29 de mayo de 2019

Este jueves, relato: Un personaje, un lugar, un conflicto.



Hospital Nuestra Señora Redentora
Carta a la Directora.
Muy Sra. Nuestra:
Sirva la presente para comunicarle que no nos espere esta noche, Mariana y yo nos hemos fugado.
Hemos saltado la tapia, justo en la esquina donde coinciden los muros de mampostería y el seto de hiedras. 
Nuestro amor, era difícil mantenerlo en ese rancio hospital que usted gobierna con obsceno rigor y mente casposa. Su vigilancia desmedida y censura inexplicable nos lleva a tomar tal decisión que, aunque comprometida, es el estímulo que necesitamos. 
De esas cuatro paredes solo recordaremos, Mariana y yo, el mágico momento de nuestro encuentro y nuestras primeras citas. Olvidaremos la obsesión arbitraria por parte de sus otras y mercenarias novicias a mantenernos separadas, el extravío intencionado de nuestras cartas y los falsos testimonios que nos atribuían por separado con el único fin de enfrentarnos. Una nueva vida nos espera lejos de envidias, rencores y podridas lecciones apostólicas, que dicho sea de paso no practican para sí mismas. 
El Amor está de nuestro lado y con él la pasión, la tolerancia y el futuro, algo que desconocen los que desgobiernan ese rancio establecimiento.

Sra. Directora… ¡Que le den!

Atte. Felipa

P.D. ¡Ah, los hábitos los hemos dejado debajo del colchón, junto a las chinches!


28 de marzo de 2019

Este jueves, relato: Casa de vecinos.




Mi casa de vecinos —también conocida como la «corrala» del Cristo de los Faroles—, es un submundo lleno de estímulos próximos, se podría decir que es un añadido al resto del universo con colores propios. Ambos parece que funcionan a pesar el uno del otro o al menos con actitud diferente aunque paralela.
Pero sólo es una apreciación, pues el patio es receptor directo de los accidentes universales, y la primera y única víctima de los personales.
En la corrala, uno, desarrolla su integración y decide o no, formar parte de un conglomerado de anónimos con nombre. Pero, por encima del nombre, el patio es honesto, espontáneo, abierto y solidario; como también es cruel, injusto, alevoso y distante.
No hay que exigirle mucho, más bien dejarse llevar y no perder detalle. Al fin y al cabo durante cada día y de forma invariable te presenta escenas como estas: 
«Juan Carlos, su cafelito, como cada día, tocadito de leche...» 
«María José, hoy te he guardado estas manzanas, para el niño...»
«Pepe, que llama Toñi, la de la farmacia, que si sube a pincharte...»
«Chelo, me han dejado esto para ti mientras no estabas...»
«Doña Viviana, si va al centro, suba, la llevo...»
«Rosa, ¿me da un poco de perejil?»
«Mónica, hoy tengo esa merluza especial que tanto te gusta...»

Vamos, ¡un sueño!

Algunos rincones de la corrala:











21 de febrero de 2019

Este jueves, relato: Je t'aime... moi non plus. (De mi novela Cien días de otoño)

    
Él ordenó la dirección al taxista.
Ella prefirió ir andando. Necesitaba hacerse a la idea y vaciar su mente de prejuicios. Eso era lo que quería hacer, regalarse un sueño largamente deseado. Llegó antes. Sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para, en tan sólo unos segundos, ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios. De bajada, una última mirada en la luna del camarín, se vio perfecta. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Sintió de nuevo aquellas mariposas que hacía tiempo habían dejado de correr por su estómago.
Lo vio entrar, cruzar la puerta y dirigir la mirada en un rápido movimiento hacia el interior. Subieron a la habitación en un ascensor vacío, elevando juntos sus cuerpos sobre la punta de sus pies, como si eso acelerase la llegada a la planta quince. Apremiaron en la habitación los repentinos deseos de cerrar la puerta tras ellos, abrazados dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Caricias sin reparos que repasaban con lujuria los rincones de sus cuerpos, las prendas de ropa se desajustaron, los botones y cremalleras cedieron y ellos volaron en una torpe carrera hasta alcanzar la cama. Él la abrazó suavemente y la dejó caer.                
Julie se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como la humedad que brillaba en su cuerpo, sólo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. Él se acostó junto a ella, la miró, la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Julie se sintió deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Lo sintió dentro de ella, suave y ardiente. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo participaban del maravilloso y acompasado concierto que los elevó al cielo entre los gemidos, suspiros y susurros húmedos que cubrieron aquellos cuerpos fundidos en uno solo.
Acabada la batalla, vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana y por un momento regresó a una realidad que temía. Recuperó su combinación mientras él se giraba y la disfrutaba de nuevo con una mirada larga y deliciosa. Se besaron. Sin mediar palabra, entendieron que era el momento de salir. Todo estaba bien.
Esa tarde habían hablado los cuerpos, las palabras quedaban para otro momento. El pecado tenía un misterioso y mágico sentimiento, y cuando sienta tan bien parece menos pecado.
Al anochecer pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. Mientras esperaban, se miraron a los ojos y al mismo tiempo se preguntaron:
—Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?  

