28 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Testamento en diez legados.



Testamento en diez legados.
Dijo que se llamaba Tomás, pero qué importa, cualquiera en sus circunstancias habría mentido. Su pobreza, sí que era real.
Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida; su edad, indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca.
Jamás fue prudente y ahora el frío y la calle, amenazaban con quitarle la vida una madrugada cualquiera.  Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas:
—Por si acaso y para que no hayan dudas ni disputas, dejo mis pertenencias a:
—El carro de la compra que cogí prestado del súper y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey.
—A Pilarín, la rubia de bote de la peluquería de enfrente, le dejo esta mata de pelo rebelde que una vez fue rubio de verdad, ella ya sabrá como teñirlo.
—Estos 2’25 euros que guardo, son para el director del Banco Popular de aquí al lado. Que me abra una libreta, un plan o lo que sea, todo menos jugar en bolsa, me preocuparía perderlos.
—A María, que me baja leche caliente y galletas con su nombre y que es mayor que yo, pero se conserva mejor, (bendita familia) le dejo la cantinela que tanto le gusta escucharme cada mañana. Ahora le puedo confesar que es “te quiero, te quiero” de Nino Bravo en una versión ininteligible.
—Al Generalísimo, esté donde esté, (espero, que en los infiernos) le dejo estos trozos de metralla, que me han tenido con el cuerpo roto desde los 16 años, hasta los que soñé, con ser un gran deportista.
—A Micaela, la niña del portal 22, que nunca me ha tenido miedo, le dejo el mío, para que lo conozca y nunca lo repita… al final te das cuenta, de que no merece la pena.  
—A Julio, el ciego de la esquina, le dejo este libro sin tapas, sólo para que lo abrace entre sus manos, son poemas de Martí i Pol. ¡Sí, ya sé que está ciego, pero qué más da, tampoco sabe catalán!
—A Alfredo, ese señor serio que siempre me mira a los ojos, que no sé de dónde viene ni a dónde va, pero que comparte conmigo ese instante de segundos cómplices, le dejo esta última mirada. Le decís que con ella, me despido de todo lo bueno que he vivido en esta vida, que algo ha habido.
Tomás, no pudo llegar a los diez legados. El frío de esa madrugada de invierno se lo llevó para siempre.


27 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Miguel y Guillermo; Guillermo y Miguel



La noche intimidaba, llovía y los parroquianos se refugiaban entre aquellas gruesas paredes que protegían el interior de la venta, más conocida como de El Toboso. Las jarras del mosto manchego corrían de mesa en mesa, en especial en aquella del fondo donde dos grotescas sombras competían ironizando sobre los pormenores de sus recuerdos. Ebrios de vino y pasión agudizaban sus ingenios para desmontar, el uno al otro, provocando cómplices risotadas entre la cada vez más divertida concurrencia.
Miguel, en los huesos, arrastraba las palabras, gruesas e impuestas por los efectos del rojo caldo, que en ese momento, avanzada la madrugada, empezaba a nublar sus interminables parrafadas.
Guillermo, espectro algo menos consumido, sutil y agudo, respondía con lengua trabada, inmerso en una espesa borrachera, que había paralizado los escasos músculos de su cuerpo, excepto los del decir:
«Tu prosa, Miguel, es cansina y vulgar, ¿qué otra cosa se puede esperar de una historia de caballerías y algún burro, alrededor de un hidalgo venido a menos que, ausente de cordura, se cree un caballero andante?
—¿Cómo te atreves, Guillermo? si de tu cursi pluma sólo emanan tontas reflexiones sobre lo trascendente de la vida, una vida que seguramente no has vivido y en la que sólo inventas por encargo.
—¿Tontas...? llamas tontas a esas sublimes vidas, capaces de expresar en un trabajadísimo y estilizado lenguaje las más bellas e inauditas acciones. ¿Qué me dices de tu Alonso? Chocante, desusado y desatado en sinrazones, cómico hasta el ridículo.
—Estás borracho y desvarías. ¿Qué mayor realismo que esta parodia fantástica? Construida con prosa y versos, rica en géneros trágicos y cómicos, con discursos fabulados que le dan ese carácter polifónico.
--La única polifonía que te intuyo, mi querido sesudo literato, es la de una verborrea y burla de un esperpéntico galán venido a menos, que se vio denostado por la dama de sus fantasías; obsérvese en cambio la pasión correspondida de mis jóvenes Romeo y Julieta.
—¡Ventero! Ni una jarra más a este advenedizo autor de sainetes de tres al cuarto, que ni siquiera los propios ingleses pudieron entender. Cuánta osadía, comparar el amor de mi hidalgo hacia su enamorada, con una ridícula locura destinada al fracaso.
El ventero, que conocía de sobras las interminables reyertas literarias de aquellos dos resucitados, dio por acabado el encono verbal de esa madrugada y comprobado que el tiempo había escampado, invitó a todos a abandonar el mesón.
Abrazados, apoyándose hueso con hueso y tambaleándose a cada paso, Miguel y Guillermo intentaron adivinar el camino de regreso al cementerio, al tiempo que gritaban al cielo:
—¡Astuuuurias, patria queriiiidaaa!...  

