21 de noviembre de 2019

Este jueves, teatro. Interpretando a Benavente




Amor y locura. (Drama en tres actos).

Sinopsis: En asuntos de amor, los locos son los que tienen mayor experiencia…

Final del tercer acto.

1.- (Juana, la protagonista, aparece entre bastidores deambulando insegura, hablando para sí misma y acariciando en su paso las flores de un claustro de cartón piedra).

«Paseo por este jardín, sola, sufriendo una soledad obligada. Acompañada tan solo con algunos libros y en esencia, sus autores. En su lectura, me pierdo amando entre matorrales, desde donde respiro el dulce aroma que despiden los almendros. Camino entre milenarios muros agrietados y descubro, al doblar cada rincón, la vista desnuda del ocre pajizo de los trigales que bordean la ciudad».

2.- (Se ilumina la escena y Juana se detiene ante un banco de madera. Se sienta y mira al frente exagerando pausadamente su parlamento).

«Me detengo cansada, confundida y, enamorada, admiro las miniaturas de mármol que asoman por la cúpula de esa ciudad que no veo y que, en la distancia, adivino. Ahora estoy serena, iluminada, en paz conmigo misma, muy lejos de mi otra realidad. Esa locura de amor que me erosiona a veces y, a veces, también, me hace disfrutar la plenitud de la vida.

3.- (Después de unos segundos de ensimismamiento se levanta, iracunda, violenta, rasgando su vestido que, en tiras, lanza al aire con rabia incontrolada y grita lamentando su destino. Los textos golpean y resbalan entre las lonas pintadas).

«Mi nombre es Juana, Juana de Castilla, y sería la mujer más feliz del mundo si me permitiesen amar en libertad fuera de los muros de este maldito convento. Aquí, sola, perdida y abandonada solo me espera la locura, primero, y la muerte después».

4.- (Cae el telón y Juana hace mutis por el foro).







6 de noviembre de 2019

Este jueves, relato: Insólita actividad



Corre el año 2.219.
La última trasmisión locuaz. La última emoción comunicativa nació, vivió y murió hace más de doscientos años. Luego nada.
Y ese nada que nos rodea no es humano. Nos desplazamos auto transportandonos desintegrando nuestra propia materia; flotando en un aire denso y maloliente, y todo lo que tenemos que comunicar queda espaciado, caóticamente suspendido e irreparablemente perdido. Nada dice. Nada comunica. Nada emociona. Nada vincula, Nada enseña. Todo desaparece en un abrir y cerrar de plasma.
Desestimamos cualquier artilugio inútil construido por el hombre siglos atrás que, olvidados, almacenamos en basureros espaciales; clasificados y codificados por una larga combinación de números y letras solo legibles para la Granmáquina. No sé qué son las letras ni los números ni para qué sirven. Hoy, todo lo que necesitamos saber se nos inocula mediante bacterias microsiliconóides.
He oído decir, que en cosmos próximos a las superficies residuales; en las noches de oscuro y rojizo ocaso se oyen voces que cantan, recitan, narran, cuentan historias de desconocidos antepasados que luego llevan al papel. Se sirven de útiles solíquidos en dos dimensiones para grabar su presente y que al secar se convierten en pasado. Les llamaban, cartas, libros, diarios, manuscritos y cosas así.
Será culpa de la Megaestación con sus días de mil segundos, oscuros y fríos, en los que el tiempo para la reflexión mengua y pasamos de un tema a otro sin la suficiente cocción, mientras esas otras voces, a lo lejos, velan en la noche del purpúreo albor. La sombra de un serie B parece más real que nunca; no es la sombra de su inorgánico cuerpo, sino la que proyecta a través de su inexistente presente contagiándonos de esa ilusión impedida.
Hablan de emociones y sensibilidades que no entendemos. Me pregunto si ya habrá alguno entre nosotros. Cerremos los ojos y oigamos al viento. Nuevas viejas palabras labrarán surcos en nuestra maloliente zona que una vez procesadas definiremos como Dramas, Comedias, Tragedias, Ensayos, Poemas...
Entonces, será inequívoca la presencia de una insólita y amenazante actividad: el Escritor.


31 de octubre de 2019

Este jueves, relato: Vamos de entierro.



