecha las aves, a la izquierda las carnes, al frente los encurtidos y las especies, detrás el ruido de los coches y el murmullo de los grupos al mando de un paraguas de colores que ella no veía, pero que Saúl le había detallado: «Es la señal que todos los visitantes de un mismo grupo ven y siguen desde lejos, a cualquier distancia, en el caso de que se hayan retrasado». Qué curioso, pensó ella, no les basta con ver, además les han de señalar el camino.
Alicia, ciega de nacimiento subía cada día, de memoria, los diez escalones de acceso al Mercado Central.

(Fragmento de mi borrador «divinas criaturas»)

8 de febrero de 2017

Este jueves, relato: El protagonista oculto... Una guerrera.


Encarni es actriz. Hoy tiene rodaje. 
Un rol dramático, como su vida. 
Sale de casa apresurada, nerviosa. Ha conseguido maquillar los hematomas de su cara y, de nuevo, darle brillo a sus expresivos ojos.
De camino al estudio se esfuerza por recuperar la normalidad. Ella es tierna, amable y apasionada con todo aquello en lo que cree; pero en casa... eso es otra historia, al menos hasta hoy. No sabe si, por fin, será capaz de cumplir lo que se ha prometido.

Toma consciencia nada más gritar el director:       
«¡Silencio, se rueda!».
La primera frase de su partenaire, rebota en la madera del falso decorado simulando un golpe que la arroja al suelo:   
«¿Que me calle? Todas sois iguales. ¡Unas putas!».
El limitado aforo, completo, contiene la respiración. 
Encarni traga saliva e inicia el diálogo con la que es su réplica:
«Si me vuelves a tocar me voy para siempre».
Él le grita de nuevo, salpicándole el alma con una desbocada ira:
«No te atreverás, si pones un pie en la calle, te mato».
Él es un perdedor, luce los harapos de la violencia y desde el centro de la escena, borracho, la ve salir con su maleta. Iracundo la detiene mientras ella abre una puerta de cartón y, una vez más, loco por la insumisión la fuerza hasta violarla sobre una rancia alfombra. Encarni, humillada y malherida reacciona desde la inferioridad lanzando al aire golpes ciegos y desordenados que él sortea con acierto. Ella sabe, por exigencias del guión, que esa rebelión física es su sentencia de muerte. Un certero golpe de él, la lanza contra el taquillón de chapa que acaba con su vida. Los focos, en un lento travelling, se deslizan captando la pintura roja en el rostro de Encarni, terminando en un desenfocado horizonte pintado sobre una tela. El director, satisfecho con esa toma exclama:
«¡Corten! Vale. Hemos finalizado».
Encarni se levanta y decide salir por esa puerta que nunca llegó a cruzar.  Coge su maleta y dirigiéndose a la salida mete la mano en el bolsillo del abrigo palpando el contorno de un pasaje de avión. Mira a ambos lados sin miedo. 
Libre.
Solidaria.
Guerrera.
Ha elegido ser ella misma. A partir de ahora las cosas van a cambiar y, con la cabeza alta, hace «mutis por el foro».


25 de enero de 2017

Este jueves, relato: Soledades


Soledad transgredida.

Busco la soledad entre la gente. 
La soledad elegida.
La que reconforta y estimula.
La que encontraba hace años al salir a la calle. En el autobús. En las terrazas. 
En los pasos de peatones, incluso en el bar.
Soledad, hoy hipotecada, perdida, vendida al diablo.

Los espacios grandes o pequeños, abiertos o cerrados se han convertido en un inmenso, incómodo, incontable, irrespetuoso y universal locutorio telefónico.
Gestos. Exclamaciones. Risas gratuitas. Gritos que intimidan y susurros que también.

Al instante, uno se convierte, sin querer, en testigo de confesiones, planes, divagaciones, reproches. Espectador —más bien auditor— de secretos, enfermedades, verdades a medias y mentiras enteras. La vida de otros en definitiva, que al mismo tiempo es la nuestra. Poco a poco, día tras día, año tras año, agresión tras agresión.
La búsqueda de la soledad se ha convertido en una insufrible pesadilla.

¿Dónde estás, querida soledad?


Más soledades en el blog de Pepe