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27 de noviembre de 2013

Este jueves, relato. "Cementerios"


París, bien vale una misa… aunque sea de difuntos.

Miles de pájaros anidan sus árboles y el aire se llena de una música que aturde. A primera vista, o más bien a primer oído, los cantos se mezclan, fundiéndose en una cortina musical de difícil ubicación.
Es cuestión de Fe… y de concentración. El paseo por una de sus grandes avenidas es lento y trascendente. Gris y húmedo, porque en París casi siempre llueve; y esa llovizna tan parisina templa la emoción. Lo justo para escuchar el trino de un ruiseñor o a la golondrina, que de lejos cuchichea: “je vois la vie en rose. Il me dit des mots d'amour”

A las avenidas le siguen estrechos y sinuosos caminos. Las tórtolas resabiadas permanecen en las alturas lejos de los ejércitos de orondos gatos que desean amarlas hasta la muerte. Entre sauces y limas, un cansino y psicodélico eco repite: This is the end beautiful friend. This is the end, my only friend, the end”

El entorno es frondoso, natural, y un moho regado de rocío vespertino se pega en la punta de los zapatos al paso entre ángeles de carrara y águilas de travertino. Es entonces cuando un coro de búhos ulula con esencia andaluza: L'amour est un oiseau rebelle que nul ne peut apprivoiser, et c'est bien en vain qu'on l'appelle, s'il lui convient de refuser!

Ya ha anochecido. Inicio el regreso por la Rue des Rondeaux y siento en mi espalda la presencia de las almas inquietas de La Môme, el inefable Jim, y el errante Bizet… entre otras muchas.

Nunca olvidaré este lluvioso día, bebiendo la vida de los muertos que ponen música a los pájaros de Père-Lachaise.