Macareno es el tonto del pueblo. Todos le ríen las gracias y se divierten con sus chirigotas estrafalarias. Inocente e inofensivo es objeto de burlas humillantes que él, impasible, carga a sus espaldas con paciencia y fría estoicidad.
La noche del 31 de octubre, el ritual de su transformación empieza con un baño de sangre de pollos del corral. Una vez al año cambia su desternillante y ridícula personalidad por otra en la que despiertan sus más perversas y crueles inclinaciones. Embadurna su cara de rojo que, al paso de las horas, resecan su piel cuarteando la tersa superficie. Su rostro maquillado en exceso acentúa unas facciones que se confunden con las máscaras del resto de los vecinos celebrantes dejándolo en un total y asumido anonimato. Todo luce bien en esa macabra y escalofriante fiesta. La oscuridad de esa noche confunde su interior enfermizo y vengativo con los eventuales disfraces de los demás y… ¡todos parecen lo mismo!
El alma podrida de Macareno suda encharcando su corazón de babas oscuras que le nublan la razón. Dan las doce y el Truco o trato le acerca con fascinación y lascivia a su recóndita presa... la fiesta ha comenzado.
A la mañana siguiente, una joven aparece descuartizada en algún campo perdido en los lindes de aquel, por unas horas, confiado paraíso. Sus restos envueltos en una sábana de raso blanco quedan para siempre en el interior de aquella caja de madera que, palmario y compungido, porta al hombro, Macareno, el tonto del pueblo.



29 de mayo de 2019

Este jueves, relato: Un personaje, un lugar, un conflicto.



Hospital Nuestra Señora Redentora
Carta a la Directora.
Muy Sra. Nuestra:
Sirva la presente para comunicarle que no nos espere esta noche, Mariana y yo nos hemos fugado.
Hemos saltado la tapia, justo en la esquina donde coinciden los muros de mampostería y el seto de hiedras. 
Nuestro amor, era difícil mantenerlo en ese rancio hospital que usted gobierna con obsceno rigor y mente casposa. Su vigilancia desmedida y censura inexplicable nos lleva a tomar tal decisión que, aunque comprometida, es el estímulo que necesitamos. 
De esas cuatro paredes solo recordaremos, Mariana y yo, el mágico momento de nuestro encuentro y nuestras primeras citas. Olvidaremos la obsesión arbitraria por parte de sus otras y mercenarias novicias a mantenernos separadas, el extravío intencionado de nuestras cartas y los falsos testimonios que nos atribuían por separado con el único fin de enfrentarnos. Una nueva vida nos espera lejos de envidias, rencores y podridas lecciones apostólicas, que dicho sea de paso no practican para sí mismas. 
El Amor está de nuestro lado y con él la pasión, la tolerancia y el futuro, algo que desconocen los que desgobiernan ese rancio establecimiento.

Sra. Directora… ¡Que le den!

Atte. Felipa

P.D. ¡Ah, los hábitos los hemos dejado debajo del colchón, junto a las chinches!


28 de marzo de 2019

Este jueves, relato: Casa de vecinos.




Mi casa de vecinos —también conocida como la «corrala» del Cristo de los Faroles—, es un submundo lleno de estímulos próximos, se podría decir que es un añadido al resto del universo con colores propios. Ambos parece que funcionan a pesar el uno del otro o al menos con actitud diferente aunque paralela.
Pero sólo es una apreciación, pues el patio es receptor directo de los accidentes universales, y la primera y única víctima de los personales.
En la corrala, uno, desarrolla su integración y decide o no, formar parte de un conglomerado de anónimos con nombre. Pero, por encima del nombre, el patio es honesto, espontáneo, abierto y solidario; como también es cruel, injusto, alevoso y distante.
No hay que exigirle mucho, más bien dejarse llevar y no perder detalle. Al fin y al cabo durante cada día y de forma invariable te presenta escenas como estas: 
«Juan Carlos, su cafelito, como cada día, tocadito de leche...» 
«María José, hoy te he guardado estas manzanas, para el niño...»
«Pepe, que llama Toñi, la de la farmacia, que si sube a pincharte...»
«Chelo, me han dejado esto para ti mientras no estabas...»
«Doña Viviana, si va al centro, suba, la llevo...»
«Rosa, ¿me da un poco de perejil?»
«Mónica, hoy tengo esa merluza especial que tanto te gusta...»

Vamos, ¡un sueño!

