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Mostrando entradas de abril, 2020

Cuentos de andar por casa: Testamento en diez legados.

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Testamento en diez legados. Dijo que se llamaba Tomás, pero qué importa, cualquiera en sus circunstancias habría mentido. Su pobreza, sí que era real. Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida; su edad, indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca. Jamás fue prudente y ahora el frío y la calle, amenazaban con quitarle la vida una madrugada cualquiera.   Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas: —Por si acaso y para que no hayan dudas ni disputas, dejo mis pertenencias a: —El carro de la compra que cogí prestado del súper y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey. —A Pilarín, la rubia de bote de la peluquería de enfrente, le dejo esta mata de pelo rebelde que una vez fue rubio de verdad, ella ya sabrá como teñirlo. —Estos 2’25 euros que guardo, son para el director

Cuentos de andar por casa: Miguel y Guillermo; Guillermo y Miguel

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La noche intimidaba, llovía y los parroquianos se refugiaban entre aquellas gruesas paredes que protegían el interior de la venta, más conocida como de El Toboso. Las jarras del mosto manchego corrían de mesa en mesa, en especial en aquella del fondo donde dos grotescas sombras competían ironizando sobre los pormenores de sus recuerdos. Ebrios de vino y pasión agudizaban sus ingenios para desmontar, el uno al otro, provocando cómplices risotadas entre la cada vez más divertida concurrencia. Miguel, en los huesos, arrastraba las palabras, gruesas e impuestas por los efectos del rojo caldo, que en ese momento, avanzada la madrugada, empezaba a nublar sus interminables parrafadas. Guillermo, espectro algo menos consumido, sutil y agudo, respondía con lengua trabada, inmerso en una espesa borrachera, que había paralizado los escasos músculos de su cuerpo, excepto los del decir: — «Tu prosa, Miguel, es cansina y vulgar, ¿qué otra cosa se puede esperar de una historia de caball

Los jueves, relato: Publicación de un libro. Datos esenciales.

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Género : Novela [Ciencia ficción] Título original : « Marcello, 100 años después» . Tiempo y lugar : Roma, año 2120. 100 años pos-COVID-19. Tema principal : Las máquinas, testigos silenciosos de la vida de la no vida. La importancia histórica de las cámaras web. El mundo vaciado frente a su propia historia audiovisual. Punto de vista : El del narrador omnisciente ceñido a la tercera persona limitada; es decir que lo conoce todo de un solo personaje: el protagonista, a través del cual recibimos información del resto de secundarios así como el desarrollo de la historia. Sinopsis : Marcello, protagonista de La Dolce Vita vuelve, 100 años después, como único humano superviviente a la Pandemia que en 2020 asoló la Tierra. No puede imaginar que su escena con Sylvia en la película de Federico Fellini, sacándola en brazos de La Fontana de Trevi, haya sido grabada por una cámara web situada en lo alto de una azotea próxima y que, sin explicación aparente, ha seguido grabando de

Cuentos de andar por casa: ¡Felizmente, José!

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¡Felizmente, José! «Valencia, uno de noviembre de 2014. Querido José: Hace muchos años que no sé de ti… ¡Me casé! Espero que al recibo de ésta te encuentres bien, yo estoy en la gloria. Te cuento... Tengo nueve hijos y estoy esperando otro para mayo. María José es la mayor, se casó el pasado año, la veo poco, casi lo mismo que cuando estaba soltera, siempre ha sido "culo de mal asiento". Rubén es el segundo, tiene veintidós, todo un carácter como su padre y, como su padre, se toma todos los privilegios. Marta es la siguiente, vive con un poeta melenudo desde hace años, dice que no traerá a este asqueroso mundo ningún hijo; espero que no se lo tome en serio, aunque yo creo que es ese Bécquer de pacotilla el que no vale. Julia y Pilar llegaron a la vez, gemelas para todo, el mismo estilo, las mismas ambiciones, los mismos errores y el doble de disgustos. Elías va a continuación, se cree único porque ha escrito un libro, como si no supiera que para mí, to

