23 de junio de 2016

Este jueves, relato: Miedos infantiles.



Está arriba del armario. Se asoma detrás de una vieja maleta de esas de cartón-tela con rayas marrones. 
Es grande, feo, gris, oscuro..., muy oscuro. Se confunde con la negrura de la noche y su sombra se pasea acompañando el reflejo que, cada vez que pasa un coche por la calle, su destello ilumina la pared frontal. Tiene que ser malo, con esa pinta y escondido, no augura nada bueno. Desaparece cuando enciendo la luz, obvio, no quiere delatarse. Eso me obliga a dormir, cada noche y desde niño, con la luz encendida. Sigue allí en lo alto, escondido tras la maleta. Lo adivino, lo intuyo. A oscuras, situación que trato de evitar a toda costa, huele a rancio, a viejo, a podrido.
Hoy con 68 años sigo durmiendo con la luz encendida, porque cuando la apago su sombra sale de detrás de la vieja maleta y su olor es insoportable.

9 de junio de 2016

Este jueves, relato: Génesis de un personaje.


Richard no había nacido. No había nacido, para figurar en el cuadro de honor con el que la Academia de Sabios Mundial, premia la labor de los pensadores más influyentes del siglo.
Richard era tan sólo una sombra de sí mismo. Un proyecto inacabado. Una promesa en ciernes. Un cuerpo perdido en su mediocridad más próxima. Un alma sin mancha, dispuesta, sin quererlo, a enturbiarse con la primera basura que se le cruzase por ese recién iniciado camino. Nunca era el momento para modelar su génesis. Y así fueron pasando los años. Gris, impersonal, intranscendente, desapercibido, irrelevante, oscuro hasta no existir.               
Richard no había nacido para los demás. Su historia estaba por escribir. Yo la conocía y su segunda parte, la de su vida con luz, que en este caso sí sería extraordinaria, estaba llena de títulos, méritos, reconocimientos, glorias… todo un prócer de referencia.

Yo venía del futuro y conocía esa segunda parte. Envidiable. Codiciada. Excitante. Pero sólo yo sabía de ella, ni siquiera él imaginaba el más mínimo detalle. Por eso, seguramente no hizo nada cuando se inyectó esos gramos de más, irremediablemente mortales, de cocaína adultera.
Esa fue la primera y única vez que salió en los papeles.

La ilustración de cabecera es de Pilar Fdez.-Pinedo 

1 de junio de 2016

Este jueves, relato: Renata la besadora.


Este es el tema, algo retocado, que el azar me brindó para mi participación en el relato «in situ» en el pasado encuentro en Vilafamés. 

Me puse a temblar como un niño. Aún recordaba lo que se decía de Renata: seducía, embrujaba, hechizaba… y todo eso con tan sólo un beso. Dejaba tras de sí ejércitos de idiotas lastimados por su magia. Ilusos que renunciaban a su mediocre vida para suicidarse con una aventura tan apasionante como imposible. 
Llegó el día e impulsado por una decisión, cuyos resultados desconocía, compré un beso. El peso del pecado generó incertidumbre. Me preguntaba a cada segundo… ¿La besaré? Ese beso era mi primer beso y no lo podía ni quería perder. No me asustó la seducción, el embrujo o el hechizo, ni siquiera los miles de besos diferentes que daría a partir de ese beso.

Esperé mi turno y cuando llegó el momento… ¡La besé! O tal vez, casi seguro, me besó ella. Un beso agridulce con el que vi el cielo y el infierno a la vez. Fue ese pecado leve que sabe a sal y azúcar al mismo tiempo. A calor y a frío. A saciedad y a insuficiencia. A placer por el beso recibido y a preocupación por los que recibiría a partir de ese instante: ¿Serán lo mismo? ¡Ah, el amor!