23 de abril de 2020

Los jueves, relato: Publicación de un libro. Datos esenciales.



Género: Novela [Ciencia ficción]
Título original: «Marcello, 100 años después».
Tiempo y lugar: Roma, año 2120. 100 años pos-COVID-19.
Tema principal: Las máquinas, testigos silenciosos de la vida de la no vida. La importancia histórica de las cámaras web. El mundo vaciado frente a su propia historia audiovisual.
Punto de vista: El del narrador omnisciente ceñido a la tercera persona limitada; es decir que lo conoce todo de un solo personaje: el protagonista, a través del cual recibimos información del resto de secundarios así como el desarrollo de la historia.
Sinopsis: Marcello, protagonista de La Dolce Vita vuelve, 100 años después, como único humano superviviente a la Pandemia que en 2020 asoló la Tierra. No puede imaginar que su escena con Sylvia en la película de Federico Fellini, sacándola en brazos de La Fontana de Trevi, haya sido grabada por una cámara web situada en lo alto de una azotea próxima y que, sin explicación aparente, ha seguido grabando desde entonces. 
Dedicatoria: A Federico Fellini, Marcello Mastroianni, Anita Ekberg, Manuel Alexandre y China Zorrilla.
Estructura: La novela está dividida en tres partes: La primera, el renacimiento de Marcello en una pequeña, limitada y protegida zona de la tierra ocupada por máquinas siliconóides. La segunda, el viaje homérico en busca de sus raíces. La tercera, su llegada a Roma descubriendo la cámara web y todos los pormenores de la película, su época y lo sucedido en la Fontana de Trevi desde 1960 [año de su rodaje] a 2020. 
A propósito de: «Marcello, 100 años después». Esta novela, como cualquier otra, es hija de su tiempo. Sitúa su acción en un futuro indeterminado. Distópica en todo su contenido; el protagonista viaja desde la nada al encuentro de su pasado vital.     
Prólogo: Dejo a gusto del lector que quiera, le apetezca, necesite, imagine, que me regale un prólogo en tres o cuatro líneas. Gracias de antemano.

Prólogo de CampirelaCien años después, la censura la ocupan máquinas que desvirtúan lo esencial del amor y la pasión. Los besos y caricias de los personajes no son lo mismo 100 años después; la frialdad se apodera de la tierra, pero algo en el protagonista le hace sentir que puede volver a revivir todo aquello que vivió un siglo atrás.. para ello deberán comprar el libro y ver las sorpresas que le esperan a Marcello...

22 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: ¡Felizmente, José!



¡Felizmente, José!

