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12 de marzo de 2020

Este jueves, relato: Propuesta alocada



Acudió a su llamada y aceptó el reto. Se trataba pues de escribir y, de eso, Marta tenía alguna idea. Eligió el comienzo, la ilustración y se enfrentó al blanco de la pantalla.

En pocos minutos había enlazado, más o menos, trescientas palabras. Una historia desarrollada con minuciosidad, con imaginación, con documentación y un poco de sal en el estilo.

Publicó la entrada que acompañó con la foto correspondiente. Buscó en etiquetas un genérico para facilitar su búsqueda y encontró uno adecuado, «Relatos»; y otro, «Los jueves, Relato» y un tercero más específico, «Retos».

Marta mimaba sus textos; pequeñas obras de arte colgadas en las paredes de un museo intangible. Iluminadas con la sombra de una luna que le daba la espalda y expuestas hasta un amanecer que estaba por inventar. Tecleó Enter y publicó su historia. Dejó pasar la noche, que compartió entre sábanas consigo misma.

A la mañana siguiente, con la taza de café en la mano, conectó su Mac y abrió su página: www.marta-unsólocorazón.blogspot.com. Releyó su entrada una y otra vez, le gustó, se gustó; intentó imaginar que efecto causaría en los anónimos lectores, desvió la mirada ansiosa más abajo buscando posibles opiniones y comprobó: 0 comentarios. «Es un poco pronto». Se dijo.

A la noche, después de un día ausente de casa, repitió la operación, buscó correos y leyó de nuevo su historia, descubrió matices que le agradaron y algún giro narrativo que podía mejorar, la mirada le huyó unas líneas más abajo y comprobó: 0 comentarios «¿Qué pasa, nadie me lee?» Repitió preocupada.

Lo mismo sucedió al día siguiente: 0 comentarios «¿A nadie le interesan mis cuentos?» Se preguntó dolida. Ensimismada y con la vista perdida en el fondo de la pantalla, oyó una voz que le decía: «Querida Marta, no te apenes por no tener comentarios, escribe para ti y disfruta como lo haces, leyéndote. No es cierto que los Blogs se alimenten de los comentarios, estos, tan sólo alimentan alguna vanidad perdida; una excusa para los que dan más importancia a la cantidad que a la calidad. Hay que escribir. Escribir e inundar el espacio interestelar de vocales y consonantes entrelazadas como si de poemas cósmicos se tratara».

La voz desapareció entre letras y, Marta, de nuevo, quedó sola. Solo ese comentario latía con ella —ni más, ni menos—.