Foto: Alberto Jonquieres
Más historias de amor y sexo en «El diario del último bufón».
       

16 de enero de 2019

Este jueves, relato: Collages temáticos




En tiempos en que escribir era una opción, precipitado, manchaba de negro el blanco de las hojas de papel. Tenía miedo de apretar la pluma para expresar lo que estaba pensando. No sé cómo pero fueron aquellas fotos las que me arrastraron a un impetuoso galope de palabras, frases, párrafos, páginas y páginas que, en una segunda lectura, perdían todo su sentido.

Estaban mis pertenecías, el reloj de bolsillo, los lentes de montura de pasta envejecida, el círculo de aumento y cartas, muchas cartas, todas ellas extendidas sobre el mantel de hule, mientras esperaba el turno, en silencio, de iniciar la historia. Aquellas fotos tenían nombre propio, nombre y apellidos, pero yo no los recordaba, creo que perdí la memoria o carecía de información, sin embargo, su visión me emocionaba. Lo sabía porque no estaba inquieto ni tenía miedo. Arriba, la republicana, insolente, retadora; abajo los fotógrafos con sus lámparas de destello y cámara en ristre, escondidos bajo las flores de plástico; al otro lado, las mises luciendo pantorrilla.

He mantenido mi mano en pie, dispuesta a despegar —no imaginen nada difícil ni obsceno— con los recuerdos que me mantienen despierto y un café con leche tibio que logra templar, porque a la hora del crepúsculo la temperatura baja notoriamente. La luz que refleja el papel blanco se proyectaba en mis ojos, donde quedaba la última huella de mi precaria estancia por esa historia a punto de contar y, por tanto, de terminar.

Por fin apoyo la estilográfica y la hundo entre las líneas paralelas y azules que me sirven de guía. ¿Guía?

Capítulo 1

En tiempos en que…



Más temas en el blog de Mónica


28 de noviembre de 2018

Divinas criaturas.


Próximamente en galería PazYcomedias de Valencia

7 de noviembre de 2018

Este jueves, relato: ¿Dormido o resfriado?



Mirando al cielo… ¿Dormido o resfriado?
Érase una semana que no tenía jueves. Me preguntaba por qué, pero no sabía responder. Algún error en la impresión del calendario había dejado las semanas del mes y las del resto del año sin el día del medio, el jueves. No me lo podía creer, una y otra vez repasaba las hojas, perplejo, asombrado, incrédulo y, contando con los dedos, señalaba: Uno, dos, tres, cinco, seis y siete, pero el cuatro no estaba. Del miércoles pasaba al viernes, dejando un sospechoso olor a vacío inexplicable y, por qué no, alarmante, más propio de un mágico maleficio que de un error tipográfico.
El miércoles por la noche, a las 12:00 sonó la última campanada del reloj de pared que cantaba las horas y contaba los días, y la temida bienvenida al primer minuto del viernes no se hizo esperar. ¿Dónde estaba el jueves? ¿Cómo se había perdido? Hasta llegué a dudar si... ¿Habría existido alguna vez?
Tal era mi preocupación, ansiedad y desconcierto que exigí una explicación al hacedor del tiempo, y este me contestó:
«Los Jueves, como cualquier cuerpo que marcha sin parar, necesita ajustes periódicos. Inspecciones emocionales. Analíticas de contenido para determinar su azúcar, colesterol, tensión... Unas pruebas más y la semana próxima determinará cuál es su dictamen… veremos si de nuevo, el jueves, corre, en orden, junto a los demás»
Me desperté sudoroso y perdido. De un salto me incorporé y lo primero que vi fue el calendario de pared. ¡Era viernes! ¿Y ayer, el jueves? ¡Sí, estaba! Todo había sido un sueño, un mal sueño. Era yo, y no el jueves el que tenía calentura.
Este mal sueño o pesadilla, como prefieran ustedes llamarle o llamarla, me lleva a pensar, con las consiguientes dudas, si los jueves gozan de buena salud o soy yo el que está resfriado y, vencido, contemporizo a la espera de un mejor momento que nunca llega.