«Valencia, uno de noviembre de 2014.
Querido José: Hace muchos años que no sé de ti… ¡Me casé! Espero que al recibo de ésta te encuentres bien, yo estoy en la gloria.
Te cuento... Tengo nueve hijos y estoy esperando otro para mayo.
María José es la mayor, se casó el pasado año, la veo poco, casi lo mismo que cuando estaba soltera, siempre ha sido "culo de mal asiento".
Rubén es el segundo, tiene veintidós, todo un carácter como su padre y, como su padre, se toma todos los privilegios.
Marta es la siguiente, vive con un poeta melenudo desde hace años, dice que no traerá a este asqueroso mundo ningún hijo; espero que no se lo tome en serio, aunque yo creo que es ese Bécquer de pacotilla el que no vale.
Julia y Pilar llegaron a la vez, gemelas para todo, el mismo estilo, las mismas ambiciones, los mismos errores y el doble de disgustos.
Elías va a continuación, se cree único porque ha escrito un libro, como si no supiera que para mí, todos ellos son un interminable libro de aventuras.
Benjamín es el séptimo, le llamamos así, convencidos de que después de él, no vendrían más. Ahora le llamamos Ben, para minimizar en lo posible el exceso de confianza, aún le cuesta asumir el trono que tuvo que ceder.
Le sigue Luisa que toma la comunión la próxima primavera, llevará el traje de Marta, el misal de Ben, la coronita de Pilar, o de Julia, y la cruz de su abuela que seguimos guardando para lo que venga.
Baby es el último, de momento, aprende rápido, es un juguete para el resto y él lo sabe, se deja querer, todavía no pregunta, pero me temo que con él las respuestas van a ser más complicadas.

Tu amiga de siempre, María»

«Roma, uno de diciembre de 2014
Querida María:
Yo sí que estoy en la gloria, no te puedes imaginar lo que celebro no haber podido acudir aquella tarde a la cita y mandarte a mi primo Luis en mi lugar.
Eternamente feliz, José».


20 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Bichos de vida


Los bichos

Los bichos trasiegan perdidos en su corral encerrados esperando el pistoletazo de salida, se mueven sin orden, inquietos e intuyendo, desesperados, el momento en el que se inicie la carrera a la gloria. 
Ajenos al roce de cuerpos que se está consumando en el exterior y expectantes ante una primera y única experiencia. Corredores de fondo, entrenados para la alta competición se preparan para un destino extremo. De irremediable muerte o vida para la vida. 
Un maratón, con más de doscientos millones de participantes y medalla sólo para el vencedor, cuya soledad compartida le aísla del resto con el único sueño de la supervivencia.
Suena el chupinazo, la cabeza y la cola, diseñadas ambas tanto para la velocidad como para la resistencia, escupen toda su energía biológica en un primer salto hacia las posiciones más ventajosas en un circuito lleno de trampas. 
El recorrido es corto: menos de 20 centímetros. Muchos comienzan a quedarse rezagados, otros dan vueltas y vueltas sin rumbo aparente, tan sólo unos pocos huelen la victoria.
En la recta de meta se nada mejor, los primeros perciben el cambio de la temperatura, el ácido del ambiente se neutraliza y una sutil succión facilita el sprint. Se vuelven hiperactivos y aumentan la velocidad en los últimos centímetros, el resto exhaustos, perecen sin capacidad para continuar.
Sólo uno, el primero, rompe la cinta de llegada y a mordiscos se abre paso fecundando al óvulo que a partir de ese momento formará parte de un nuevo ser, ajeno, a la dramática carrera por la supervivencia que lo originó.


