29 de mayo de 2015

Este jueves, relato. Hablemos del Destino.


¿Qué es el Destino?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es el Destino? ¿Y tú me lo preguntas?
El destino… eres tú.
En otro no creo. El Destino, no es ni más ni menos que el tino, (sin des) con el que se hacen las cosas.
En mi caso, la excepción confirma la regla. Qué es sino esa circunstancia que padezco a diario, sin excepción, irremediablemente, cada día, da lo mismo la hora o el lugar. Hasta el punto de replantearme creencias y fabulaciones respecto a por qué sucede todo, generándome dudas existenciales que minan mis más rectas convicciones.
A estas alturas estaréis preguntándoos, qué es eso tan transcendente que cada día, sin excepción tambalea mi fe en lo puramente circunstancial. Es muy sencillo, mi batalla con el autobús la tengo perdida:
-¿Por qué siempre el que espero es el último en llegar, y no lo es en cambio cuando es otro el que necesito?
-¿Por qué otras veces cuando lo veo llegar, tengo el semáforo en rojo (él en verde) y cuando consigo cruzar ya se ha ido?
-¿Por qué cuando en la parada, miro la pantalla y nunca está la información del que espero? (Son sólo unos segundos pero nunca está)
Lo he intentado todo, salir antes de casa o incluso más tarde… siempre es igual; si salgo más tarde lo veo pasar y si salgo antes es el último en llegar.
¿Es eso el destino, el azar, o una mano negra que altera los GPS retrasando o adelantado los autobuses a capricho sin que, salvo yo, nadie se de cuenta?
A pesar de ser una excepción, agradecería una respuesta o consejo que me permitiese aclarar este misterio.

Eternamente vuestro… el Gafe del Bús 



25 de mayo de 2015

Palabra 22 de 53: Caricia

Caricia es el tránsito de mis manos
 por las calles de tu cuerpo

21 de mayo de 2015

Este jueves, relato: Cómo somos de solidarios los humanos.


Solidaridad es una palabra que se estaciona en nuestra boca y casi no nos cabe. Esculpe una pequeña esfera en la mejilla como cuando saboreamos un “chupa-chups” demasiado grande, y al igual que el dulce caramelo, la palabra, la llevamos de un lado a otro haciéndola bien notoria.

Ninguno de nosotros somos dueños de alguna parcela de poder en este mundo, salvo de esa tan cercana como lo es el devenir de nuestra familia y por extensión el del vecindario más próximo. Tenemos que ser prácticos con nuestra solidaridad y transcender al menos en lo que alcanzan algunos de nuestros cinco sentidos.
  
El barrio es un submundo lleno de estímulos a flor de piel, se podría decir que es un añadido al resto del universo con colores propios. Ambos parece que funcionan a pesar el uno del otro. Pero sólo es una apreciación, pues el Barrio es receptor directo de los accidentes universales, y no obstante la primera y única víctima de los personales.

En el barrio, desarrollamos nuestra integración, y decidimos o no, formar parte de ese conglomerado de anónimos con nombre.
Por encima de cada uno, el barrio es honesto, espontáneo, abierto y solidario; como también es cruel, injusto, alevoso y distante.
No hay que exigirle mucho, más bien dejarse llevar y no perder detalle. Al fin y al cabo durante cada día y de forma invariable te regala escenas como estas:

-Don Tomás, su cafelito como cada día, tocadito de leche.
-María, hoy te he guardado estas manzanas, para el niño.
-Padre, que llama Toni el de la farmacia, que si sube a pincharle.
-Pepi, me han dejado esto para ti mientras no estabas.
-Doña Amparo, si va al centro, suba, que me va de paso.
-Josefa, ¿le ha sobrado un poco de perejil?
-Lola, hoy tengo esa merluza especial que tanto te gusta.


Aquí es donde podemos interactuar de pleno derecho y con la seguridad de trascender… al menos, un poco. Esta es a la solidaridad con el mundo a la que podemos llegar.