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3 de diciembre de 2013

Arusha, una imagen para el recuerdo.



Mi alma no es una estación, sólo un apeadero donde las hierbas y rastrojos crecen hasta esconder esas dos líneas de hierro que nunca llegan a juntarse.
Pero a veces, la vida te regala tiempo, el justo para ir, vivir y volver a contarlo.
Y somos lo que somos, los olores y las imágenes que obtuvimos en el camino y que se perpetúan en nuestro recuerdo. Una segunda juventud, que, al igual que la primera, exige exaltaciones que se acomodan y estallan en esta nueva etapa tan parecida a una virginidad repentinamente rota.   ¿Habrá trampa en todo esto? Sé que algunos se resisten ferozmente a esta experiencia, pero curiosamente, a veces, la emoción te estalla en plena cara, iluminando ese apeadero en donde últimamente ni los mercancías se paran.

   
Arusha, Mayo 2012

30 de junio de 2013

Es Domingo... Vamos de Museos. Heritage - Arusha


El Heritage es el Centro del Patrimonio Cultural de Arusha en Tanzania. Donde el pasado y el presente de más de 120 tribus se puede ver en formato de Pintura, Escultura y Fotografía. El fondo de museo mantiene viva la herencia cultural que alterna con exposiciones temporales y talleres de Arte.
Destacada fue la exposición de las fotografías del francés Christophe Ratier, impresas por inyección sobre lienzo, tomadas en un período que abarca más de 10 años alrededor del Volcán y el Lago Natron Lengai y representan a los Maasai en su vida cotidiana y su relación con el volcán Lengai, la montaña sagrada de los Maasai.

                       


29 de diciembre de 2012

Adiós 2012


Parecerá demagogia y tal vez demasiado personal, pero este Post está dedicado a una despedida, la del año 2012.
Hay cosas mucho más importantes que el contenido de este vídeo, pero este año también es mío, para lo bueno y para lo malo.
No he podido evitar ser salpicado por la sarna socio-económica y en el camino he perdido muchas cosas, como la mayoría de vosotros.
Pero una, que siempre tendré es mi experiencia profesional en África; ésta, me ha permitido conocer un país y unas gentes a las que siempre hay que recordar y de las que siempre hay que volver a escribir.
No quiero prescindir del valor de civilización que tenemos, símbolo de progreso hacia una vida más placentera, pero que debería ser patrimonio de todos y no de unos pocos.
Este vídeo es un insignificante homenaje a una tierra que me ha movido el piso, y de la que nosotros pulgas civilizadas, tenemos mucho que aprender

Bienvenidos  todos  al  2 0 1 3

                       

15 de mayo de 2012

Tanzania, objetivo cumplido.



A través de la ventana de nuestro estudio, se ve un frondoso jardín. Colibrís y lagartijas, ajenos a nuestra presencia, comparten sin quererlo folios emborronados, hojas en blanco que se llenan de rayas de oscuro grafito, bocetos, cálculos, perspectivas, secciones y detalles que en el peor de los casos van llenando la papelera de pelotas arrugadas que lamentan en silencio lo que pudieron ser y ya no serán. Otras sin embargo, son como los colibrís y las lagartijas, cobran vida, dan y reciben color y son el prólogo de dibujos más complejos y determinantes.

Así han pasado los 21 días, que entre lluvia y lluvia, hemos necesitado para diseñar los "Showroom" de Arusha y Dar es Salaam. Ahora, con el trabajo terminado, nos volvemos llenos de recuerdos y experiencias y especialmente con la satisfacción del deber cumplido. 
Algunos ejemplos del Proyecto:

Este es un Proyecto de Estudio Cot, con la colaboración inestimable del diseñador de Interiores Sebastián Ruíz.

10 de mayo de 2012

Este jueves, cuento. Erase una vez...


Erase una vez que se era… un elefante de cuatro patas y de piel gris perla, casi blanca; por lo de las patas no se diferenciaba de los demás, pero sí por el tono plateado de su envoltura.

A vista de pájaro, todos parecían iguales. Desde el balcón panorámico, la manada, se confundía con unos diminutos puntos oscuros, que se desplazaban con una lentitud irreal.
Bajo, en el interior del inmenso cráter del Parque Ngorongoro las vidas de los diferentes animales seguían su curso natural. Paseaban cuando tenían que pasear, comían cuando tenían que comer y dormían cuando tenían que dormir.

Para todos, era exactamente igual, excepto para Sanna el pequeño paquidermo de sangre roja y de piel lechosa, que perplejo por su descarada diferencia, pasaba las horas cuestionando su evidente desigualdad.
El resto de los elefantes de su edad le señalaban con la trompa burlándose de su rareza, lo que acomplejaba a Sanna, dolido en su particular calvario.