18 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: El COVID-19



Queridas Jane, Sukie y Alexandra: 

Esta carta es una humilde pero necesaria petición de ayuda. Las cosas por este viejo mundo no van bien..., el COVID-19, ya sabéis. 
El mercado ha devaluado ungüentos y pócimas y todo ha perdido eficacia para nuestros conjuros. El otro día sin ir más lejos receté una mezcla de belladona, mandrágora y ala de mariposa para garantizar el nacimiento de una niña que completaría una «parejita» y la futura mamá me ha denunciado porque tiene quintillizos. 
La cicuta y los tóxicos están por las nubes, y ya no se puede envenenar a nadie como es debido. 
El broncista que me hacía los calderos de cobre, ha cerrado y con la Tupperware, como podéis suponer, no es lo mismo.
Los filtros amorosos escasean, bueno... los filtros propiamente dichos no, porque siempre nos quedan los calcetines, pero el amor, ¡Ay el amor! Si os dijera que lo más parecido que encuentro es algún cariñito que otro, y claro… ¡Ni parecido!
La escoba la tengo para cambiar —es la de la bisabuela, os acordáis...— pero no encuentro el momento. Ahora las venden «on line» con recogedor incluido, pero es demasiada inversión para usar sólo la mitad. Lo que hago es que en vez de volar por las noches cerradas y tenebrosas, cojo el metro que lo tengo cerca de casa, pero no me parece serio.
Yo supongo que ahí, en Eastwick, que dicho sea de paso sospecho que todo esto lo empezasteis vosotras, estaréis recuperados y todo habrá vuelto a la normalidad. Echo de menos los afrodisíacos de ostras vírgenes sobre lecho de aromas de coco canoso que me mandabais por Halloween, y supongo que las caretas alucinógenas es lo único que os queda, pues he oído que veis a vuestro presidente conciliador y respetuoso con la prensa...
¡Esa «María» sí que es buena!
Espero una respuesta inmediata, la situación es grave, mientras os escribo oigo hablar de recesión... me veo inevitablemente abocada a un ERTE de lechuzas, murciélagos, alondras, y lagartos... el gato, de momento no, es lo único que me queda de mi difunto marido.

Un abrazo, vuestra prima, Tábatha.



17 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Queridos hijos.



Queridos hijos:

Por fin me decido a escribiros. 
Hasta ahora los ánimos no me han acompañado y mi cabeza ha estado perdida, intentando, sin conseguirlo, una explicación que ordenase mis ideas y una explicación que justificase mi comportamiento. Sé que mi estancia aquí no va a ser prolongada, pero un solo día entre estos muros es una prueba demasiado dura para no abandonar en el intento.

A las 10:00 de cada mañana abren las puertas del patio, es el único momento en el que mi ansiedad se disipa y me alío con los colores del cielo abierto. Busco el movimiento de las nubes hasta que desaparecen en el horizonte, saltando libres, las paredes de grueso hormigón, que por el lado opuesto, —el que no veo— tienen el color de la libertad.

Aquí, en este solar descubierto, la fiel espera se consume entre impaciencias y la soledad se disipa entre esta multitud que es más soledad todavía. Cuando cae la noche y con ella el silencio, todo queda a punto para el arrepentimiento, pero un ejército de yo solo, se revela y renueva mis convicciones. Tal vez os preocupe lo que voy a deciros, pero lo volvería a hacer… 
¡Volvería a robar en el supermercado!

Vuestro padre que os quiere.



15 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Belleza adulta



Belleza adulta

Cuando la pasión regresa es fácil reconocerla. Es algo más que un sentimiento al que ponerle cara. Algo más que una afirmación que reubicar o que un premio que toca a destiempo. Es la razón que en el orden establecido nos obliga a navegar en la tempestad cuando la gris y densa calma es la dueña de nuestro sin vivir.

Esa pasión, que se parece en forma y color a aquella que creció por primera vez, y que sembró de exaltaciones nuestra juventud. Hoy, irrumpe ferozmente, con prisa… la misma de entonces, y se acomoda a empujones, rompiendo las resistencias formales de la que sin duda es la última etapa de nuestra vida.

