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21 de junio de 2012

Este jueves, relato. "Mis Jueves"



Mis jueves, caminan conmigo, con pasos cortos pero continuados, ligeros pero determinantes.
Mis jueveros son variados, divertidos, solidarios y capaces de agotar dos depósitos de gasolina para descubrir una sonrisa.

Mis jueves son un cuento de niños, protagonizado por adultos de pantalón corto y corazón hasta los tobillos. Personajes de ficción que toman forma relato tras relato y se manifiestan en el guijar del tiempo. 

Tenemos bellas "Blancanieves" a las que acompañan sapos enamorados. "Sabios" doctos e ilustrados. "Gruñones" pulcros y exigentes. "Muditos" que escriben por los codos. "Dormilones" de elegantes bostezos. "Felices" a los que nunca les abandona la sonrisa. "Tímidos" que esconden sus calidades en abatares excelsos. "Mocosos" Sí, también algún mocoso, bajito y juguetón, que siempre se pierde por Navidad. Pero en mis jueves, no tenemos, ni queremos "Brujas" vanidosas. 
Tan sólo una muestra de mazapán con anisetes de colores, que pronto va a ser mamá.

En fin, mis jueves, mis jueveros y yo, somos así.

10 de mayo de 2012

Este jueves, cuento. Erase una vez...


Erase una vez que se era… un elefante de cuatro patas y de piel gris perla, casi blanca; por lo de las patas no se diferenciaba de los demás, pero sí por el tono plateado de su envoltura.

A vista de pájaro, todos parecían iguales. Desde el balcón panorámico, la manada, se confundía con unos diminutos puntos oscuros, que se desplazaban con una lentitud irreal.
Bajo, en el interior del inmenso cráter del Parque Ngorongoro las vidas de los diferentes animales seguían su curso natural. Paseaban cuando tenían que pasear, comían cuando tenían que comer y dormían cuando tenían que dormir.

Para todos, era exactamente igual, excepto para Sanna el pequeño paquidermo de sangre roja y de piel lechosa, que perplejo por su descarada diferencia, pasaba las horas cuestionando su evidente desigualdad.
El resto de los elefantes de su edad le señalaban con la trompa burlándose de su rareza, lo que acomplejaba a Sanna, dolido en su particular calvario.

¡Ya está! Musitó entre colmillos, se pintaría del color de los demás y por fin sería uno de ellos, gris oscuro tirando a antracita. Ni corto ni perezoso, llenó una charca de esmalte casi negro y se remozó en ella una y otra vez. Durante unos minutos vio con alegría como cambiaba la textura de su piel, hasta conseguir una espesa capa de tinte Elefante Estándar.

Su alegría duró poco. Con esa nueva apariencia se dio cuenta de lo alienante y convencional de su nuevo look… era uno más. Uno entre muchos, vulgar y repetido, ya nadie se fijaba en él, aunque fuera para burlarse. ¿Qué podía hacer? Nada, salvo lamentar su error y asumir el hecho de que su verdadera identidad la había perdido para siempre. Sólo un milagro venido del cielo le devolvería su añorado color de aluminio anodizado.

En eso estaba, abatido y pesaroso, cuando le cayó una gota del cielo, seguida de muchas más y a estas, un agua torrencial que alertaba del comienzo de la temporada de grandes lluvias, en la que las laderas del Kilimanjaro se inundan de rápidos riachuelos.

Siete días de intenso lavado, aguantó Sanna a la intemperie hasta eliminar la última partícula de pintura que engañosamente le había disfrazado de elefante común.

Moraleja… si eres raro o diferente, no cambies, se consecuente.