11 de enero de 2017

Este jueves, relato: Juegos de infancia



Juegos en el barro.
Mi calle era estrecha y larga. Tenía nombre de heroína y ambas, calle y heroína, fueron testigos de mis primeros juegos.
Me veo en ella de niño. Descubriendo olores, compartiendo tiempos, haciendo amigos e inventando enemigos.
Frente a mi puerta las casas se interrumpían y el sol colaba sus rayos iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar todavía no robado al campo era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina.
Tengo tres fotos de aquella calle. 
En una de ellas, agachado, lanzo una canica de arcilla marrón al aire:
Chiva.
Pie-bueno.
Tute.
Matute... 
¡Gua!.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro, que despiadadamente nos dejaba la lluvia para enfado de mi madre.
Al fondo un solar donde se interrumpían las casas y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto, recibía gratis el sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba —que no veía—, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.
En otra foto al grito de: «¡Churro va»! me lanzo sobre las espaldas de Agustín y Federico que, inclinados, soportan mi embestida:
Churro.
Media-manga.
Mangotero...
¿Cómo se quedó?
Una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y miles de sueños que nacían y morían cada año.
En la tercera foto, sorteando el barro, lanzo con la pala, al aire, el pic lo más lejos que puedo.

4 de enero de 2017

Este jueves, relato: Lo uno y lo otro.


Abril 1960

Esa noche no aparecieron por casa.  Julia, Edu y él habían estado maquinando la forma de escapar de sus casas a la búsqueda de un mundo mejor. Uno que les permitiese hacer suficiente fortuna para sacar a sus familias de la miseria en la que se encontraban.
La noche les sorprendió en un bosque cercano y decidieron descansar hasta la madrugada. El destino era improvisado, igual valía un autobús a Barcelona, un auto stop a Alicante o la bodega de un buque en dirección a Mallorca.
Los tres juntos acurrucaron sus minúsculos cuerpos prometiéndose amistad eterna. Unidos para siempre. El miedo y la noche se unieron para darles la alternativa lejos de los suyos, del brasero bajo la mesa camilla y la bolsa de agua caliente, pero su decisión era firme y aquella promesa, para ellos, era un compromiso vital.

Agosto 1980.
Julia y Edu esperaban su primer hijo. Ella insistió en llamarle como a Luis al que, con la misma insistencia, propuso como padrino.
Aquella mañana, Edu regreso a casa antes de lo habitual. La ejecución de un maldito ERE lo había puesto en la calle y su futuro quedaba en entredicho. Al entrar oyó voces en el dormitorio, irrumpió en él con fuerza sorprendiendo a Julia y Luis haciendo el amor. Por un momento lo tuvo todo claro… y lo vio oscuro, sacó una pistola del tocador y los mató de un certero disparo. Se acurrucó junto a ellos como aquella noche en el bosque y se disparó en la sien mientras balbuceaba… unidos para siempre.



29 de diciembre de 2016

Este jueves, relato: Sentimientos encontrados en la Navidad



Había decidido dedicar la primera hora de la mañana a comprar algunos de los regalos de Reyes. Eran mínimos. Solo unos pocos faltaban para completar mi lista de compromisos. Intuyo un principio de mañana tranquila, la hora es buena y el día todavía no ha hecho más que empezar. Alcanzo las puertas del gran almacén, recién abierto y al fondo veo la sección de música cuando empieza a sonar mi iPhone:
—Escucha con atención, me da lo mismo que sea víspera de Reyes, necesito el proyecto, quiero algo para primera hora de esta tarde, ya sabes mi correo.
Alterado y confundido llego hasta el mostrador de clásica, busco y pregunto por «La Traviata» de Salzburgo.
—Lo siento pero acabo de vender la última —me responde la dependienta.
Ya en la calle, en busca de la dichosa ópera y al doblar una de las esquinas, me tropiezo con un indigente:
—¡Dame algo para un café!
Rastreo el fondo de mi bolsillo y al tacto reconozco una moneda de 2 euros, no quiero sacar la totalidad de ellas y delante de él elegir la de menos valor, total, qué hago yo con 2 euros. 
Suena de nuevo el móvil, es el director del banco:
—Necesito urgente que me ingreses, ¡tienes la cuenta «en rojo»!
Me detengo y apoyado en la pared intento relajarme.
De nuevo suena el tema del iPhone (los primeros acordes de «el loco de la colina»). Tengo que cambiarlo, estoy empezando a odiar a los Beatles.
—Jefe han llamado de la imprenta, las fotos que les enviamos no sirven, que les mandemos otras con mejor resolución antes del mediodía.
Todavía no he comprado nada. Paciencia, es cuestión de tiempo, me acerco a la librería, cerca de la puerta me aborda una gitana, me coge la mano e insiste en predecir mi futuro:
—Señorito, si me da unas moneas le leo el mañana.
—Lo siento, no es el momento y mi futuro depende más de hoy que de lo que digan mis manos.
No me lo puedo creer son las once y la cola ya llega a la calle. Cuando entro mi libro ya no está. 
Saliendo de la librería, los acordes de The Fool on de Hill, me trasladan al mundo real:
—Jefe esta mañana necesito salir una hora antes, ya sabe... los regalos del niño y todo eso. Nos vemos el lunes.
Se suman las llamadas: el carpintero que quiere cobrar, mi mujer que no me olvide de la tintorería, don Jesús que la transferencia que tenía que hacer hoy, la hará la semana que viene, total por unos días.
Abatido, desesperado, exhausto llego al portal de mi estudio y...
—Señor, estoy en el paro, vendo 6 pares de calcetines por 12 euros, ¿le interesan?
—¡No! no me interesan —pensándolo mejor, le llamo y le digo Oiga Ud. el de los calcetines, que le parece si le doy algo por todos los calcetines que le quedan.
El parado de los calcetines, se marchó con cara de ganador, sin calcetines y mi iPhone en el bolsillo.
¡Benditas Fiestas!