Ya sabemos que escribir, no es ninguna ganga, y menos para los que no paramos de hacerlo. Lo que me pregunto es cómo salir airoso de tal disciplina cuando la ejercito, sin parar, en frentes diferentes. En eso estoy, aunque sea de «uvas a peras» y aunque sea desde un mal sueño o desde una pesadilla, que tanto monta.

Más sueños de este tipo, o parecidos, en el blog de Mag


8 de septiembre de 2018

A fuego lento. Casa Gerardo. Prendes


En la aldea de Prendes. En la vieja carretera hacia el puerto de Gijón está Casa Gerardo, una vieja posta de comidas de mediados del 1800; cerca de donde el mar te enseña la cara más valiente de su costa y Asturias presume de bellas y abruptas ensenadas.


Ingredientes:
3 Kg. de faba asturiana, 8 chorizos, 6 morcillas, 150 gr. De tocino, 100 gr. De lacón, caldo de gallina, sal, agua, 1 cebolla, pimentón y azafrán. 

Elaboración: 
La noche anterior se ponen a remojo (cubiertas de agua fría) les fabes, asimismo, en recipiente distinto, se pone el lacón en agua templada cortado en tres trozos.
En una cacerola adecuada se ponen les fabes, el chorizo y la morcilla, todo ello cubierto de agua fría, a fuego medio y teniendo la precaución de espumarlo antes de que empiece a hervir (quitar la capa que sueltan las carnes al cocido)
Roto el hervor se baja el fuego para dejar cocer lentamente durante hora y media.
En otro recipiente tendremos hirviendo el lacón durante una hora, para quitarle la sal y la fuerza. Pasado ese tiempo lo agregamos a la cacerola con todos los ingredientes, teniendo cuidado que les fabes no rompan al depositarlo.
Asimismo, hemos de procurar que les fabes no queden descubiertas de agua para que no despellejen. También agregamos al potaje, de vez en cuando, un chorrito de caldo de gallina frío para cortarles el hervor.
Agregamos en total 3/4 litro de caldo. A mitad de cocción se hace un sofrito con el aceite, la media cebolla y el pimentón dulce, el cual agregaremos al cocido junto con el azafrán, desleído y deshecho en un poco de agua caliente.
Pasada aproximadamente una hora, probamos y rectificamos de sal, teniendo en cuenta que las carnes que acompañan a les fabes, también la fabada.


A continuación, las retiramos del fuego para dejarlas reposar como mínimo durante una hora.




4 de septiembre de 2018

A fuego lento. Harry´s Bar - Venecia

A mediados de 1950, a la condesa Amalia Nani Mocenigo, le recetaron una dieta extravagante a base de carne cruda. Clienta habitual de Harry's Bar de Venecia, le explicó a su dueño Giuseppe Cipriani tal contrariedad, y este, pensando cómo podría hacerle más agradable la comida sacó de la cámara frigorífica un solomillo de buey que fileteó en finísimas láminas. Lo presentó acompañado de limón, aceite de oliva, salsa worcestershire y queso parmesano.


El amarillo de la salsa se superponía al rojo intenso de la carne, lo que le recordó las texturas utilizadas por su pintor favorito, el también veneciano Víttore Carpaccio. No hace falta decir que este bar también lo frecuentó Hemingway
                         


En mercado:
300 gramos de solomillo de buey, 50 de queso parmesano, 2 cucharadas de aceite de oliva extra virgen, una de zumo de limón, 1 de alcaparras y media de sal.
En Cocina:  
Se limpia el lomo  quitándole cualquier vestigio de grasa o nervadura, se envuelve en plástico y se pone en el congelador 2 horas.
Se corta en láminas finas, estirándolas sobre madera con un rodillo, sin romper la carne.
Se le agregan unas gotas de limón, el aceite de oliva, la sal, el queso parmesano y las alcaparras.
Reposar en frío 15 minutos y servir acompañándola con hojas de rúcula.