¡Ya está! Musitó entre colmillos, se pintaría del color de los demás y por fin sería uno de ellos, gris oscuro tirando a antracita. Ni corto ni perezoso, llenó una charca de esmalte casi negro y se remozó en ella una y otra vez. Durante unos minutos vio con alegría como cambiaba la textura de su piel, hasta conseguir una espesa capa de tinte Elefante Estándar.

Su alegría duró poco. Con esa nueva apariencia se dio cuenta de lo alienante y convencional de su nuevo look… era uno más. Uno entre muchos, vulgar y repetido, ya nadie se fijaba en él, aunque fuera para burlarse. ¿Qué podía hacer? Nada, salvo lamentar su error y asumir el hecho de que su verdadera identidad la había perdido para siempre. Sólo un milagro venido del cielo le devolvería su añorado color de aluminio anodizado.

En eso estaba, abatido y pesaroso, cuando le cayó una gota del cielo, seguida de muchas más y a estas, un agua torrencial que alertaba del comienzo de la temporada de grandes lluvias, en la que las laderas del Kilimanjaro se inundan de rápidos riachuelos.

Siete días de intenso lavado, aguantó Sanna a la intemperie hasta eliminar la última partícula de pintura que engañosamente le había disfrazado de elefante común.

Moraleja… si eres raro o diferente, no cambies, se consecuente.


8 de mayo de 2012

Tanzania. Las masái

          


Recogimos a Nema en la puerta del hotel. La joven masài, vestía un precioso Shuka en tonos rojos y azules. Completaban su aire festivo: collares, pendientes, brazaletes, pulseras y un elaborado tocado que casi tapaba su rizada cabeza.
Nema bajó un día a la Ciudad para vender los abalorios que confeccionaba su familia, conoció a un joven tanzano de Arusha, se enamoró y se casó con él.

  
Ni siquiera el Toyota 4x4 pudo con la encrespada colina, En esta época, la de las grandes lluvias, las riadas de agua hieren la tierra con grandes surcos que hacen imposible la conducción. Nema, sacó del interior de su Shuka un móvil marca Samsung y avisó a su familia del leve imprevisto. A mitad del camino nos esperaría su prima Laiza, que nos acompañaría hasta el campamento.
Más de dos kilómetros de valle, sorteando surcos y tierra volcánica arrastrada por la marea del último diluvio. Iniciamos la caminata: Nema, Sebastián mi compañero en el oficio de diseñar, Matie el asistente tanzano que la empresa ha puesto a nuestra disposición “Full Time” y yo. Sólo se oía el viento, baladas de algún lejano rebaño y el ruido sordo de las pisadas sobre la hierba crecida junto a los maizales.

       
Tal y como avanzábamos el paisaje se hacía más fascinante, puro, con olor a silencio y de intensos colores verdes.
Se nos unió al grupo la nueva masài, engalanada para la ocasión con ropas de exultante colorido rosa y blanco, luciendo en sendos tobillos anchas pulseras multicolores. Media hora más y alcanzaríamos el poblado. Nema y Laiza, caminaban a nuestro paso riendo cualquier observación, se diría que no hablaban, su conversación era una risa continua de agudos sonidos que acompañaban con el brillo de sus grandes y redondos ojos.
A lo lejos, esperando en la puerta del vallado, estaba la familia de Nema, la tribu de Imolea. Su madre Kivuyo, su tía Lukinai, su abuela Esta Likimuran, más primas y sobrinos, niños de chocolate, que deshacían su curiosidad clavándote la mirada, buscando un porqué a esas diferencias de aspecto y color, a pesar de sentirse únicos entre tantos iguales repetidos. 
Las mujeres, nos regalan una bienvenida llena de risas y danzas tribales al ritmo de la voz de una de ellas, que tararea un estribillo seguido a coro por el resto. Voces agudas, incansables moviendo rítmicamente los collares de plato que parecen volar en un cuello negro espigado y glamuroso. Orgullosas y presumidos hasta el más mínimo detalle.


Era media tarde, los hombres pastoreaban a varios kilómetros hacia la ladera del Monte Meru, donde los pastos son mayores y la caza es más probable. Ellas, como en toda cultura primitiva, están relegadas a un segundo plano, construyen y reparan la casa, recorren diariamente largas distancias hasta pozos o manantiales para recoger agua y cuidan y educan a sus hijos.
Una vez hechas las presentaciones, las Masài, nos invitan a pasar al interior de la cabaña que parece más importante, la única que tiene una pequeña placa solar sobre el chamizo exterior. No cabemos todos, el interior es diminuto y el brillo de sus ojos se acentúa sobre la oscura piel que parece más negra en la penumbra. El momento es mágico, la abuela Esta se incorpora y vacía el contenido de sémola de maíz en una botella de calabaza, con leche en su interior, lo mueve hasta marear nuestra mirada y vierte el contenido en cuatro tazas de barro cocido, el líquido es grumoso, denso el color y difícil el sabor… de algo hay que morir y éste, no sería mal momento.


