18 de noviembre de 2017

Mi blog, «La Plaza del Diamante», cumple 10 años



¡La Plaza… cumple 10 años!
10 razones para celebrarlo… 

10 años de vínculos reales en un entorno virtual.
10 años de milagrosa supervivencia en un medio fugaz y veloz.
10 años de soñar, arriesgar, reivindicar y errar.
10 años de descubrir corazones e imaginar caras.
10 años de compartir ánimos, alimentando un proyecto «cosmi-cómico» que me sigue enamorando.
10 años de encuentros y batallas con el papel (nunca se le gana del todo).
10 años de viajar entre letras con lectores reales e imaginados.
10 años de dudas cuestionando desde la «a», a la «zeta».
10 años de titulares provocando la lectura con o sin acierto.
10 años de finales y principios para no olvidar que soy un mortal más.

En Fin, 10 años ya. Y es que... mi Plaza y yo, somos así.


Gracias por estar...


26 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Mr.Chance


Era domingo, estaba en el jardín cuando oí voces en el interior del salón. Dejé la manguera en el sendero mientras acudía al reclamo de las voces.
Todo empezó por el final, cuando tenía sesenta años. Sesenta primaveras de las que no recordaba ninguna aunque tenía una idea aproximada de lo que habían sido.
Ahora, mi mayor y único entretenimiento consiste en dejarme llevar, secuencia tras secuencia, por las imágenes del televisor de 42 pulgadas, permitiéndome escuchar con una claridad extrema las últimas noticias de una encuesta sobre sexualidad en la tercera edad.
Con el mando en la mano, jugué de nuevo a buscar el canal de los colores en alta definición. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude ver todo de forma confusa y entremezclada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo suave y lo áspero, el calor y el frío.
Por enésima vez, estaba viendo los mismos anuncios, los mismos documentales, las mismas películas. En ese momento frente a esa pantalla de infinitos colores solo había una cosa en blanco: mi mente. La imagen del televisor se parecía a mi propia imagen reflejada como en un espejo.
Apagué la pantalla y evité distracciones, pero la imaginación seguía ausente. Miré por la ventana y recordé en un instante las primaveras olvidadas.
Ahora, en mi epílogo vital, me descubro en mitad de la noche soñando despierto, perdido, solo y desplazado a miles de primaveras de distancia. Por un instante, con la mirada vacía, sustituir la vista de la inhóspita habitación por un borroso delirio, y soñar con aquella otra: cuatro paredes pintadas de recuerdos y una ventana por la que mirar, seguro y en paz, al campo y más allá el lago... Esa sería, será, mi única y última fantasía.
Olvidando todos mis secretos, dependía de la casualidad para recordar cuáles eran mis virtudes, mis defectos, mi peso, mi altura, incluso mi nombre. Pero todos los recuerdos, incluso los del futuro, se amontonan. Se solapan edades, personas, lugares y circunstancias, como los naipes de una baraja cuando se ordena un solitario... Y tengo que jugar, aunque sea conmigo mismo. 
Atravesé el vestíbulo, y por una de las puertas de vidrio salí al jardín. Ni un solo pensamiento cruzó mi mente. La paz reinaba en mi corazón.
¡Ah, se me olvidaba! Mi nombre es Chance y soy el jardinero.

12 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Negra noche, negra


Que negra es la noche. 
Frente al teclado de letras blancas las yemas de mis dedos reposan inquietas sin saber que hacer, por donde empezar. Necesito una frase; un artículo determinado; un pronombre personal o  un nombre común, una idea, un pellizco que me estremezca. 
Que negra es la noche.
Que sombría tu ausencia. Levanto la mirada y busco, en un largo travelling, esa imagen que me despierte de mi letargo. Veo con avidez fotos y objetos y les grito que me cuenten sus sueños, sus vivencias, hoy no es su noche, ni la mía, me detengo en la ventana y llueve.
Que negra es la noche. 
Solo un «La» para entonar. Se mezclan y me confunden los «Mis», los «Re» y los «Fa». 
Suena la música, negra. Ella y yo solos en la madrugada.
Que negra es la noche, y amanece. 
Los primeros brillos de un sol que todavía no despunta, el cristal se empaña y las gotas de lluvia resbalan en un surco, negro, interminable. Miro su foto. ¡Qué niña, qué porte!
Descalzos sus pies y vestida su mirada, leo: «Te escribo estas letras, las últimas...».
La Noche... ¡Qué larga y negra es la noche!

Más colores en mi Plaza 

8 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Colores (Participantes)


Hablemos de colores.
El del amor, el de los ojos, el del pecado, el del silencio, el del vacío, el del aura brillante con el que nos ven los que nos quieren o el del oscuro tono con el que a veces nos manifestamos.
¿Por qué a uno le cae un «marrón» cuando le salpica un problema difícil y en el que no tiene nada que ver?
¿Por qué te ponen «verde» cuando hablan mal de ti a tus espaldas? 
¿Por qué nos ponemos «colorados» cuando nos adulan en exceso?



