15 de septiembre de 2016

Este jueves, relato: Septiembre

        
Si septiembre no existiera, aunque duela, habría que inventarlo. Esa fue la conclusión a la que llegó Estanislao cuando a mitad de mes, o sea el día quince, hizo un repaso de esos primeros días. De entrada, en ese mes, él no cumplía años; sí en cambio era su santo, pero, y qué más daba, de todos era sabido que en su familia las onomásticas no se celebran.
Un septiembre esperanzador encontró a Poker, un perro callejero que le fue fiel durante diez años y este septiembre, traicionero él (el mes, no el perro), lo perdió para siempre. Su fortuna, esa que todavía no tenía y con la que soñaba cada día le fue esquiva; hasta este mes, septiembre ingrato y desleal, bailaba al son de la Bono Loto: en los días impares, caprichósamente, acertaba sólo el reintegro, que invertía en los días pares en los que inexplicablemente nunca salía su número, con lo cual a final de mes, tenía el mismo euro, solo uno, suficiente para seguir jugando. Pero en septiembre no acertaba ningún día, ni los pares ni los impares, con lo cual su déficit delataba un preocupante ascenso. 
También en este septiembre, él empezó a peinar canas. Qué lejos quedaba aquella canción de su juventud en la que idealizó el susodicho mes: "Cuando llegue septiembre". Escuchaba a Boby Darin, con la esperanza de que cada año en este mes encontrara el amor de su vida (los amores no entienden de meses). Pero canción y mes eran sólo producto de un maquiavélico plan para perpetuar el verano. Otro engaño más sobre las espaldas de un mes que, sin quererlo, empezaba a odiar.
Estanislao pensó que no debía subestimarlo, aún le quedaba medio mes por pasar y un enfrentamiento emocional (no podía ser de otro tipo), podría tener daños colaterales irreparables. Asumió estoicamente soportar lo que aconteciese, al fin y al cabo sólo quedaban los últimos quince días de ese maldito/maravilloso mes de septiembre. 

28 de agosto de 2016

Este jueves, relato: Concurso y Adivina, adivinanza



El tema para este jueves es: «Adivina, adivinanza» Se trata de escribir sobre un lugar, ciudad, monumento, etc. dando suficientes pistas y sin descubrir el lugar. Los lectores utilizaremos las pistas para intentar adivinar de qué lugar se trata, dejando nuestra respuesta en «comentarios».



Después de haber entregado todos los libros comprometidos de «Este jueves, relato II», han sobrado 10 ejemplares que vamos a entregar entre los jueveros que lo deseen. Para esto he añadido en el título el apartado «Concurso» que consiste en lo siguiente: Adelantaré mi relato en esta misma convocatoria a modo de ejemplo, de forma que después de leerlo y adivinar de que lugar se trata me mandéis un correo (alfredocot@gmail.com) con la solución. Las cinco primeras respuestas acertadas que mandéis recibirán dos ejemplares sin cargo alguno en su domicilio, indistintamente de donde sea.

Recordar:
1.- Solamente las cinco primeras respuestas acertadas de mi relato serán las premiadas con los libros.
2.- Vuestros relatos como siempre los publicareis a partir del miércoles noche. Dar las pistas veraces, pero las justas para que el lector no lo tenga demasiado fácil.
3.- Extenderos sobre las trescientas palabras.
4.- Se podrá publicar hasta la noche del viernes.
5.- Comunicarme vuestra participación con un enlace a vuestro relato en los comentarios de este Post.

Recibidas las primeras cinco respuestas acertadas que, por orden, han sido de: Tracytorrecaminos, Pepe, Mag, Ibso y Leonor.
Gracias por jugar conmigo, una vez más.

Mi relato: ¿Dónde están los libros?:

Es un domingo de Invierno, la visita a la catedral es obligada, una vez dentro el frío y el espacio se manifiestan de forma sobrecogedora y relajante a la vez, como en todos los templos de interiores sobre-dimensionados.
Sus paramentos verticales muestran su patrimonio artístico, muestras del católico con el que la catedral luce sus mejores galas, no en vano es sede episcopal, en el tratamiento de muros y también en el exterior se adivinan diferentes fases de edificación, tres me cuentan, la original en el siglo VI, cuyo autor fue un santo originario del lugar, la segunda en el XI, ya con aires de catedral y en el XVI la tercera y definitiva completando las fachadas en un orden arquitectónico lleno de contrastes. Llaman la atención, en su interior,  las numerosas obras de arte, un relieve de Pisano nos paraliza los sentidos, que recuperamos con una «Madonna» de Ghirlandaio que preside el Altar y una «Ultima Cena» de uno de los grandes renacentistas venecianos, emplazada sobre el tercer altar de la nave derecha.
Me cruzo con devotos abigarrados, lugareños de oscuro que, familiarizados con su patrimonio le son indiferentes, agotando sus compromisos religiosos en un ir y venir comprometido y a la vez impersonal.

Ya en el exterior, de espaldas al Templo se divisa la extensa plaza, acariciada por un tímido sol y sonorizada desde lo lejos por reconocidos fragmentos líricos que escapan de las cocinas de las enotecas más próximas. Giro sobre mis pasos y de nuevo, frente a la fachada, me despido de ese variado juego de travertinos y carraras, al tiempo que descubro junto a la entrada una piedra grabada con un laberinto circular de algo más de un palmo. Representa el laberinto de Dédalo en Creta, con una inscripción en latín que, aunque borrosa, dice: «Hic quem creticus edit Dedalus est labyrinthus de q(u)o nullus vadere quvit qui...»
Pues allí, debajo del último banco, están los libros.