13 de agosto de 2020

Este jueves, relato: Objetos



Objetos. Costura.
El local, en principio pequeño, estaba atestado de artículos delicados ordenados en estantes y pequeñas cajas transparentes que dejaban entrever todo tipo de carretes de hilo, cintas de medir, botones, blondas y un sinfín de productos de pasamanería
Ella, mientras hablaba, seguía cosiendo, pespunte tras pespunte, hilván tras hilván. Los ojos perseguían la aguja haciéndola coincidir con la tela, primero, y después con la superficie metálica del dedal. Una y otra vez enhebraba la aguja llevándose el hilo a la boca donde lo cortaba con los dientes. Por la noche, solía hacer los encargos de la modista del centro. Eran los momentos de mayor paz y concentración. El silencio de la noche era inspirador, y yo, al fin y a la postre, acabaría durmiendo en unos minutos. Los encargos de la señorita Julia le permitían adentrarse en un universo de lujo; con esas prendas entre sus manos podía soñar, y la noche, para esos sueños, era lo mejor. Con frecuencia me preguntaba quién sería la destinataria de aquella compostura, de aquellos cientos de pespuntes y de la blonda, prendida en el tul de color vainilla. Durante el día, en huecos, hacía los apaños de las vecinas que requerían menos precisión. Los remiendos con destinatario conocido. Toda su vida pasaba por aquellos puntos, contenta por ser querida; tan solo una costurera a tiempo parcial, pero feliz… muy feliz. 
A la luz de aquella vela aprendí, entre cabezazos sobre el cálido hule, que se puede tener todo sin tener casi nada. La vela, constante, sabía que no podía consumirse antes de que ella acabase su trabajo. Sus manos y las orillas de aquellos retales estaban iluminadas al ciento por ciento. La penumbra era la dueña del resto de la sala. Su rostro quedaba resaltado en un contrapuesto claroscuro. 
Era guapa, sus primeras arrugas tenían nombre propio: Amparo.

(Fragmento de mi novela Postales de neón).



9 de agosto de 2020

Este jueves, relato: Objetos [Convocatoria]



En la nómina postmorten que realizaban los notarios en el siglo XVIII, apenas se relacionaban una docena de objetos personales por cada difunto. Hoy en día cada habitante occidental almacena un promedio de 75 muebles y un total aproximado de 110 objetos personales —los cuales se renuevan vertiginosamente de forma semanal, mensual o anual, en su mayoría—. La industria vomita sin descanso miles de millones de objetos cada año, para ser vendidos, usados, revendidos, maltratados, olvidados y, finalmente, abandonados.
Pero hay objetos y objetos: los que forman parte de nosotros, que nos acompañan dónde vamos; que, tan próximos, tan cotidianos, tan nuestros que incluso han llegado a protagonizar alguno de nuestros más vitales sucesos o a acompañarnos en el desenlace de otros.
Así, pues, hoy vamos a contar, inventar, exagerar, mentir o confesar cómo algunos de estos objetos han protagonizado un instante de nuestra vida.
Adjunto objetos cotidianos para vuestra inspiración, con la libertad de utilizarlos si así os parece.
Una abrazo juevero y, ya sabéis: Publicar el miércoles noche/jueves mañana; comunicarlo a mi blog; mantener su vigencia hasta el sábado tarde y, a ser posible, no superéis las 350 palabras.

Las horas. El tiempo. Tarde. Pronto. Espero. Me esperan. Corro. Llego. Fin.

Un libro en blanco. Nacimiento. Boda. Viaje. Cuidado. Cuentos, Mentiras.

Junto. Próximo. Equipo. Orden. Primero. Segundo. Igual. Parecido. 

Aseo. Derecha. Izquierda. Atrás. Nada. Gomina. Caracol. 

LLaves. Propiedad. Mio. Tuyo. De él. Segunda mano. Impuestos. Acero.

Roto. Compostura. A juego, Hilván. Dedal. Ojete. Paño. Algodón. Lino. 

Origen. Blanco y Negro. Mancha. Tinta China. Elegante. Traidor. Credo.