Nos cuentan de colores:



















28 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: Una de música


La mesa del comedor, en esa casa, igual valía para un roto que para un descosido.
De madrugada era la mesa del desayuno.
A mitad mañana, el banco donde vaciar la cesta de la compra separando cereales de legumbres, frutas de verduras y más tarde repartir, sobre su fría superficie, las lentejas para limpiarlas.
Al mediodía, Amparo, reunía a la familia en una frugal y meteórica comida; la escuela y la fábrica tenían prioridad.
Por la tarde, vacía la mesa, Amparo extendía de cara a la ventana las telas, y sobre ellas los patrones de un vestido para Teresa, la mayor. Mientras, con las tijeras en la mano, repetía historias de su pueblo que Teresa conocía hasta la saciedad.
En la noche, después de la cena, y una vez recogida la mesa, ésta se inundaba de brazos cansados y miradas anhelantes en espera del premio del día.
En el reloj de pared dieron las nueve y Juanin, el pequeño, a una orden gestual de su padre se levantó y accionó el interruptor cilíndrico del aparato de radio, marca «TELEFUNKEN», que colgaba sobre un anaquel de la pared:

«La Sociedad Española de Radiodifusión a través de su gran cadena de emisoras propias y asociadas presenta…: Matilde, Perico y Periquín. Un programa Cola Cao para niños y mayores…»
Y entonces, a las nueve y unos segundos, sonaban las primeras notas de una canción que como tantas otras fueron cómplices de sobremesas familiares en las que la música, esas canciones, esa canción… eran un poco de nosotros.

«Yo soy aquel negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del…»

13 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: La mano que da la moneda


He soñado que, a plena luz del día, andaba por la calle, literalmente: desnudo.
Valentina, mi interpretadora de sueños, me aclara que éste, en particular, vaticina una situación económica precaria, cuando no, desastrosa.

Salgo de casa y, como cada día, rebusco en mis bolsillos hasta confirmar que llevo suficiente para el desayuno.
En la esquina, con precisión geométrica, justo donde se juntan los dos pasos de peatones, está Isidoro y, como cada día, me hace un gesto con la mano insinuando algo que llevarse a la boca… Hurgo en mi bolsillo, detecto y le doy una moneda de 50 céntimos.
Cruzo la avenida y paso junto a la iglesia de San Roque. Ramona es extranjera y tiene la exclusiva de la puerta principal. Luce (o más bien, desluce) una melena blanca, casposa y despeinada. Te recibe con la mirada y, agradecida, la vuelve rápidamente en busca del siguiente paseante. Hurgo de nuevo y… 50 céntimos.
Mateo, de origen y aspecto similar, ocupa con autoridad la puerta lateral, la de la sacristía; es mudo, un cartel dice por él: «Tengo cinco hijos. No tengo trabajo. ¡AYÚDEME!»… Al tacto, 1 euro.
Ulises es un sureño que toca la guitarra, sólo la toca. De pie, inventando un texto en inglés que encaje con una melodía que improvisa, mira de reojo la funda que, abierta, exhibe como cebo varias monedas… dejo 50 céntimos «La música hay que pagarla», decía mi abuelo.
En la puerta del bar me saluda, sin mirarme, Clotilde, sentada en una caja de cartón que esconde entre la falda de su voluptuoso traje de novia; un traje que alguna vez fue blanco y estuvo planchado; un traje que alguna vez lució una novia menos obesa; un traje al que seguramente le acompañaba un ramo de flores naturales y no, el ramillete de acelgas de plástico que compró hace unos meses en el «chino» de al lado. Quieta, impertérrita, impasible al ademán, espera que como cada mañana le deje caer en la caja de cartón unas... 1 euro —La mímica es un arte—.

Entro en el bar con la duda de si llevaré suficiente para el desayuno. Mi pesadilla de esa noche está tomando cuerpo —¡Vestido, claro!—.



6 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: Héroes y heroínas

Héroes y heroínas (de juguete).


Robótica cruel o el fatal desenlace de un héroe.

Lanzarote nació en Onil, provincia de Alicante. De padre alemán y madre española que lo abandonó al nacer para hacerse Famosa, pero esa... es otra historia.

La máquina de repetir escupió un Clic desnudo, de personalidad indefinida, sonrosado e inerte, parecía un niño normal, salvo un detalle, en su interior, donde en los niños anida la vida, Lanzarote estaba vacío de contenido, exento de masa muscular, falto de nervios y sin una mala artería que poner a prueba de cortes y rozaduras.
Así permaneció inmóvil hasta que la cadena le asignó unos leves rasgos de identidad.
El ordenador, a través de un calculado código numérico le vistió de «Caballero»: traje, corona, capa y escudo, en un claro e intencionado mimetismo robótico que homenajeaba al noble de Camelot.
Una mañana de enero (creo que la del seis) amaneció en casa ajena, rodeado de misteriosos artilugios desconocidos para él. Todos ellos motorizados y organizados para matar en movimiento; huir después de golpear y esconderse en su propio caparazón. Se sintió diferente, víctima disminuida al capricho del resto de la robotizada manada y renunció a tan crueles privilegios enfrentándose al resto en un duelo mortal.
Ginebra, su Reina, la niña de ojos azules y trenzas de oro que lo descubrió aquella noche mágica entre cintas de seda y papeles de colores, asistía impotente a tanta violencia y abuso electrónico. Decidió imitar a los mayores que daban vida mágicamente a casi todo. Lo miró a los ojos, con ternura, acarició sus heridas que sangraban oscuridad e introdujo las manitas plastificadas de su héroe de plexiglás en los dos agujeros donde se escondían los 220 voltios.
El Clic cambió de color y en vez de iluminarse y cargar unas baterías que no tenía, se fue derritiendo lentamente, hasta transformarse en una nube que se elevó convertida en colores, abrazando las estrellas fosforescentes que decoraban el techo de su habitación y, antes de esfumarse del todo, dibujó un corazón y un corto texto: «A Ginebra, tu héroe, Lanzarote de Famobil».