Esta belleza madura, saturada en su día por diversas razones, declara abiertamente la guerra y despierta, porque una vez se durmió, y resucita, porque una vez murió. Y como un estremecimiento, siembra vértigos e ilusiones. Ya no miramos hacia atrás, hemos encontrado la pasión perdida y nos sentimos los reyes del mundo.

De nuevo esa virginidad aparentemente rota, esos excesos del alma que estallan ante tanta belleza… la del amor alojado en un viejo cascarón, víctima esta vez de la sorpresa y el destino. Aprendiz de nuevo de locuras y enfrentado a unas prioridades que sobrepasan las de la razón y que no son otras que las del corazón.


13 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: La boda



La boda
Aurora se preguntaba cómo había llegado hasta ese punto. Una situación para la que no había una explicación lógica. Todo parecía normal, pero la realidad sería muy distinta y detrás de aquel regalo envenenado envuelto en papel de celofán le llovieron las dudas. «¿Es acaso la obstinación una imposición?» «¿Lo es la ceguera, la ambición, los intereses, el patrimonio…?» Siguió preguntándose en voz baja.
Cerró los ojos, e intentó justificarse a sí misma. Ambos podrían jugar un buen partido, sólo había que programar, ordenar y poner en marcha los medios que justificaran el fin. Las palabras jugaban a disfrazar los significados: Cuando decías futuro, estabas diciendo presente. Cuando decías compañero, estabas diciendo vínculo. Cuando decías tener o dar, estabas diciendo intercambio. Cuando decías amor, estabas diciendo querer.
Le atrajo la película en la que se representaban sus brillantes protagonistas, un guion adaptado en el que la primera escena les deslumbraría para luego desnudarles a traición delante de su espectador más exigente: la vida.
Al abrir los ojos, vio que sólo había abierto los del cuerpo, y sintió que era una más en la antesala del purgatorio cuando lo que quería ver con los ojos del alma era la puerta de cielo, pero para ella era demasiado tarde. «¡Aurora!» Reclamó su atención, Miguel «¡es tu turno!».
Aurora abrió su purgatorio y con voz tímida sentencio: «¡Sí… quiero!»


12 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: La cita



      Ordenó la dirección al taxista.
      Horas de ansiedad contenida, un deseo largamente anhelado a tan solo una carrera de taxi.
      —¡Avd. De la Libertad, esquina Constitución!
      —¿Hotel Meridional?
      —¡Sí! –contestó ausente, John.
    
    Ella lo tenía a dos paradas de bus, pero prefirió andar. Eso era lo que quería hacer, al menos lo iba a intentar. El paseo junto al Mediterráneo distraería su conciencia.

    Acordaron coincidir en el hall a una hora determinada, pero en el supuesto –más que probable– de que uno de los dos llegase con antelación, este, formalizaría la reserva y esperaría en el bar. Mary llegó antes, sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios; darse una última mirada en el espejo y buscar rápidamente el ascensor de bajada. En la luna del camarín se vio perfecta, gesticuló gustándose. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Él ya estaba allí, esperando.
    
     Con una cantidad exacta de rubor y deseo subieron a la habitación. Dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Mary se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor; había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como el rocío que brillaba en su cuerpo solo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. John se acostó junto a ella, la miró, admiró y deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño y su humedad. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Mary se sintió deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto, recordando cómo habían deseado que fuese, cuando pudiera ser. 
    
     Un solo calor y muchos escalofríos. Un solo sol y muchas estrellas. Sus cuerpos al completo participaban de aquella acompasada y placentera gastronomía del pecado que los elevó al cielo entre gemidos, suspiros y susurros húmedos que los iluminaron con la cómplice luz de las estrellas.
    
     Acabada la batalla, el guerrero descansaba de espaldas. Su cuidado cuerpo mantenía despierto el atractivo de una piel suave y tostada por el verano. Ella deseó acariciarlo una vez más antes de dejar la habitación. Apuraron la copa de vino y al anochecer, pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. 
    