5 de agosto de 2020

Este jueves, relato: Plop, plop



Plop… plop.
Creo —me atrevería a asegurar— que todos tenemos uno. Algunos, dos o tres.
Mi plop… plop es un tic, tac… tic, tac.
Mi tic, tac vela a mi lado; vive, reza, duerme, bosteza y hasta ronca conmigo. Es díscolo, trasgresor, inicuo. Se manifiesta caprichosamente con un secuencial y molesto orden. En un primer sueño, el más profundo, me descubre a un niño saltando un muro. Lo recuerdo a trozos, como fragmentado, sorteando charcos de agua embarrada, aupándose sin llegar hasta la cara superior de esa pared, cubierta de vidrios.
Mi tic, tac me moja el cuerpo. Me confunde. ¿Ese niño…? Le intento ayudar pero sus piernas se escurren entre mis manos. Me fijo en sus ojos, no tiene. Después de dar vueltas en la cama, voy al baño, bebo agua, apago la luz y escondo de nuevo mi subconsciente bajo la almohada.
Mi tic, tac me dibuja al niño indefenso, frágil, amenazado y le grito: «¡Salta! ¡Date prisa! ¡Te ayudo!» Mi grito, mudo, se apaga. A lo lejos, un Kalashnikov escupe su cargador y una ráfaga de balas a 700 metros por segundo se abre paso hacia la espalda morena del niño… El impacto suena a metálico: «tic, tac; tic, tac…»        
Como cada día, mi tic, tac… se esconde a las 7 de la mañana y otro plop, plop, de más rango y arrojo aparece en escena: «Rinnnnnnnnnng, rinnnnnnnnnng, rinnnnnnnnnng…» La alarma de mi despertador me avisa, es hora de levantarse. Noto húmeda la almohada, la toco con mis dedos que llevo a mis labios; saben a barro o... ¿es chocolate?
Que extraño, solo ha sido un sueño al compás del tic, tac; tic, tac.
[Pintura de Antoni Tapies]

2 de agosto de 2020

Calenturas de verano. [1] Otros agostos...


Otros agostos.


«A ver... ¿lo llevo todo?» Me pregunto y me respondo: «La crema solar, protección 9; el bañador de lunares amarillos; las chanclas a juego; las gafas de sol (graduadas, claro); el último de Posteguillo; mi nieto (y, sospecho, que sus padres); pastillas para los mosquitos; pastillas para la tensión; el MP4 con los Grandes Éxitos de Antonio Molina; la sombrilla de Coca Cola; el pijama a rayas, para la siesta; el balón de NIVEA (para ligar); el portátil; ¡Vale, vale... el portátil no! y mi mujer, ¡por Dios, que no se me olvide mi mujer! En fin, que no es un adiós, tan sólo un hasta luego. Sacudo el pañuelo blanco, tamaño folio, para que resulte más cómodo el movimiento y, dejando flotar la sonrisa cómplice por lo que todavía me espera, dejo asomar media lágrima de afecto para todos aquellos sufridores en casa, que me siguen leyendo y que siempre encontrarán un banco a la sombra en esta querida plaza».

15 de julio de 2020

Este jueves, relato: Internet



Vivimos de la imaginación.

Vivimos en un inmenso archivo de medias verdades y el contacto con la realidad no sólo nos decepciona, también nos paraliza. Nuestra sensibilidad se ve reducida a un ligero paquete de emociones que filtramos a golpes de ficción, e Internet es el Olimpo de ella.
Esta realidad irreal se produce como algunos acontecimientos espaciales a partir de unas extrañas e inusuales coincidencias naturales; casi tan rápida como un atardecer, como una conexión a ciegas, como un bautismo internauta: «Mi  nombre  es  I.P. 134.32.106.42, es lo único de verdad que exteriorizo. Las máquinas no se equivocan y esta identidad es la única real que manifiesto y no la puedo obviar. El nombre de mi blog, mi contraseña, mi perfil, mi foto, mis intereses, mi edad, mi signo zodiacal o el chino, son los que son, pero podrían ser otros bien diferentes. Un día se cruzó en mi camino internáutico el I.P. 23.127.89.33 y me dejó un comentario: "Hola, soy Altea, llego a ti a través del blog de Andrómeda y veo que tenemos muchas coincidencias, te seguiré leyendo, Besos"».
Uno empieza desnudo y cuenta sus medias verdades con la intención que como nadie las leerá, al final se las terminará por creer él mismo. Uno frente a nada o casi nada: «Hola Altea, gracias por tu visita, efectivamente tenemos muchas cosas en común (¿); a mí también me gusta lo que escribes. Besos».
El I.P. 143.32.106.42 se pregunta, quién y cómo será el I.P. 23.127.89.33 y se imagina (siempre imaginando) alguien sin rostro, de mensajes meditados y de narraciones fantasiosas. Adoramos la pasión del viaje por los mares de la Odisea y que los cantos de sirena nos mezan con sus siseos cibernéticos, el viaje a Ítaca ha empezado.
El I.P. 143.32.106.42 persevera y el I.P. 23.127.89.33 le corresponde y ambos asisten en el más ruidoso de sus silencios a un contacto virtual que les convulsiona y les reafirma en la bondad de Internet.





