27 de mayo de 2020

Cuentos de andar por casa: ¡Cumpleaños!



¡Cumpleaños!
Estaba yo viendo detenidamente al gusano buscándole el agujero por todos los lados, pero no había forma. Primero le apliqué la teoría esa de las cuerdas y nada, que si quieres arroz Catalina, luego le puse a ambos lados, equidistantes, dos globos terráqueos y por más que intentaba mantener el paralelismo entre ellos, él se movía convirtiéndolo en un espacio asimétrico divergente.
Desesperado por lo infructuoso de mi intento, pensé que necesitaría una ayuda especial, alguien que por la pureza de su alma, la limpieza de su mente y la grandeza de su corazón, entendiese de igual a igual el sublime y misterioso mensaje que hasta ese momento parecía recibir de un simple gusano de seda. Cabizbajo y meditabundo me sorprendió mi nieto Alejandro que con la mirada se interesó por mi abstracción y al que intente explicar, como se le explican las cosas a un niño, el motivo de mi profunda preocupación.
Habría asumido, como era lógico, que él no hubiera entendido absolutamente nada. Sin embargo alargó su mano de niño y posó su índice sobre el sedoso cuerpo de la larva y esta, en un suave movimiento, se recogió sobre si misma formando un perfecto círculo.
¡Dios mío! Ahí estaba el agujero que yo andaba buscando.
A continuación extrajo de la ventilada caja de zapatos que estaba a rebosar de hojas de morera un capullo que eclosionó al instante arrastrando un largo filamento de seda producido por la oruga en plena metamorfosis. La mariposa voló trazando serpenteantes viajes alrededor del joven cuerpo de Alejandro, uniendo en el espacio dos universos de luces paralelas, lo que fue mi segunda revelación. 
Le pregunté a Alejandro, como había hecho aquello, si sólo era un niño y me contestó: «No yayo, ¡no!, ya no soy un niño, hoy cumplo 12».
Feliz cumpleaños, Alejandro, te quiero más que a nada en este mundo.

20 de mayo de 2020

Este jueves, relato: Suspiros en blanco y negro.


Suspiros en blanco y negro [Margaritas*]

Me quiere, no me quiere…
La conozco, la tanteo, me gusta, me aproximo; primero con timidez y luego con determinación. No hay reparos, un beso descubierto es consustancial con la situación. Las manos que primero se rozan, acaban juntas y apretadas, no importa dónde.
Me quiere, no me quiere…
Las caricias trascienden a la claridad del día y los besos se consumen a plena luz del sol o a plena sombra de la luna. Los abrazos se dan y se reciben bajo la lluvia, bajo un puente o bajo el cielo abierto. El vértigo, el miedo, la presión tienen demasiada presencia. Una vida buscando algo tan sublime, tan apasionante y cuando la fortuna te lo regala, lo tenemos que esconder. Quiero hablar de ti, necesito hablar de ti. Deseo contar lo que siento cuando te leo, cuando me lees.
Me quiere, no me quiere…
Me gustaría exteriorizar mi felicidad después de compartir miradas. Se nota tu luz en mis ojos, en mi sonrisa. Presumir de la amistad, ponerle cara a tu cariño y nombre al mío. Compartir un café mirándonos a los ojos, sin que nos avergoncemos por una culpa mal entendida.
Me quiere, no me quiere…
Me repito frente al espejo con esta flor en mis manos que descuenta pétalos entre mis dedos. El suelo crece tal y como las lígulas, desprendidas, caen amontonándose sobre las baldosas de gres.
Salgo a caminar esperando la mañana. Llego hasta el campo y me siento en la hierba, mientras los vencejos me observaban con desconfianza hasta que comprenden mi total indefensión. Absorto, lejano, perdido en el amanecer, la descubro. Adivino una música serena por la paz de su oscilación. La persigo con la mirada. Me gustaría acompañarla, tomarla de la mano e invitarla a caminar por el prado. Pero la duda me paraliza:
Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere... 



19 de mayo de 2020

Cuentos de andar por casa: Reflexiones de un emprendedor.


