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20 de abril de 2008

...un viaje a la sombra de los Beatles


Nuestra segunda aventura viajera a mediados de los 60, dibujó un recorrido por el norte de España, viaje de fin de estudios, correspondiente a los dos años de Oficialía Industrial.
Transportados en un viejo autocar salimos de Valencia con un destino muy definido, pues nuestras estancias estaban directamente relacionadas con las ciudades en donde los Jesuitas tenían internados, alojamientos que en esas fechas estivales quedaban vacíos al coincidir con las vacaciones de sus habituales ocupantes, así, intencionadamente y en este orden, Zaragoza, Javier, Loyola, San Sebastián, Bilbao, Burgos y Madrid, y sus alrededores, se convirtieron en objetivo de nuestra primera lección práctica de Geografía Política.
En la tercera jornada, desde Javier a Loyola y aprovechando la coincidencia con los primeros días de las Fiestas de San Fermín, habíamos previsto una larga visita a la Capital Navarra, comimos en el Colegio de los Jesuitas y por la tarde el responsable del Viaje el Padre Solaesa (Hermano realmente), nos autorizó a pasear libremente por la Plaza del Castillo y alrededores con la condición de que a una determinada hora, nos reagrupáramos de nuevo en un lugar cercano donde estacionado el autocar, reanudaríamos el viaje para dormir en Loyola, importante enclave religioso próximo a la localidad Guipuzcoana de Azpeitia.
Uno de mis inseparables compañeros de entonces era Martínez Arbizu, con el que esa tarde mantuve una singular competencia respecto a ver quien de los dos conseguía bailar con más chicas en la Verbena situada en el centro de la famosa plaza y tal fue nuestro énfasis y por que no decirlo el éxito de aquella tarde, que el tiempo, se nos paso volando y cuando regresamos al lugar acordado con una hora de retraso el autocar ya no estaba. Parecía increíble, pero era dramáticamente cierto, se habían ido sin nosotros y nosotros, no nos lo podíamos creer.
Al despertar a tal dura realidad nos dimos cuenta de que estaba anocheciendo y que no teníamos nada mas que lo puesto, que no era precisamente dinero, en un alarde de autosuficiencia decidimos dejar pasar la noche y al amanecer hacer auto stop hasta San Sebastián, siguiente punto de destino después de la confortable noche que habría pasado el resto de la expedición en Loyola.

Cansados y después de deambular sin orden ni concierto por los alrededores de la Plaza, encontramos acomodo en el extremo de un banco corrido de un bar repleto de gente, donde intentamos acortar la noche con unos tímidos e infructuosos duermevelas, interrumpidos constantemente por la algarabía y el jolgorio reinante en el citado establecimiento.

Una furgoneta de reparto comercial, nos recogió a las afueras de Pamplona una vez despuntado el día y a las pocas horas nos dejaba en la capital donostiarra, justo en un tramo al final del paseo de la Concha próximo al Ayuntamiento, con tal fortuna que el primer autocar que vimos nada mas poner los pies en el suelo, fue increíblemente el nuestro, que iniciaba un paseo turístico por la preciosa Playa.

En Bilbao tuve mi primer controvertido y a la vez feliz encuentro con El Corte Inglés, mucho antes de que pusieran en funcionamiento el Centro de la calle Pintor Sorolla de Valencia, para nosotros el concepto de Grandes Almacenes no iba mas allá de lo que aquí conocíamos como “Gay” o “Lanas Aragón” que no eran sino unas grandes tiendas con una oferta mas bien escasa y limitada, como decía del Corte Inglés me sorprendieron las diferentes plantas y la gran variedad de secciones cada una de ellas con sus ilimitados artículos, el grato descubrimiento bien merecía un recuerdo, en la sección de Complementos de Señora vi un juego de bonitos pañuelos de seda, que supuse le quedarían muy bien a Regina, pero ante la imposibilidad de poder comprarlos decidí robarlos, al distanciarme unos pasos en busca de la salida mas próxima, sentí una fuerte mano que me sujetaba por la espalda, al tiempo que una voz masculina me rogaba que por favor le acompañase, al final del interminable pasillo había una sala privada, una vez allí me preguntó por lo que había sustraído y en un arranque de lastimosa sinceridad le conté los motivos del hecho delictivo y el destino del regalo, supongo que satisfecho por mi reacción y haciendo gala de esa clase que caracteriza a algunos empleados del citado Centro, me pidió que le acompañara a la caja central y ordenó que me envolvieran los pañuelos para regalo, no sin antes hacerle prometer que nunca mas reincidiría en tales acciones.
El resto del viaje transcurrió con relativa normalidad, si tenemos en cuenta que el percance del autocar se repitió una vez más y en esta ocasión los que tuvieron que hacer “dedo” desde Burgos a Madrid fueron José Parra y el mayor de los hermanos Colón, que aún no perteneciendo a las Escuelas también nos acompañaba en este viaje.
A nuestro regreso, se empezó a escuchar, ya con cierta pasión a un grupo de Liverpool cuyos primeros singles formarían de inmediato parte de nuestras discografías.
Cuando The Beatles se reunieron por primera vez en los estudios de Abbey Road aquel Once de Febrero, poco imaginarían lo que ese pistoletazo de salida significaría para la Música, la Cultura y la Sociedad de los años posteriores.
Trece temas componían aquel primer álbum y todos fueron grabados en una maratoniana sesión que duró once horas, finalizando con la impresionante demostración de John Lennon cantando el “Twist and Shout”, tema con el que acababan sus conciertos y que no estaba previsto grabar, pero que decidieron incluirlo porque “aún tenían algo de tiempo”.
Lo que vino después, su música, sus textos, sus películas, sus compromisos, sus filosofías, etc., ya forma parte de nuestra Historia mas reciente. Y siempre habrá una canción de The Beatles, que nos traslade a más de uno de nuestros mejores recuerdos.