     Mientras esperaban, los dos al mismo tiempo se preguntaron:
    —Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?

Foto: Alberto Jonquieres


9 de abril de 2020

Este jueves, relato: Señales mal entendidas.



Señales mal entendidas.
¡Me guiñó un ojo, el izquierdo!
Había soñado y habría pagado por ello; por eso necesité morderme la lengua para confirmar una realidad que podría no serlo. Pero, era el izquierdo. ¿Tendría algún significado ese aparente e insignificante detalle? ¿Encerraría algún mensaje cifrado el hecho de que fuese ese y no el derecho? ¿Estaríamos hablando de amistad o, tal vez, de sexo? ¿Sería suficiente un mordisco en la lengua o quizás debería probar con el fuego de una cerilla en la palma de la mano?
Superada la excitante, pero suicida, por exagerada, consecuencia de aquel gesto empecé a plantearme diversas opciones que allanasen tal cuestión: ¿Algún hecho olvidado que justificase ese detalle? ¿Un comportamiento perdido en el tiempo que no recordase? ¿Un atractivo manifiesto que hasta ese momento hubiese permanecido oculto?
Por qué el guiño y por qué el izquierdo cuando hasta ese momento, Anna, ni me había dirigido la palabra ni me había sonreído ni había rozado mis manos dando muestras de una ardor escondido ni tan siquiera me regalaba una mirada de displicencia.
Miré, por si acaso, a mí alrededor, delante y atrás, arriba y abajo, pero no había nadie en unos metros a la redonda; era indudable, ese guiño con el ojo izquierdo era exclusivamente para mí… y me preparé para las agradables y apasionantes consecuencias. Anna, no tardó en tomar la iniciativa y mirándome fijamente me dijo:
¡Joder, Pepito! No te quedes ahí mirándome como un idiota y quítame esta brizna del ojo.

Más señales de estas en el blog de Dorotea

7 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: La profecía



La profecía

Primero fue un grito, después unos golpes, luego la oscuridad seguida del silencio. Entre medias, el dolor ocre en el alma. La sangre pintando de rojo la indefensión. La herida morada de una ilusión rota. El caos grisáceo de un cuerpo irreconocible. La negra confirmación de un final anunciado. El último soplo de una paleta que había empezado a llenarse de color.

Aquel día, a la puerta de la Alhambra, la gitana, leyéndole la mano, le profetizó:
«Tus sueños de hoy, paya, con este payo, serán tu pesadilla de mañana».

Foto: Sahun Torrance

6 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Supersticiones



Supersticiones


A San Perdido de la Torre se llega a través de carreteras secundarias. Quedan atrás aldeas, ermitas y ruinas de un casi desaparecido castillo medieval del siglo XIII. El pueblo te recibe con un paseo atiborrado de cipreses —trescientos trece—. Una sola calle, la Mayor y después nada.
Sus pocos habitantes, ciento trece, son supersticiosos de las supersticiones, obstinados creyentes de la mala suerte y confiados inocentes de buscar la adversidad.
Cuando se produce un nuevo alumbramiento, el más anciano se muere a propósito: el censo no se puede alterar. 
Trece gatos negros son los que hay, cuyas hembras, por alguna ancestral bendición, paren trece gatitos negros. 
Las damas pintan de rojo sangre sus labios frente a cristales rotos en trece pedazos.
Trece segundos, no doce ni catorce...: ¡TRECE! se utilizan para cruzar la plaza, subir a la torre o llenar los cubos en cualquiera de las trece fuentes que desparraman sus cristalinas aguas en el pueblo. Trece tractores para trabajar cada una de las trece eras —antes fueron trece mulas, y antes trece espaldas—.
Las campanadas que se oyen cuando es la una del mediodía, o de la medianoche, son trece.
Trece minutos me ha costado hacer esta loca divagación... ¡Cosas del «confinamiento»!. 