Reflexiones de un Emprendedor.
Mi trabajo consiste en fabricar colores.
Los lunes hago amarillos; se venden bien, no lo que me gustaría, pero para empezar la semana no está mal. Por la noche siempre recojo sobrantes que están en buen estado y los guardo para el miércoles. 
Los martes, azules. De este a veces repito, siempre hay algún cliente que me sorprende con la cantidad. No es problema, habitualmente siempre hago de más.
El miércoles, verde, que consigo mezclando los amarillos y azules sobrantes de los dos días anteriores. Es el más rentable y el más variable… a veces es más azul y otras más amarillo. Todavía no le he cogido el tranquillo a la mezcla.
Los jueves —además de escribir— fabrico rojos, me lo quitan de las manos. En este país casi todo se pinta de rojo, hasta el asta del toro negro.
Los viernes, morados, en todas sus gamas: lilas, fucsias, violetas, índigos. Ante la proximidad del fin de semana el personal está al borde del colapso y un poco de equilibrio no viene mal.
El sábado centro toda mi producción en el blanco. Con el domingo por delante y hasta el siguiente lunes se alivia el desespero y se aclaran las emociones.
Los domingos suelo descansar, pero con esto del covid-19, el negro está, lamentablemente, superando todas las previsiones. Desbordado me crezco en la adversidad y quedo a la espera de nuevos domingos de pleno alivio. 

14 de mayo de 2020

Este jueves, relato: Dime de qué película hablo.




La música…, siempre la música. 
Las notas de Jarré sobre la ciudad nevada resbalaban sobre sus oídos. Sucedió a algo más de doscientos kilómetros de allí, en una pequeña ciudad inventada por un escritor y, a pocos kilómetros de esa pequeña ciudad, una casa de campo con todo el lujo que una familia adinerada y noble merecía. Una casa lujosa en medio de la nada, con jardines y bosques y algún que otro lobo aullando por la noche.
Fue una mañana de un frío invierno cuando la casa, abandonada por la guerra, sintió de nuevo el calor humano de unos precipitados e imprevistos visitantes. Anónimos furtivos de la revolución. En mitad de la madrugada, ella dormía al calor de un hilo de madera ardiendo y él, sobre la pulida y helada mesa, desgarraba alma y hojas en busca del poema que le devolviese a la vida. Varykino fue el último lugar que los vio juntos. El último que los vio felices. Luego, la muerte.
Años después, desde el tranvía, la vio caminando, acelerada, ausente, casi perdida por la nieve o la distancia o tal vez por su destino. De los dos él era el anciano. Atropellado bajó del tranvía y corrió en su busca; trató de coger aire entreabriendo la boca, pero solo salió un silbido sostenido en su garganta; ella se adelantó unos metros, de espaldas, deprisa en su recuerdo. Aceleró el paso como huyendo de algo o alguien; perdida para siempre. El pie de él cedió y, vencido, cayó sobre la acera. 
Con los ojos cerrados para siempre la vió en la primera página de su poemario: «Лара».

El resto de los relato-adivinanzas, aquí.



9 de mayo de 2020

Este jueves, relato: Dime de qué película hablo. Participantes


Este próximo jueves, 14 de mayo, vamos a escribir de cine, pero con algunas condiciones: Elegiremos una película que nos haya apasionado y, con esa misma pasión, relataremos detalles de la misma [nos ha hecho llorar, reír, sentir miedo, fe, fantasía, inspiración, rabia, envidia]. En ningún momento diremos el titulo ni los nombres de los protagonistas, staff incluido. Tampoco delataremos su título con fotografías [utilizad la que yo he subido]. Hablad de ella desde el corazón, con sentimientos [positivos o negativos]. Al comentar los relatos de terceros deberemos, por un lado, adivinar de qué película se trata y, por otro, valorar la imaginación narrativa utilizada para evidenciar con el mínimo de detalles posibles su título.

Os pongo un ejemplo:

«El protagonista muere con Mascagni. Voy a escribir sobre gritos. Gritos cinematográficos. Me gustaría escenificar una extensa cantidad de situaciones sobre el grito en el cine. Un dossier completo sobre los objetivos y logros de tal aterradora manifestación casi siempre con garganta de mujer. Contar decenas de sonidos con reproducciones onomatopéyicas, que hundiría en la butaca al más valiente. Un relato documentado gráficamente sobre las diferentes posiciones de la boca, los dientes, las manos. La amplia gama de colores de los ojos iluminados por la fatal visión del peligro inminente e irreversible. Pero sólo en Palermo revivo mi grito preferido. El de él. Dos disparos, el segundo impacta en el pecho de Mary, dándole muerte. El largometraje finaliza con un viejo en la más completa soledad, sentado en una silla en el jardín donde cae muerto sobre la hojarasca del rancio y viejo edén».

