31 de julio de 2014

Este jueves, relato: Él y sus Circunstancias.


La suya es una enorme y pesada circunstancia. Toda la que a través de los años ha ido añadiendo a su cuerpo, como la nieve se adhiere a sí misma ante la inevitable y vertiginosa caída. Como las superpuestas cortezas del tronco de un árbol que tan solo sirven para revelar a golpes de hacha la madurez de ese corazón cansado de crecer.


Empezó gustándose tal cual, no había espejos en los que referenciarse y a ciegas empezó una loca carrera a ninguna parte. Justificó su soberbia, su vanidad y su ira confundiéndolas con equivalencias de las que carecía. Las imitaba con tal convicción que parecían llevar sus apellidos. Pero también en eso se equivocaba, la sombra de la desigualdad, la escasez y la vejación de su adolescencia, dibujó en su futuro inmediato unos irreales pájaros negros con alas de plomo. Su condena sólo se purgó con la otra condena, la del cuerpo. Y al final, Él y sus circunstancias dejaron de pesar para su entorno más cercano y especialmente para él mismo.

29 de julio de 2014

Palabra 31 de 52: "Manos"


Mis manos se visten de fiesta cuando te tocan. Eres tú la seda, tú el algodón.
Mis manos se desnudan, y osadas, viven el robo de tu desnudez.
Mis manos te estrenan y me abochornan, sobre ti parecen más viejas.  

Mis manos te disfrutan sin buscarte, y te encuentran en lo oscuro.

27 de julio de 2014

Los domingos... Limpieza General. Aireando viejos relatos. "Dos Ventanas"


A diario, me asomo al exterior a través de dos ventanas, respiro y suspiro en cada una de ellas. La más grande, con dos inmensas hojas de cristal, me transporta a una realidad cotidiana.
Recreo la mirada, y mi ensimismamiento es compartido por palomas, gorriones, helechos y un laurel, y siempre por un cielo tan variado como los gustos; hoy por ejemplo está gris plomizo, serio y circunspecto, pero me gusta.

Cuando amanece y se gasta la madrugada, me repito: “Hoy, puede ser un buen día. Confiado, me lo creo, Cuando anochece, todavía con los últimos rayos del sol, pego la nariz al cristal y repaso lentamente los misterios de las horas vividas, y veo esconderse la luz por mi derecha. Entonces, solo, en esa soledad consentida me dejo seducir por el pautado ronroneo de las palomas.

La otra ventana, sigue a continuación. Ésta, mucho más pequeña y de una sola hoja de tacto líquido me lleva a un mundo virtual, que cada vez lo es menos, y converso con ella, o mejor dicho, a través de ella. Es rara esa perspectiva bidimensional, pero te acostumbras y descubres lo cerca que está todo: los conocimientos, la amistad, la compañía, incluso la decepción, el enfado o la alegría, y sobre todo, uno mismo, que creía conocerse y no lo está lo suficiente. Desde ambas, contemplas las estrellas y en ambas te refugias, tomas fuerza, y si buscas la belleza terminas por encontrarla.
No son dos calles, ni dos plazas, ni dos alamedas, ni tan siquiera dos rincones de estilo románico con sendas fuentes de chorritos interminables de agua. Es sólo, que a ellas llego con la punta de mis dedos.


Y ahora, a seguir la secuencia, que mañana cuando abra los ojos, de nuevo me alimentaré de aromas y ronroneos y de un cielo disfrazado de lo que él quiera, que para algo es Amo y Señor de nuestro destino, aunque el mío, esté unido a esta fría silla de ruedas.