5 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Moisés



Moisés

Imaginar, moldear y acariciar al tiempo que se crea lo desconocido. 
Sentir que las manos húmedas toman el barro y perfilan el volumen del deseo. 
Modelar sin pausa, extasiado, en un caos de conexión emocional con el elemento natural y lanzar las manos a la aventura de la creación. Los dedos calibran el fondo y se hunden en la superficie inmediata; o hábiles, repican cincelando pliegues, arrugas y arterias, que vivas se adueñan del espacio y del tiempo.
Las manos no destruyen, sólo transforman.
Indistintamente de la magnitud de la obra y una vez terminada, el artista, convulso, enloquecido por tanta belleza y desatando una cólera contenida, le golpea en la rodilla exigiéndole que hable… 
«¿Por qué no me hablas?».
Y ante el silencio de la piedra, Miguel Ángel, cae vencido a sus fríos pies.

Foto: Alfredo Cot



4 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Oliendo a café



Oliendo a café


Vivo en un octavo.
Cada día, el ascensor acude a mi planta con la precisión de un tren de alta velocidad. Las puertas de acero se abren invitándome a entrar a la primera sensación del día: un penetrante aroma a café recién hecho. Se cierran las puertas y comienza la aventura de cada mañana, oler planta por planta intentando adivinar en cuál de ellas es más fuerte el olor a café, y así identificar su origen, ponerle cara a esas manos que tan sabiamente han mezclado, molido y filtrado, hasta conseguir ese cremoso exprés de tan exquisito aroma y sabor. El descenso es corto, no llega a un par de minutos y la carrera de olfatear se concentra al paso de los diferentes pisos. 
Podría ser Carmen la del séptimo, se levanta temprano y a estas horas lleva a sus hijos al colegio; seguro que vuelve para apurar el resto de su cafetera.
Manuel el del sexto trabaja en casa, es informático, pero no me lo imagino trajinando en la cocina, es más de bajar a la cafetería de enfrente y acompañarse de unas suculentas magdalenas.
Desestimo a la pareja del quinto, ambos trabajan en Iberia y esta semana, vuelan.
Susana, la joven viuda del cuarto, bien podría minimizar sus penas en un buen café; sus ojos tiernos y húmedos necesitan un buen estímulo para enfrentarse cada día a su recién estrenada soledad.
La intensidad del aroma me despista, yo diría que se acentúa a capricho, que se depositó en la cabina del ascensor y viaja conmigo.
En el tercero, el ascensor, casi siempre hace una parada. Ignacio debe levantarse, ducharse, vestirse y salir a la misma hora que yo; de lo contrario no entiendo tanta coincidencia, vive con su madre y él no puede ser el del café, pues también reacciona sorprendido ante el delicioso aroma.
María sube en el segundo, todas las mañanas baja a pasear a su dálmata, podría ser ella. Ignacio y yo nos miramos compartiendo un deseo oculto: por una mujer así —y si además, es ella la del café—, bien se podría perder la cabeza.
El primero no cuenta; a esas oficinas llegan más tarde y las señoras de la limpieza vienen desayunadas de casa.
Cada día, el misterio del excitante aroma del café, me hace pensar que ese puede ser un buen día… tendré tiempo para descubrirlo.




3 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Colores para después de la guerra [COVID-19]