Recordad, menos de 350 palabras y comunicarme, a partir del miércoles, 13 de mayo, vuestra participación en «mis comentarios». [http://alfredo-laplazadeldiamante.blogspot.com/]

Foto de cabecera: Gartzi Deustu

8 de mayo de 2020

Cuentos de andar por casa: Después de esto... la felicidad



Después de esto... la felicidad

De nuevo en este ordenador. 
Una vez quitado el polvo, blanqueadas las teclas y eliminados miles de Spam, empieza una nueva época. 
No ha sido un buen invierno: largo, inquietante, incómodo, austero y con ausencias, menos mal que ha llegado mi nieto y lo ha puesto todo en su sitio, bueno, mejor dicho todo fuera de su sitio.
Las caras agrias y lechosas se volvieron dulces y sonrosadas, la mirada, que extraviada no encontraba el mar, se llenó de azules y verdes, los músculos entumecidos y vagos recuperaron la elasticidad al agacharse y volverse a agachar, la ropa seria e impoluta se llenó de alegres manchas de oscuro chocolate y rojo piruleta, las visitas a los vecinos, hasta el momento marginados, se multiplicaron, y conocimos al gatito marrón (que era gris), al perro grannnnnnde y a las gaviotas que se comían las galletas y alguna que otra paloma. Dejó de sonar Puccini, y el aire se lleno de Brujitos de Gulugús, Epis y Blases y el Don Diablo de Parchís. 
En mi cabeza todavía resuenan tal cual auras esparcidas frases que me persiguen como estas: «yayo, una "mazzz"» o «la "úrrrtima", yayo» y así una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...   ¿O quizás todo es un sueño?



4 de mayo de 2020

Cuentos de andar por casa: El bosque animalado



El Bosque Animalado.
A las cinco de la mañana, El Bosque abre sus puertas. Nadie sale y sin embargo, un ganado de variopintos seres motorizados espera impaciente para entrar. Dentro, las acacias se desperezan alargando sus ramas paralelas a la tierra roja. Las cebras recogen sus paletas escurriendo y limpiando los pinceles del blanco y negro que quedó después de su aseo diario. En un claro, al descubierto las gacelas arriesgan hoy, igual que ayer, su vida ante el imprevisto e inevitable ataque mortal del depredador de turno. Simba vestido de lentejuelas doradas que caen en chorro por ambos lados de su cuello, despierta con cariñosos bocados a los cachorros que seguro hoy, aprenden una cosa más. El bosque, después de las grandes lluvias rebosa de agua cristalina que dibuja con nitidez el cuerpo de los hipopótamos sumergidos en sus poco profundas orillas. Todo está preparado para la Gran Fiesta, la de cada día.
Los primeros Toyota hacen su entrada siguiendo los indicadores de un circuito que no van a respetar.
La vida de hoy, ausente mañana, quedará impresa en una interminable lista de tarjetas de no sé cuántas gigas, pero que acompañarán siempre al portador de un boleto de entrada al Bosque Animalado.

Foto: José Luis Gómez


1 de mayo de 2020

Cuentos de andar por casa: La otra manita



La otra manita.
La otra, solo lo es... a veces.
Como la vida misma, una y otra, otra y una lo son, depende con el cristal con el que las miras: «Palmas palmitas, higos y castañitas».
La una me da el tiempo, la otra me lo mide, son las 2:00 en la cara de la muñeca, son las 2:00 en el dorso de mis gemelos: «Almendras y turrón, ¡que rica la colección!»
La otra, me avisa, me informa y se ausenta entre las sábanas, la una la destapa, la señala y le numera: «Este fue a por leña, este la cortó, este fue a por huevos y este los frio».
A la otra le falta uno, la una lo busca y no lo encuentra... A ver, ¿en el palmar...? no puede haberse perdido, ¡no es Navidad!  Ya recuerdo: «Se fue al teatro, y no me quedan más que cuatro».
Se abrazan, se funden, se engranan. Al frente los más vulgares, en la cola los benjamines, al medio el que palpita más alto: «Veo, veo, ¿Qué ves? una cosita, sonrosadita».
Con una me despido, ahora queda un poco más lejos; con la otra oteo el horizonte, nota mi calor... ¡37º y unas décimas!: «Cinco lobitos, tiene la loba, cinco lobitos detrás de la escoba».

Foto: Gustavo Pozo