2 de agosto de 2017

Este jueves, relato: Carta a mí mismo


Querido Yo:
La distancia del precipicio por el que paseo es corta, mínima, arriesgada y misteriosa. Acaricio el aire al tiempo que imagino que avanzo.
Bajo, el mar, azul.
Recién ha amanecido y huyo como cada día de la parte llana, la segura, la cómoda, la gratuita. Terreno plano que engaña —no es como lo ves, no es lo que aparenta—.
Ahora, con la luz del día echo la vista atrás y veo lo plano en toda su aparente seguridad —solo aparente—, inestable firmeza —no tan firme como parece— y engañoso esplendor —sombra mezquina de un pasado desconcertado y furioso—.
«La Polar es lo que importa», eso proclamaba en tiempos de mentiras, lo único que importa es la música, la única verdad está delante, en ese tramo angosto y arriesgado y es allí donde suenan las notas de la mañana. Sonidos de sirena que dicen y atraen. Atraen y dicen.
Solo unos pasos más y tocaré los pliegues del mar con la punta de mis ojos. La senda se estrecha y el premio es mayor.
A estas horas, el cielo, abierto. El mar, abierto.
Cielo y mar.
Arriba y abajo.
Delante y detrás.
Paralizado, con el miedo contenido te/me golpeo, Alfredo, al tiempo que gritas... y grito.
Para cuando termine el camino, la salvación será total. Y tú/yo, Alfredo, serás mi compañero de baile.

27 de julio de 2017

Este jueves, relato: Olvidar


Con el mando en la mano jugué a buscar el canal de los colores. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude leer entre triángulos verdes: «¡Es primavera en el Corte Inglés!». Juré, por la Virgen del Olvido que estaba viendo esos anuncios por enésima vez. Intenté escribir sobre ellos pero no recordaba nada. 
En ese momento, frente a esa hoja en blanco, solo había una cosa más en blanco todavía: mi mente. Y en esa transición me preguntaba: ¿Por qué tengo esta página abierta? lo último que veo sobre este fondo vacío es un baile, pero dónde, con quién, además… ¿qué día es hoy... jueves? 
La imagen en blanco y negro de un cantante de color apareció durante unos segundos, los justos para tararear «Mujer, si puedes tú con Dios hablar...» y desapareció sin continuar. 
Apagué la pantalla pero la imaginación seguía ausente. Los botones del mando, insolentes, me miraban mal. No lo iba a consentir y, sin pensarlo dos veces, les grité:
—¡Dejadme en paz! Necesito salir al corral y dar de comer a los animales, están sin el grano desde ayer.
—Matías, estamos en la capital, aquí no tenemos animales —replicó paciente, desde el otro extremo del salón, Mª Luisa, mi mujer.
—¿Capital? ¡Qué capital, ni qué niño muerto! ¡Dejadme salir!
—Mira, asómate y verás dónde estamos —insistió de nuevo señalándome con la palma de la mano la ventana.
—¡Me cago en diez! Y ese... —señalé hacia la ca­lle—, ese, ¿no es el pastor? ¡Felipe! —le grité.
—No papá, Felipe ya murió; además no estamos en el pueblo.
—Que sí... ¡Es Felipe!
—Papá, no grites, que te van a oír los vecinos —me recriminaron desde el fondo de la sala.
—Y tú, ¿quién eres?
—Soy Rosario, tu hija, papá.
Miré por la ventana y recordé por un instante las primaveras olvidadas.

(Fragmento de mi próxima novela «A veinte palmos del suelo»)

13 de julio de 2017

Este jueves,relato: Estado de consciencia


«Tranquilo, tengo en mis manos tus sueños de esta noche y te aseguro que son inspiradores y reconfortantes. ¡Por fin algo me distancia de la muerte!.
Te cuento...»


...Había nacido para no ser nadie, ni nada. Las diferentes etiquetas con las que el tiempo iba a ilustrar mi cuerpo dejaban bien clara mi identidad: Androide, robot, asesino, autómata, muñeco, extraterrestre, cósmico, ángel, demonio... Todas ellas se superponían unas a otras como las capas de una cebolla y todas, y cada una, me mentían como imágenes deformadas en un espejo convexo.
Con el tiempo —tiempo, que no medía ni sentía—, y como proyecto 4.0  por rastrojo, fui portador de los más variados menesteres. Olía a aceite, a circuito, a memoria, a quemado, a ausencia, a oscuro, olí a rancio el día que, sin saber lo que era, perdí la fe, también la esperanza. Compartí anaquel con otros de igual ruido, color, tamaño y abandono.
En horizontal, descansando sobre la mesa de acero inoxidable, esperaba que la mano experta del ciber-mecánico Andrew llenase mi cabeza de órdenes y mi vientre de mercurio o arena, lo mismo daba —solo era para equilibrar peso y altura—.
Pero ayer, ayer fue diferente. Vi a Andrew colgado de una soga que pendía del techo llenando mi cara de gotas de cera roja. Esa cera me puso en marcha y el botón «Off» parpadeó hasta quedarse permanentemente iluminado. Verde.
Los sueños de Andrew resbalaron por su cuerpo cromado hasta ocupar el mío en sombras. Rojo.
Sueños brillantes y lúcidos y reparadores y trascendentes y compatibles. Sueños que por vitales y cumplidos le llevaron a desaparecer. Por primera vez desde mi alumbramiento me sentí vivo.
La catatonia fue del donante.
La reparación mía.