31 de agosto de 2017

Este jueves, relato: El 5... y París


5 cosas que te gustaría saber sobre París, y no te atreves a preguntar.

1.- París tiene cinco letras.
2.- Camino a tu lado junto al Sena buscando el ojo de un puente; en el quinto, me detengo con la única intención de besarte al menos cinco mil veces.
3.- En las soledades que permiten las deshoras, compartimos cinco millones de burbujas cómplices, sintiéndonos dueños del espacio y de la vista al 50/50.
4.- Cinco metros de alto y quinientos «te quiero». Ese muro es la quinta maravilla de Montmartre.
5.- Paris, vous êtes mon amour


2 de agosto de 2017

Este jueves, relato: Carta a mí mismo


Querido Yo:
La distancia del precipicio por el que paseo es corta, mínima, arriesgada y misteriosa. Acaricio el aire al tiempo que imagino que avanzo.
Bajo, el mar, azul.
Recién ha amanecido y huyo como cada día de la parte llana, la segura, la cómoda, la gratuita. Terreno plano que engaña —no es como lo ves, no es lo que aparenta—.
Ahora, con la luz del día echo la vista atrás y veo lo plano en toda su aparente seguridad —solo aparente—, inestable firmeza —no tan firme como parece— y engañoso esplendor —sombra mezquina de un pasado desconcertado y furioso—.
«La Polar es lo que importa», eso proclamaba en tiempos de mentiras, lo único que importa es la música, la única verdad está delante, en ese tramo angosto y arriesgado y es allí donde suenan las notas de la mañana. Sonidos de sirena que dicen y atraen. Atraen y dicen.
Solo unos pasos más y tocaré los pliegues del mar con la punta de mis ojos. La senda se estrecha y el premio es mayor.
A estas horas, el cielo, abierto. El mar, abierto.
Cielo y mar.
Arriba y abajo.
Delante y detrás.
Paralizado, con el miedo contenido te/me golpeo, Alfredo, al tiempo que gritas... y grito.
Para cuando termine el camino, la salvación será total. Y tú/yo, Alfredo, serás mi compañero de baile.

27 de julio de 2017

Este jueves, relato: Olvidar


Con el mando en la mano jugué a buscar el canal de los colores. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude leer entre triángulos verdes: «¡Es primavera en el Corte Inglés!». Juré, por la Virgen del Olvido que estaba viendo esos anuncios por enésima vez. Intenté escribir sobre ellos pero no recordaba nada. 
En ese momento, frente a esa hoja en blanco, solo había una cosa más en blanco todavía: mi mente. Y en esa transición me preguntaba: ¿Por qué tengo esta página abierta? lo último que veo sobre este fondo vacío es un baile, pero dónde, con quién, además… ¿qué día es hoy... jueves? 
La imagen en blanco y negro de un cantante de color apareció durante unos segundos, los justos para tararear «Mujer, si puedes tú con Dios hablar...» y desapareció sin continuar. 
Apagué la pantalla pero la imaginación seguía ausente. Los botones del mando, insolentes, me miraban mal. No lo iba a consentir y, sin pensarlo dos veces, les grité:
—¡Dejadme en paz! Necesito salir al corral y dar de comer a los animales, están sin el grano desde ayer.
—Matías, estamos en la capital, aquí no tenemos animales —replicó paciente, desde el otro extremo del salón, Mª Luisa, mi mujer.
—¿Capital? ¡Qué capital, ni qué niño muerto! ¡Dejadme salir!
—Mira, asómate y verás dónde estamos —insistió de nuevo señalándome con la palma de la mano la ventana.
—¡Me cago en diez! Y ese... —señalé hacia la ca­lle—, ese, ¿no es el pastor? ¡Felipe! —le grité.
—No papá, Felipe ya murió; además no estamos en el pueblo.
—Que sí... ¡Es Felipe!
—Papá, no grites, que te van a oír los vecinos —me recriminaron desde el fondo de la sala.
—Y tú, ¿quién eres?
—Soy Rosario, tu hija, papá.
Miré por la ventana y recordé por un instante las primaveras olvidadas.

(Fragmento de mi próxima novela «A veinte palmos del suelo»)