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8 de octubre de 2009

Recordando a Carrión


Durante la pasada feria del Mueble (Ideas & pasión) en Valencia, se presentó en el Studio de la Diseñadora de Interiores y Decana del CDIDV Carmen Baselga el libro “Comida para pensar, Pensar sobre el comer” libro que lleva al lector a preguntarse si el próximo premio destinado a Ferrán Adriá no será el Nobel de Química.

Richard Hamilton y Vicente Todolí, autores del libro, no inciden en el recetario del maestro, puesto que no se trata de un libro de cocina sino de un apéndice intelectual sobre la cocina de Adriá. Se analiza la obra artística del cocinero por efímero que sea su arte, 1.500 platos del menú de El Bulli, es algo visto y no visto.

El libro está lleno de reflexiones (filosóficas, psicológicas, literarias o sensoriales) que justifican el volumen, adornado con fotografías e ilustraciones. La presentación estuvo a cargo de Ramón Prat, director de Ediciones Actar, Ignacio Carrión, periodista y escritor y Cristina Gimenez, coordinadora editorial de la Obra.

De todo esto, me detengo y recreo en la persona de Ignacio Carrión, escritor donostiarra, muy vinculado a Valencia, que durante muchos años fue redactor jefe de informativos, enviado especial y corresponsal de diferentes diarios españoles.

Su pluma ácida, mordaz, crítica, tribal, directa al páncreas, siempre me inquietó, si bien es cierto que hacia tiempo que le había perdido el hilo.
Hoy reproduzco textualmente, su reflexión de la participación del acto constatando su carisma, del que no se ha desprendido un ápice

Cristina Giménez me propuso participar en la presentación del libro de Ferrán Adrià, en Valencia.
¿Qué podía decir allí? Nunca estuve en El Bulli y las posibilidades que tengo son mínimas a menos que me ingresen por urgencias gastronómicas.
La lista de espera es todavía mas larga que la de los quirófanos de la Seguridad Social. Además aumenta el turismo gastro-sanitario que viene de otros países para comer en el mas afamado restaurante del mundo, aunque todos sabemos que existe otra desesperante y desesperada lista de espera: mil millones de criaturas pasan hambre en nuestro planeta: uno de cada siete habitantes.

¿Era procedente recordar este hecho estremecedor? Era procedente, pensé, porque al mismo tiempo era inoportuno hacerlo.
Y entre algunas perlas escritas o pronunciadas por los saciados comensales de Ferrán Adrià, deslicé este inquietante dato del hambre. Fue como mentar la soga en casa del ahorcado.

Ramón Prat, editor del libro (Actar), habló de su aventura al lanzar al mercado un producto de papel cosido en un mundo de semianalfabetos televidentes que se llenan la boca para no pensar. Al menos los textos sobre las obras culinarias de Adrià pretenden reflexionar sobre la comida como arte efímero que desaparece en su camino al estómago.

“Danza silenciosa de alimentos”, opinaba un comensal. “Los huesos de detrás de mis oídos empiezan a cantar”, advertía otro. “Violación del sabor”, señalaba un sibarita. “Una dimensión eucarística”, exclamaba un creyente en la transubstanciación.

Yo repetía estas frases sacadas del libro y eché leña al fuego: “Bizcocho como algo que podrías encontrar en el garaje o debajo del sofá”, resumía su testimonio un afortunado con asiento en el pesebre. “Danza silenciosa de los alimentos”, apostillaba otro. “La leche eléctrica” (apreciada creación de Adrià) me convirtió en insecto”, diría un adicto a Kafka.

Por fin llegaron los percusionistas-cocineros del grupo Amores, con sus cucharillas y cacharrería para levantar espuma y, de paso, los ánimos. Y se sirvieron vinos de Daniel Belda. Y el local de riguroso diseño minimalista, el mas idóneo para unos buenos fogones conceptuales, se llenó de voces y de risas. La gente –unas doscientas personas, según los organizadores- parecía satisfecha y cómoda. Y entonces discretamente me retiré. Recordaba otro singular testimonio que había leído en el libro de Ferrán Adrià: “La salchicha, un animal paradisíaco”.

Y también pensé que mi perro labrador me esperaba impaciente en casa. Cuando lo ví moviendo la cola le pregunté: ¿Crees tú que la salchicha es un animal paradisíaco?

Palabras, palabras, palabras...si, pero de esas que a veces nos salvan, ya que escribir es nuestra/su única forma de salvación, pues ninguna de ellas lo era antes de escribirse.
Bien hallado Sr. Carrión