Cuentos de andar por casa: Bichos de vida

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Los bichos Los bichos trasiegan perdidos en su corral encerrados esperando el pistoletazo de salida, se mueven sin orden, inquietos e intuyendo, desesperados, el momento en el que se inicie la carrera a la gloria.  Ajenos al roce de cuerpos que se está consumando en el exterior y expectantes ante una primera y única experiencia. Corredores de fondo, entrenados para la alta competición  se preparan para un destino extremo. De irremediable muerte o vida para la vida.  Un maratón, con más de doscientos millones de participantes y medalla sólo para el vencedor, cuya soledad compartida le aísla del resto con el único sueño de la supervivencia. Suena el chupinazo, la cabeza y la cola, diseñadas ambas tanto para la velocidad como para la resistencia, escupen toda su energía biológica en un primer salto hacia las posiciones más ventajosas en un circuito lleno de trampas.  El recorrido es corto: menos de 20 centímetros. Muchos comienzan a quedarse rezagados, otros dan vueltas y

Cuentos de andar por casa: El COVID-19

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Queridas Jane, Sukie y Alexandra:  Esta carta es una humilde pero necesaria petición de ayuda. Las cosas por este viejo mundo no van bien..., el COVID-19, ya sabéis.  El mercado ha devaluado ungüentos y pócimas y todo ha perdido eficacia para nuestros conjuros. El otro día sin ir más lejos receté una mezcla de belladona, mandrágora y ala de mariposa para garantizar el nacimiento de una niña que completaría una «parejita» y la futura mamá me ha denunciado porque tiene quintillizos.  La cicuta y los tóxicos están por las nubes, y ya no se puede envenenar a nadie como es debido.  El broncista que me hacía los calderos de cobre, ha cerrado y con la Tupperware, como podéis suponer, no es lo mismo. Los filtros amorosos escasean, bueno... los filtros propiamente dichos no, porque siempre nos quedan los calcetines, pero el amor, ¡Ay el amor! Si os dijera que lo más parecido que encuentro es algún cariñito que otro, y claro… ¡Ni parecido! La escoba la tengo para cambiar —

Cuentos de andar por casa: Queridos hijos.

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Queridos hijos: Por fin me decido a escribiros.  Hasta ahora los ánimos no me han acompañado y mi cabeza ha estado perdida, intentando, sin conseguirlo, una explicación que ordenase mis ideas y una explicación que justificase mi comportamiento. Sé que mi estancia aquí no va a ser prolongada, pero un solo día entre estos muros es una prueba demasiado dura para no abandonar en el intento. A las 10:00 de cada mañana abren las puertas del patio, es el único momento en el que mi ansiedad se disipa y me alío con los colores del cielo abierto. Busco el movimiento de las nubes hasta que desaparecen en el horizonte, saltando libres, las paredes de grueso hormigón, que por el lado opuesto, —el que no veo— tienen el color de la libertad. Aquí, en este solar descubierto, la fiel espera se consume entre impaciencias y la soledad se disipa entre esta multitud que es más soledad todavía. Cuando cae la noche y con ella el silencio, todo queda a punto para el arrepentimiento, pero u

Cuentos de andar por casa: Belleza adulta

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Belleza adulta Cuando la pasión regresa es fácil reconocerla. Es algo más que un sentimiento al que ponerle cara. Algo más que una afirmación que reubicar o que un premio que toca a destiempo. Es la razón que en el orden establecido nos obliga a navegar en la tempestad cuando la gris y densa calma es la dueña de nuestro sin vivir. Esa pasión, que se parece en forma y color a aquella que creció por primera vez, y que sembró de exaltaciones nuestra juventud. Hoy, irrumpe ferozmente, con prisa… la misma de entonces, y se acomoda a empujones, rompiendo las resistencias formales de la que sin duda es la última etapa de nuestra vida. Esta belleza madura, saturada en su día por diversas razones, declara abiertamente la guerra y despierta, porque una vez se durmió, y resucita, porque una vez murió. Y como un estremecimiento, siembra vértigos e ilusiones. Ya no miramos hacia atrás, hemos encontrado la pasión perdida y nos sentimos los reyes del mundo. De nuevo esa virgin