11 de julio de 2020

Un día en Londres.



Un día en... Londres

7’30
Con ropa deportiva atravesamos en hall del Grosvenor House y, una vez en Park Line, buscamos la entrada próxima a Hyde Park. Hace frío en este día de invierno, frío del que el corredor se sustrae fácilmente por la belleza del lugar. Giramos en el Speakers’ Corner y seguimos hasta la orilla del Lago Serpiente, a continuación el palacio de Cristal y de nuevo camino del Hotel.

9’45
La primera distancia la cubrimos en metro, la entrada más próxima está en la esquina de Park Line con Oxford St. cerca del arco de mármol blanco que da nombre a la estación del suburbano: Marble Arch. Después de algún trasbordo, llegamos a nuestro primer destino, una de las librerías más impresionantes de Londres, Waterstone’s, hay otras de la misma cadena en la ciudad pero este edificio tiene algo especial, mantiene el aspecto y sabor de los libreros que le precedieron, la famosa librería Dillons, tal y como la conocimos en Torrington Place.


12’00
Es hora de recogimiento y tranquilidad, de nuevo atravesamos la ciudad por sus tripas y emergemos por la base de la Reina Boadicea y su vecino Big Ben. Sorteamos el Parlamento y paseamos por los jardines de la Westminster Abbey; nos llenamos de misticismo y espiritualidad.

14’00
En Londres, como en casi toda Europa las cocinas cierran cuando menos lo piensas, TatterSalls Tavern está frente a Harrods, en el 2 de Knightsbridge Green, se come pronto y bien, lo que sea con una buena pinta de Guinness.


17.30
Cruzamos el río por el puente del Millennium y paseamos en dirección opuesta al Parlamento, buscamos el cambio de guardia de la Royal Horse Guard en Whitehall. Coincidimos con el solemne relevo de caballos y jinetes engalanados.

19’00
Ya ha anochecido y el cuerpo pide una retirada vergonzosa, esta vez será en taxi, pero antes una visita de cortesía a una de las tiendas de Terence Conran, los Hábitat de Londres son diferentes a los de España, Un culto al objeto, al diseño de las piezas y útiles domésticos más sencillos y cotidianos.


20’00
Mientras consideramos las diferentes opciones y una vez recuperado el tono, hacemos una previa en la barra del Borbón, seguro que este Dry Martini nos ayuda en la elección.


2 de julio de 2020

Este jueves, relato: Escaleras



Escalera vital.
Mi vida es como una escalera multicolor. Me descubro iniciando la subida, los colores están allí y yo tengo que cubrirlos. Miro el primero, amarillo, y me veo espontáneamente perfilado, aparentemente hermético, dentro y fuera.
Subo.
El segundo es verde, accesible, como yo, pero vacío para recibir y alojar en su superficie todo lo que venga: ordenando, racionalizando, apurando los milímetros que adivino y piso.
Subo.
El tercero, rojo; acerco mi vida y vuelco emociones, traiciones, gente y más gente que empuja por adelantarme en la subida. Detrás, manos amigas me sustentan.
Subo.
El cuarto es naranja, al pisarlo se me descuelgan kilos de textos, enciclopedias, libretas, lápices y gomas de borrar; billetes de avión arrugados por el miedo, la factura húmeda de un hotel de Venecia, camisetas con el número 3 y cientos de zapatillas rotas por su continuo encuentro con la tierra.
Subo.
El siguiente es violeta; allá va mi colección de vinilos, mis cartas y las de ellas, fotos de los días de lluvia bajo un radiante sol; collares y mechones.
Subo.
Al final una sombra alargada me observa desde lo alto, me mira de reojo, me obliga a que todo encaje: lo convexo con lo cóncavo, dentro de una V una A boca abajo y, antes de que suba del todo, me arroja millones de mariposas que inundan la totalidad de los peldaños hasta conseguir una tercera dimensión, justo al final de la escalera.
Y llego al último escalón que es azul.