Algunos rincones de la corrala:











21 de febrero de 2019

Este jueves, relato: Je t'aime... moi non plus. (De mi novela Cien días de otoño)

    
Él ordenó la dirección al taxista.
Ella prefirió ir andando. Necesitaba hacerse a la idea y vaciar su mente de prejuicios. Eso era lo que quería hacer, regalarse un sueño largamente deseado. Llegó antes. Sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para, en tan sólo unos segundos, ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios. De bajada, una última mirada en la luna del camarín, se vio perfecta. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Sintió de nuevo aquellas mariposas que hacía tiempo habían dejado de correr por su estómago.
Lo vio entrar, cruzar la puerta y dirigir la mirada en un rápido movimiento hacia el interior. Subieron a la habitación en un ascensor vacío, elevando juntos sus cuerpos sobre la punta de sus pies, como si eso acelerase la llegada a la planta quince. Apremiaron en la habitación los repentinos deseos de cerrar la puerta tras ellos, abrazados dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Caricias sin reparos que repasaban con lujuria los rincones de sus cuerpos, las prendas de ropa se desajustaron, los botones y cremalleras cedieron y ellos volaron en una torpe carrera hasta alcanzar la cama. Él la abrazó suavemente y la dejó caer.                
Julie se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como la humedad que brillaba en su cuerpo, sólo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. Él se acostó junto a ella, la miró, la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Julie se sintió deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Lo sintió dentro de ella, suave y ardiente. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo participaban del maravilloso y acompasado concierto que los elevó al cielo entre los gemidos, suspiros y susurros húmedos que cubrieron aquellos cuerpos fundidos en uno solo.
Acabada la batalla, vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana y por un momento regresó a una realidad que temía. Recuperó su combinación mientras él se giraba y la disfrutaba de nuevo con una mirada larga y deliciosa. Se besaron. Sin mediar palabra, entendieron que era el momento de salir. Todo estaba bien.
Esa tarde habían hablado los cuerpos, las palabras quedaban para otro momento. El pecado tenía un misterioso y mágico sentimiento, y cuando sienta tan bien parece menos pecado.
Al anochecer pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. Mientras esperaban, se miraron a los ojos y al mismo tiempo se preguntaron:
—Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?  

Foto: Alberto Jonquieres
Más historias de amor y sexo en «El diario del último bufón».
       

16 de enero de 2019

Este jueves, relato: Collages temáticos




En tiempos en que escribir era una opción, precipitado, manchaba de negro el blanco de las hojas de papel. Tenía miedo de apretar la pluma para expresar lo que estaba pensando. No sé cómo pero fueron aquellas fotos las que me arrastraron a un impetuoso galope de palabras, frases, párrafos, páginas y páginas que, en una segunda lectura, perdían todo su sentido.

Estaban mis pertenecías, el reloj de bolsillo, los lentes de montura de pasta envejecida, el círculo de aumento y cartas, muchas cartas, todas ellas extendidas sobre el mantel de hule, mientras esperaba el turno, en silencio, de iniciar la historia. Aquellas fotos tenían nombre propio, nombre y apellidos, pero yo no los recordaba, creo que perdí la memoria o carecía de información, sin embargo, su visión me emocionaba. Lo sabía porque no estaba inquieto ni tenía miedo. Arriba, la republicana, insolente, retadora; abajo los fotógrafos con sus lámparas de destello y cámara en ristre, escondidos bajo las flores de plástico; al otro lado, las mises luciendo pantorrilla.

He mantenido mi mano en pie, dispuesta a despegar —no imaginen nada difícil ni obsceno— con los recuerdos que me mantienen despierto y un café con leche tibio que logra templar, porque a la hora del crepúsculo la temperatura baja notoriamente. La luz que refleja el papel blanco se proyectaba en mis ojos, donde quedaba la última huella de mi precaria estancia por esa historia a punto de contar y, por tanto, de terminar.

Por fin apoyo la estilográfica y la hundo entre las líneas paralelas y azules que me sirven de guía. ¿Guía?

Capítulo 1

En tiempos en que…



Más temas en el blog de Mónica


28 de noviembre de 2018

Divinas criaturas.


Próximamente en galería PazYcomedias de Valencia

7 de noviembre de 2018

Este jueves, relato: ¿Dormido o resfriado?