Cuentos de andar por casa: La boda

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La boda Aurora se preguntaba cómo había llegado hasta ese punto. Una situación para la que no había una explicación lógica. Todo parecía normal, pero la realidad sería muy distinta y detrás de aquel regalo envenenado envuelto en papel de celofán le llovieron las dudas. «¿Es acaso la obstinación una imposición?» «¿Lo es la ceguera, la ambición, los intereses, el patrimonio…?» Siguió preguntándose en voz baja. Cerró los ojos, e intentó justificarse a sí misma. Ambos podrían jugar un buen partido, sólo había que programar, ordenar y poner en marcha los medios que justificaran el fin. Las palabras jugaban a disfrazar los significados: Cuando decías futuro, estabas diciendo presente. Cuando decías compañero, estabas diciendo vínculo. Cuando decías tener o dar, estabas diciendo intercambio. Cuando decías amor, estabas diciendo querer. Le atrajo la película en la que se representaban sus brillantes protagonistas, un guion adaptado en el que la primera escena les deslumbraría para

Cuentos de andar por casa: La cita

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      Ordenó la dirección al taxista.       Horas de ansiedad contenida, un deseo largamente anhelado a tan solo una carrera de taxi.       —¡Avd. De la Libertad, esquina Constitución!       —¿Hotel Meridional?       —¡Sí! –contestó ausente, John.          Ella lo tenía a dos paradas de bus, pero prefirió andar. Eso era lo que quería hacer, al menos lo iba a intentar. El paseo junto al Mediterráneo distraería su conciencia.     Acordaron coincidir en el hall a una hora determinada, pero en el supuesto –más que probable– de que uno de los dos llegase con antelación, este, formalizaría la reserva y esperaría en el bar. Mary llegó antes, sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios; darse una última mirada en el espejo y buscar rápidamente el ascensor de bajada.  En la luna del camarín se vio perfecta, gesticuló gustándose. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negr

Este jueves, relato: Señales mal entendidas.

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Señales mal entendidas. ¡Me guiñó un ojo, el izquierdo! Había soñado y habría pagado por ello; por eso necesité morderme la lengua para confirmar una realidad que podría no serlo. Pero, era el izquierdo. ¿Tendría algún significado ese aparente e insignificante detalle? ¿Encerraría algún mensaje cifrado el hecho de que fuese ese y no el derecho? ¿Estaríamos hablando de amistad o, tal vez, de sexo? ¿Sería suficiente un mordisco en la lengua o quizás debería probar con el fuego de una cerilla en la palma de la mano? Superada la excitante, pero suicida, por exagerada, consecuencia de aquel gesto empecé a plantearme diversas opciones que allanasen tal cuestión: ¿Algún hecho olvidado que justificase ese detalle? ¿Un comportamiento perdido en el tiempo que no recordase? ¿Un atractivo manifiesto que hasta ese momento hubiese permanecido oculto? Por qué el guiño y por qué el izquierdo cuando hasta ese momento, Anna, ni me había dirigido la palabra ni me había sonreído ni había roz

Cuentos de andar por casa: La profecía

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La profecía Primero fue un grito, después unos golpes, luego la oscuridad seguida del silencio. Entre medias, el dolor ocre en el alma. La sangre pintando de rojo la indefensión. La herida morada de una ilusión rota. El caos grisáceo de un cuerpo irreconocible. La negra confirmación de un final anunciado. El último soplo de una paleta que había empezado a llenarse de color. Aquel día, a la puerta de la Alhambra, la gitana, leyéndole la mano, le profetizó: «Tus sueños de hoy, paya, con este payo, serán tu pesadilla de mañana» . Foto: Sahun Torrance

Cuentos de andar por casa: Supersticiones

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Supersticiones A San Perdido de la Torre se llega a través de carreteras secundarias. Quedan atrás aldeas, ermitas y ruinas de un casi desaparecido castillo medieval del siglo XIII. El pueblo te recibe con un paseo atiborrado de cipreses —trescientos trece—. Una sola calle, la Mayor y después nada. Sus pocos habitantes, ciento trece, son supersticiosos de las supersticiones, obstinados creyentes de la mala suerte y confiados inocentes de buscar la adversidad. Cuando se produce un nuevo alumbramiento, el más anciano se muere a propósito: el censo no se puede alterar.  Trece gatos negros son los que hay, cuyas hembras, por alguna ancestral bendición, paren trece gatitos negros.  Las damas pintan de rojo sangre sus labios frente a cristales rotos en trece pedazos. Trece segundos, no doce ni catorce...: ¡TRECE! se utilizan para cruzar la plaza, subir a la torre o llenar los cubos en cualquiera de las trece fuentes que desparraman sus cristalinas aguas en el pueblo. Tre