24 de junio de 2020

Este jueves, relato: Mudanzas


Primero fue la mudanza.
Que si esto no porque esta viejo y esto tampoco porque es de tu madre y esto menos todavía porque está pasado de moda y aquello ni se te ocurra porque a saber cómo ha llegado hasta aquí y esto otro ni pensarlo porque… ¡La mudanza! ¿Qué mudanza?, si la mitad de mis cosas se quedaban perdidas, olvidadas, dilapidadas e irrecuperables para siempre.
De esa mudanza o lo que es lo mismo: alevoso atentado o irrespetuoso abuso o irreverente expolio solo quedó el derecho al pataleo más infantil e indefenso que os podáis imaginar. Todo lo suyo cupo, ordenado, en el espacioso contenedor del inmenso camión y lo mío, desordenado, en el irregular y minúsculo capó del coche.
Segundo fueron las obras en la nueva casa. Había costado poco y pensamos que, con algo más de inversión, nosotros mismos podríamos restaurarla. Sólo había que sanear algunos tabiques, actualizar la fontanería, barnizar las puertas y ventanas, y que con una mano de pintura, quedaría como nueva —o casi—.
Me gustaría decir que todo salió bien, pero lo cierto es que esa disfrazada sencilla reforma se convirtió en la más terrible de nuestras pesadillas. Según lo acordado, solo «un lavado de cara» sería suficiente: Un poco de maquillaje y sus arrugas desaparecen para siempre; un poco de vida y su descalcificado esqueleto brillaría como el más luminoso de los neones.
Todavía me pregunto qué salió mal.
Solamente teníamos que elegir entre el blanco crudo y el blanco nieve para las paredes, el nogal o el roble para las puertas, el aluminio natural o el lacado crema para los ventanales, el parquet pegado o flotante para el suelo, el algodón o el tergal para las cortinas, la lámpara de araña o los focos empotrados para el comedor, el mármol o el gres para la cocina, las puertas correderas o practicables para los armarios y que estos fueran empotrados o no...
Me gustaría decir que todo salió bien, pero lo cierto es que hoy a las 12’00h. firmamos nuestro divorcio.



11 de junio de 2020

Este jueves, relato: Cuentos de botica, boticarios y demás sanitarios.



Hoy he estado en el hospital; ese al que acudimos muy a pesar nuestro acompañando a alguno de nuestros hijos con una brecha en la cabeza o siendo acompañados por alguno de ellos porque se nos ha disparado la tensión; ese en el que esperas de pie horas y horas hasta que pillas una silla donde pasar más horas y horas esperando con ansiedad creciente un estridente altavoz que me señale con el dedo diciéndome: «¡AC327, pase por la consulta 22!»; ese en el que sabes a qué hora entras, pero no a qué hora saldrás: Expedientado, visitado, radiografiado, diagnosticado, medicado y recetado en menos de quince minutos —Que podrían haber sido menos, si las enfermeras hubiesen dejado los detalles de la próxima boda de la Presley para otro día—.  
Sin embargo y en otro orden de cosas no es tan mala la soledad del paciente visitador de Hospital cuando las cosas suceden en silencio apacible, con celeridad y eficacia y sobre todo cuando te aseguran que lo tuyo, no es un desplazamiento de la prótesis de la cadera, —como temías— sino una ligera impotencia funcional, que se soluciona con unos días de reposo. Pero esta vez no ha sido el caso. Había recibido un SMS por el que se me citaba en el servicio de Urología. El contenido del mensaje entre otras ambigüedades decía: «Pauta de preparación cistoscópica y recogida de orina para Citología» seguido de un texto farragoso en letra pequeña que hablaba de laboratorios, biopsias, anatomía patológica y antibióticos.
He entrado en la consulta muerto de miedo y, siendo consecuente con los conocimientos que en las últimas horas he obtenido de la Wikipedia, me he bajado los pantalones. Desnudo, de cintura a los pies, la enfermera —que ya había casado a la Presley— me ha gritado:
—¡Pero qué hace Ud. buen hombre!
—Pues yo... no sé... ya estoy preparado, ¿no?
—¿Preparado...? para mear en este frasquito no hace falta tanto exhibicionismo. Anda, cariño, llénalo en el baño, déjalo en el mostrador y pide hora para conocer el resultado... ¡Eso es todo!
Aliviado he salido de la consulta. Contento como un niño con zapatos nuevos, pero avergonzado, acordándome de la madre del administrativo que redacta los SMS.