Mirando al cielo… ¿Dormido o resfriado?
Érase una semana que no tenía jueves. Me preguntaba por qué, pero no sabía responder. Algún error en la impresión del calendario había dejado las semanas del mes y las del resto del año sin el día del medio, el jueves. No me lo podía creer, una y otra vez repasaba las hojas, perplejo, asombrado, incrédulo y, contando con los dedos, señalaba: Uno, dos, tres, cinco, seis y siete, pero el cuatro no estaba. Del miércoles pasaba al viernes, dejando un sospechoso olor a vacío inexplicable y, por qué no, alarmante, más propio de un mágico maleficio que de un error tipográfico.
El miércoles por la noche, a las 12:00 sonó la última campanada del reloj de pared que cantaba las horas y contaba los días, y la temida bienvenida al primer minuto del viernes no se hizo esperar. ¿Dónde estaba el jueves? ¿Cómo se había perdido? Hasta llegué a dudar si... ¿Habría existido alguna vez?
Tal era mi preocupación, ansiedad y desconcierto que exigí una explicación al hacedor del tiempo, y este me contestó:
«Los Jueves, como cualquier cuerpo que marcha sin parar, necesita ajustes periódicos. Inspecciones emocionales. Analíticas de contenido para determinar su azúcar, colesterol, tensión... Unas pruebas más y la semana próxima determinará cuál es su dictamen… veremos si de nuevo, el jueves, corre, en orden, junto a los demás»
Me desperté sudoroso y perdido. De un salto me incorporé y lo primero que vi fue el calendario de pared. ¡Era viernes! ¿Y ayer, el jueves? ¡Sí, estaba! Todo había sido un sueño, un mal sueño. Era yo, y no el jueves el que tenía calentura.
Este mal sueño o pesadilla, como prefieran ustedes llamarle o llamarla, me lleva a pensar, con las consiguientes dudas, si los jueves gozan de buena salud o soy yo el que está resfriado y, vencido, contemporizo a la espera de un mejor momento que nunca llega.

Ya sabemos que escribir, no es ninguna ganga, y menos para los que no paramos de hacerlo. Lo que me pregunto es cómo salir airoso de tal disciplina cuando la ejercito, sin parar, en frentes diferentes. En eso estoy, aunque sea de «uvas a peras» y aunque sea desde un mal sueño o desde una pesadilla, que tanto monta.

Más sueños de este tipo, o parecidos, en el blog de Mag


8 de septiembre de 2018

A fuego lento. Casa Gerardo. Prendes


En la aldea de Prendes. En la vieja carretera hacia el puerto de Gijón está Casa Gerardo, una vieja posta de comidas de mediados del 1800; cerca de donde el mar te enseña la cara más valiente de su costa y Asturias presume de bellas y abruptas ensenadas.


Ingredientes:
3 Kg. de faba asturiana, 8 chorizos, 6 morcillas, 150 gr. De tocino, 100 gr. De lacón, caldo de gallina, sal, agua, 1 cebolla, pimentón y azafrán. 

Elaboración: 
La noche anterior se ponen a remojo (cubiertas de agua fría) les fabes, asimismo, en recipiente distinto, se pone el lacón en agua templada cortado en tres trozos.
En una cacerola adecuada se ponen les fabes, el chorizo y la morcilla, todo ello cubierto de agua fría, a fuego medio y teniendo la precaución de espumarlo antes de que empiece a hervir (quitar la capa que sueltan las carnes al cocido)
Roto el hervor se baja el fuego para dejar cocer lentamente durante hora y media.
En otro recipiente tendremos hirviendo el lacón durante una hora, para quitarle la sal y la fuerza. Pasado ese tiempo lo agregamos a la cacerola con todos los ingredientes, teniendo cuidado que les fabes no rompan al depositarlo.
Asimismo, hemos de procurar que les fabes no queden descubiertas de agua para que no despellejen. También agregamos al potaje, de vez en cuando, un chorrito de caldo de gallina frío para cortarles el hervor.
Agregamos en total 3/4 litro de caldo. A mitad de cocción se hace un sofrito con el aceite, la media cebolla y el pimentón dulce, el cual agregaremos al cocido junto con el azafrán, desleído y deshecho en un poco de agua caliente.
Pasada aproximadamente una hora, probamos y rectificamos de sal, teniendo en cuenta que las carnes que acompañan a les fabes, también la fabada.


A continuación, las retiramos del fuego para dejarlas reposar como mínimo durante una hora.