Cuentos de andar por casa: Moisés

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Moisés Imaginar, moldear y acariciar al tiempo que se crea lo desconocido.  Sentir que las manos húmedas toman el barro y perfilan el volumen del deseo.  Modelar sin pausa, extasiado, en un caos de conexión emocional con el elemento natural y lanzar las manos a la aventura de la creación. Los dedos calibran el fondo y se hunden en la superficie inmediata; o hábiles, repican cincelando pliegues, arrugas y arterias, que vivas se adueñan del espacio y del tiempo. Las manos no destruyen, sólo transforman. Indistintamente de la magnitud de la obra y una vez terminada, el artista, convulso, enloquecido por tanta belleza y desatando una cólera contenida, le golpea en la rodilla exigiéndole que hable…  «¿Por qué no me hablas?». Y ante el silencio de la piedra, Miguel Ángel, cae vencido a sus fríos pies. Foto: Alfredo Cot

Cuentos de andar por casa: Oliendo a café

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Oliendo a café Vivo en un octavo. Cada día, el ascensor acude a mi planta con la precisión de un tren de alta velocidad. Las puertas de acero se abren invitándome a entrar a la primera sensación del día: un penetrante aroma a café recién hecho. Se cierran las puertas y comienza la aventura de cada mañana, oler planta por planta intentando adivinar en cuál de ellas es más fuerte el olor a café, y así identificar su origen, ponerle cara a esas manos que tan sabiamente han mezclado, molido y filtrado, hasta conseguir ese cremoso exprés de tan exquisito aroma y sabor.  El descenso es corto, no llega a un par de minutos y la carrera de olfatear se concentra al paso de los diferentes pisos.  Podría ser Carmen la del séptimo, se levanta temprano y a estas horas lleva a sus hijos al colegio; seguro que vuelve para apurar el resto de su cafetera. Manuel el del sexto trabaja en casa, es informático, pero no me lo imagino trajinando en la cocina, es más de bajar a la cafetería de

Cuentos de andar por casa: Colores para después de la guerra [COVID-19]

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Colores para después de la guerra. El primero en llegar fue Blanco, serio, elegante, luminoso. Con olor a fuego apagado y bata del mismo color. Responsable de la convocatoria, de la que estaba seguro saldrían bien planificadas las pautas de actuación para aquel admirable objetivo. También era el más relevante, cabeza visible y portador de emociones y sentimientos, parecía que todo giraba a su alrededor, cuidadoso y pulcro ordenaba sobre aquella superficie transparente los guiones personalizados que más tarde repartiría con la precisión de siempre. En segundo lugar llegaron juntos, Amarillo y Verde, alegres, vivos y frescos, canturreando por lo bajo algo de una zarzuela que no llegué a reconocer. Ambos con cometidos diferentes, el primero para enlazar, envolver, atar los buenos deseos y proporcionar la tranquilidad perdida y el otro, Verde, como soporte espacial, algo así como la esperanza en forma de tiempo recuperado. Ambos sabían de la importancia de su papel, aunque sólo f

Cuentos de andar por casa: El soldado Martínez

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Conocí al soldado Martínez en la primera fase de la instrucción. De los primeros en llegar. Puntual. Confundido, ajeno a aquella experiencia que le había arrancado de su pueblo por primera vez. Saludó con un tímido movimiento de cabeza que correspondí sin demasiada trascendencia y me dije: «Dios mío, a este le falta poco para cagarse en los pantalones». De mediana estatura, fibroso, tostado de brazos y cuello por el sol del mediodía, debió de intuir en mi gesto algo más que un saludo cortés e, instintivamente, se refugió en mi entorno espacial reclamando desde el fondo de sus ojos azules un pacto clandestino de ayuda y protección. En esos momentos, el soldado Martínez no era dueño de nada y sin embargo dejaba traslucir una ternura de gran intensidad. Su falta de experiencia la compensaba con la belleza y obviedad del hombre que ha aprendido a vivir con el trigo, las viñas y los animales. Era así, sin proponérselo, pero yo sentí la necesidad de descubrirlo y apadrinar esa indef