Colores para después de la guerra.
El primero en llegar fue Blanco, serio, elegante, luminoso. Con olor a fuego apagado y bata del mismo color. Responsable de la convocatoria, de la que estaba seguro saldrían bien planificadas las pautas de actuación para aquel admirable objetivo. También era el más relevante, cabeza visible y portador de emociones y sentimientos, parecía que todo giraba a su alrededor, cuidadoso y pulcro ordenaba sobre aquella superficie transparente los guiones personalizados que más tarde repartiría con la precisión de siempre.
En segundo lugar llegaron juntos, Amarillo y Verde, alegres, vivos y frescos, canturreando por lo bajo algo de una zarzuela que no llegué a reconocer. Ambos con cometidos diferentes, el primero para enlazar, envolver, atar los buenos deseos y proporcionar la tranquilidad perdida y el otro, Verde, como soporte espacial, algo así como la esperanza en forma de tiempo recuperado. Ambos sabían de la importancia de su papel, aunque sólo fuese como en el cine, un papel de reparto.
Azul entró a continuación, ensimismado, como inmerso en aguas profundas, armonioso e inspirando una envidiable confianza, propia del que siendo todo afecto, además, está iluminado por los aplausos en los pasillos de la UCI.
Dorado entró sin haberse cerrado la puerta, vestido de trigo, y oliendo a sol, eterno aspirante reflectante, sofisticado. Se sentó de espaldas a la cristalera con su solvencia multimillonaria sobre las rodillas.
Violeta y Rosa tardaron un poco más, tímidos, reservados, saludaron discretamente y se sentaron juntos al final de la gran mesa. Con gran ternura cruzaron sus brazos y esperaron los acontecimientos, que una vez más exigirían la máxima dedicación.
De par en par se abrieron las puertas de luna pulida para la entrada solemne de Rojo, estable, puro, seguro y parsimonioso en sus movimientos, ocupó el sillón junto a Blanco, que lo buscaba con la mirada, demandando esa porción de justicia, equidad e inocencia de la que su poderoso amigo recién llegado, era portador.
Llegó la hora y faltaba el de siempre, su demora, no siendo grave ponía de manifiesto su condición de color triste, mediocre. De traje y corbata avanzó hasta ocupar su asiento, saludando con un gesto de medio tono y con cara de aburrido. Justo en ese momento, tomó la palabra Rojo, que dijo: «Ahora que por fin ha llegado Gris, empecemos con el plan para recuperarnos de esta maldita desgracia».
Dibujo de Juan Daniel, seis años.


1 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: El soldado Martínez


Conocí al soldado Martínez en la primera fase de la instrucción. De los primeros en llegar. Puntual. Confundido, ajeno a aquella experiencia que le había arrancado de su pueblo por primera vez. Saludó con un tímido movimiento de cabeza que correspondí sin demasiada trascendencia y me dije: «Dios mío, a este le falta poco para cagarse en los pantalones».
De mediana estatura, fibroso, tostado de brazos y cuello por el sol del mediodía, debió de intuir en mi gesto algo más que un saludo cortés e, instintivamente, se refugió en mi entorno espacial reclamando desde el fondo de sus ojos azules un pacto clandestino de ayuda y protección.
En esos momentos, el soldado Martínez no era dueño de nada y sin embargo dejaba traslucir una ternura de gran intensidad. Su falta de experiencia la compensaba con la belleza y obviedad del hombre que ha aprendido a vivir con el trigo, las viñas y los animales. Era así, sin proponérselo, pero yo sentí la necesidad de descubrirlo y apadrinar esa indefensión tan evidente... me gustaba.
Los altavoces del patio reclamaban la presencia de los nuevos reclutas llamándonos por orden alfabético: Alamar, Artiaga, Badenes, Borja, Castejón... Martínez, Marzal; en ese momento supe cómo se apellidaba y que por alguna razón el destino de las letras nos vinculaba al uno junto al otro. Al descargar nuestros petates en la misma litera cruzamos la mirada por enésima vez e intuí un rubor que era recíproco, me quedé con sus limpios y celestes ojos... nos gustamos. Fueron minutos interminables para desnudarse, para vestirse; minutos en los que nos sorprendimos curioseándonos con el rabillo del ojo; minutos de controlar las manos que suicidas buscaban el roce, el aliento, el calor.
  Era otro lugar, lejos de todo. Incorporándose a un colectivo en el que el tedio, la displicencia y la angustia, amenazaban el único activo que empezábamos a poseer: amarnos. Y ese deseo podría con los presagios de los tiempos adversos que estaban por venir.