28 de junio de 2018

Diesco, dentro y fuera



Cubos, paralepípedos, planos en evolución o espacios tensionados son retos a los que a lo largo de su carrera se ha enfrentado el artista.


José Ángel Díes Caballero, “Diesco”, visualiza y recrea su obra como una estructura espacial, de manera tal, que el propio espacio se convierte en objeto de creación. Así, el tamaño de su Obra, no es mas que el punto de partida de una resultante que definirá el Gran Formato o la otra Escala. Una escala donde el espectador transgrede el espacio creado y a su voluntad evoluciona y decide estar Dentro o Fuera, siendo cómplice del juego.



Diesco nace en Valencia, estudia escultura en la Escuela de San Carlos, es catedrático de Instituto y profesor del Departamento de Escultura de la Facultad de BB. AA.


Su Obra es un intento acertado de superación de la clásica simbiosis entre el Arte y la Naturaleza, con la sola herramienta de la abstracción geométrica que se manifiesta como un común denominador de su trabajo. Esculturas generadas no para aparcar ocupando un hueco en el espacio contenedor, sino para estructurar dicho espacio compartiéndolo con el ciudadano, que a su vez se convierte en espectador de la sorpresa.

Con obra en Wattens (Austria), Villafamés (Castellón), Valencia y Madrid, entre otros. Participa en Exposiciones colectivas o individuales, Galerías, Bienales y Salones de Arte.

Hierro, madera, piedra, lo que importa es el volumen, es la idea lo que más vale, el desdoblamiento del plano en el que la yuxtaposición se aprecia con visualidad meridiana.


«La gubia se quedó dormida y espera quizás despertar, puente o cortocircuito entre el artista y la materia escultórica. Distancia entre las manos y la epidermis vegetal. La gubia, la madera, el metal, el dibujo, la línea. De la gubia a la idea. De lo orgánico a lo mineral. Tránsito y diálogo de las manos y la materia, de la idea y el vacío. La escultura no es desbastar la materia, sino desbastar el espacio, rellenarlo, socavarlo, sustituirlo».

25 de mayo de 2018

Mujeres de Roma. Isabel Barceló (Uno de los muchos pellizcos).



Pasear por Roma de la mano de sus «mujeres» es oír, entre susurros, grandes historias de amor; percibir el peligro de innumerables magnicidios; advertir la amenazante presencia de una traición; llorar exhausto de emoción ante un mármol de Carrara que, soberbia y exultante, te reta a vivir; abrigarte de una secuencial llovizna en una cuesta que cambia el agua por gotas de sangre.
Porque pasear por Roma acompañado del texto de Isabel Barceló, no es leer en sus páginas ni echar de menos ilustraciones tan gratuitamente necesarias en otros cuentos. Pasear con Mujeres de Roma es oir a su autora, escuchar su ritmo narrativo, admirar y sorprenderse con sus conocimientos…, dejarte llevar y encontrarlo todo donde parece que no hay nada. Isabel habita en todas y cada una de las 450 páginas y su texto está grabado sonoramente en vías, viales, plazas y colinas romanas.

Habíamos comido en Suburra 1380, en la plaza del mismo nombre —cocina romana altamente recomendable—. 
A dos pasos, nuestro siguiente objetivo: San Pietro in Vincoli. Emoción a flor de piel, «Busca la belleza, es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo». 
A mitad camino entre la plaza y la iglesia hay dos tramos de escaleras separados por la vía Cavour; el segundo, más próximo a san Pietro, requiere un descanso y, de nuevo, la voz de Isabel: «la tramada de escalones se estrecha y penetra en una rampante oscuridad por debajo de la torre Borgia: esta era la cuesta del crimen». 
Siento, oigo, palpo el muro y la vista se pierde en la inmensa enredadera que esconde inundando de verde los muros que fueron rojos de sangre. 
Allí está Vanozza. 
Allí está el recitativo de Tulia, de los Borgia, de Trajano, de Tarquino, de Juan. 
Allí está, porque así lo vio una mañana después de dejar la colina de Gianicolo, Isabel Barceló que, curiosa y pausadamente, atravesó el Trastevere para cruzar el río en busca de historias de amor y muerte porque esas son, sin duda, sobre las cuales gira el mundo.