Hablamos sobre los jóvenes masài, sus influencias del exterior, su fidelidad a las tradiciones, su supervivencia durante los treinta años de comunismo y especialmente, sobre lo poco que hace falta para ser feliz. Las preguntas sobran, el silencio cómplice se posa en el ambiente, en ese minúsculo espacio que compartimos apretados, tan limitado y a la vez tan inmenso.


Tenemos que partir, la tarde se ha pasado volando y de nuevo entre cánticos, danzas y abrazos cariñosos las mujeres y los niños masài nos despiden acompañando nuestros primeros metros de regreso. Anochece en la llanura, de nuevo Neme, Sebastián, Matie y yo deshacemos lo andado en busca del Toyota perdido. Todavía en nuestra retina, la mirada incisiva, el ébano de su piel y los estribillos de colibrí, repetidos a golpe de gorgorito tropical.
Una gente, los Masài, que todavía lucha por saber qué es lo suyo y quiénes son. Guerreros a tiempo parcial, obstinados en congelar el tiempo, que me temo, terminarán siendo unos cromos exóticos en un álbum de fotos.





29 de abril de 2012

Tanzania.


Tanzania no se puede explicar, al menos de una forma lógica, práctica o consecuente con los tiempos que corren. Si lo intentas, resbalas, te pasas o te quedas corto. Pero aún así, con el riesgo de epatar más de lo razonable, merece la pena intentarlo. 
Tanzania huele a Reserva Natural, a picantes y a tinte de mil colores que lucen sus mujeres en una inacabable variedad de estampados con los que lucir sus esplendidos cuerpos. 
Tanzania es intensamente verde desde el cielo y roja a pie de zapatilla. Sus ciudades, a vuelo de pájaro, son un hormiguero de sombras oscuras como el ébano que patean sus caóticas avenidas o pasean lentas, pero sin pausa los campos de maíz recién plantado.



El tanzano es dueño de su tiempo, no tiene prisa, los indios corren por él y también por él, ganan su dinero.
Es el primero en extender su mano en un saludo que empieza con una invitación y acaba con una mirada curiosa, limpia y penetrante. Clava sus grandes ojos en los tuyos y juega a contemporizar en un juego amable que está acostumbrado a ganar. Te saluda dispuesto a negociar a la baja cualquier tipo de complicidad y te despide al mismo tiempo con un… “Jambo, Jambo” sabiendo que a este nuevo conocido, no lo volverá a ver nunca más.


Tanzania y el tanzano van de la mano, pausados, dispersos, arrastrados por movimientos  financieros, inmobiliarios y sociales que les pesan como losas y que en la mayoría de los casos no protagonizan debidamente. Además de su tiempo, son dueños de su cultura, de sus costumbres, de sus lenguas y de una geografía envidiable para el resto del mundo. 
Sería demagógico y tal vez de mal gusto, extenderse en su miseria y escasez, que también las hay, pero su futuro está a la vuelta de la esquina. El reflejo en el espejo de Kenia les ilumina aclarando un porvenir que no se hace esperar. Desde luego que hay muchas, muchísimas prioridades, más importantes que la Modernidad.


Arusha, 29-04-2012



24 de marzo de 2012

Este jueves, relato. Déjà vu.


La lluvia me acompaña 24 horas al día, diluvia con intensidad. Las enormes e interminables gotas al chocar contra la tierra, emiten un ruido amenazante que te recuerda que estás a su merced, su insistencia y mi sumisión van de la mano. Asomado a la ventana de la habitación, no veo el momento de salir. 35 grados húmedos y mojados, son las lluvias largas en Tanzania.

Cuántas horas, hasta que de por terminado el día y regrese de nuevo a esta jaula de oro con cretona inglesa en los muros y algodón indio en las ventanas. Extraño estas cuatro paredes, nunca serán mías. Me sobrecoge su proximidad y me asombra su lejanía. Sin embargo ahora, mientras espero, es todo lo que tengo, un refugio con mosquiteras, que bailan suaves al ritmo del run, run del ventilador.

Mientras espero, me vence la monótona y persistente cadencia. Por un momento, despierto a la realidad y contesto a la señal de la recepción: -Gracias, bajo enseguida- 
Al cerrar la puerta, el golpe seco me recuerda la rutina de los últimos 21 días... Juraría que este momento, el del último, ya lo había vivido antes.

Nairobi, Agosto 2012