20 de abril de 2017

Este jueves, relato: Una fecha...


¡Felicidades hijo!
Todos los 20 de abril de los últimos cinco años, Abel, lo dejaba todo y a todos. Sumido en la tristeza emprendía un viaje a ninguna parte. Él solo, con sus recuerdos.
Un viaje corto.
20 kilómetros en dirección norte.
20 kilómetros en dirección al infierno.
20 kilómetros en dirección a una realidad a la que no se acostumbraba y de la que dudaba si se acostumbraría alguna vez.
Al llegar a esa curva, a 20 kilómetros de su casa, miraba al cielo buscando entre nimbus amenazantes un rayo de sol que llevase su apellido. Sus ojos, húmedos, no distinguían entre tanto algodón espeso y oscuro. Las primeras gotas le trajeron los últimos recuerdos. Todo era precipitado, la vida y la muerte en un abrir y cerrar de ojos. Complejas leyes antinaturales, decidían a cambiar el destino de unos pocos elegidos.
La lluvia, de nuevo causa, efecto y testigo impertérrito, cinco años después vomitaba desgracia con el peralte cambiado.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, volvía consciente e inconsciente en busca del milagro.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, su hijo cumplía los mismos años que dejó en el asfalto, para siempre, de camino a su cumpleaños.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, los nimbus cierran el cielo por completo, sin dejar pasar un rayo del sol que lleve su apellido.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, parará el coche, pisará con rabia el asfalto y mirando al cielo gritará en voz baja: 
¡Felicidades hijo!

12 de abril de 2017

Este jueves, relato: Bestseller


Es posible que no sea mala idea escribir un mal texto.
Cuando en el terreno de lo formal o literariamente correcto se producen tantas reacciones contradictorias e imprevisibles, los efectos secundarios de todo signo no dejan de ser daños colaterales de fácil asumción.
Romper con lo académicamente correcto, sabiendo lo que es académicamente correcto no es una mala praxis.
Abanderar lo irrespetuoso, descarado o alternativo.
Pensar al revés, andar de espaldas, bajar hacia arriba, todo puede resultar si se hace con el corazón despierto.
Algunos gusanos, de seda precisamente, acaban siendo mariposas espectacularmente bellas.
Escribamos pues un mal texto, que él solo mutará en un inesperado Bestseller —Si es eso lo que interesa, que creo que no—.
Eso sí, sea como sea, que hable de nosotros. Porque nosotros somos la vida. La nuestra que está contada en cada una de las páginas de nuestra historia. Una guía de andar por casa, pero que nos pertenece y en la que sí somos todos los que estamos.
Nuestra imaginación vuela rápidamente unas veces y lentamente otras, pero siempre deja una estela, una cola de cometa que se queda a vivir para siempre entre nuestras páginas ilustrando lo primero de lo primero. Todo un firmamento de sentimientos, emociones, penas y glorias que en unas pocas páginas intentamos condensar.
Hoy, donde la inmediatez es moneda de cambio, donde todo es, ¡Deprisa, deprisa, deprisa! Sin saber si el tiempo lo consumimos o somos consumidos por él. Hoy, pasamos por la complejidad diaria de alimentar el alma —que es todo aquello que poseemos a partir de nuestro cuerpo—.
Así pues, escribamos nuestro «bestseller», que él solo encontrará sitio en las estanterías de nuestra vida.


28 de marzo de 2017

In Memoriam. Miguel Hernández



El mar que soñé. (*)

El mar no cabe en mis ojos. 
Envidio a los animales que miran y ven todo lo que les rodea
Como los caballos. 
Como mis cabras.
No quiero perderme nada.
Primero, intenso a la derecha, luego, profundo al frente y a continuación, vital a la izquierda.
Agua hasta donde alcanza la vista.
Vista hasta donde alcanza la vida.
Vida hasta donde alcanza la imaginación.
Esta primera vez, es mi primera para esos azules, esos verdes, esos grises, esos violetas, incluso esos blancos y negros.
Me vuelvo y beso a Josefina. Ella es como el mar, luminosa, cristalina y del color de todos los azules.
Musa. Amiga. Amante. Madre.
Mañana, junto a ella, de nuevo volveré a los pastos, a la yerba y a la leche y a la nana de la cebolla, que no es nana de comer. 
Con el mar a mis espaldas, lejos quedará esta ligera brisa que acaricia mi cara. Viento del pueblo.
En mi recuerdo siempre el mar. Paralelo. Convergente. Divergente. 
De olas, interminables, cansinas, secuenciales, como el rayo que aún queriendo, no cesa.
El mar. 
Ahora sí, ahora que ya lo he visto le puedo poner nombre, color, sabor y olor.

(*) Miguel Hernández murió, hoy hace, setenta y cinco años.

                               

22 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Círculo vicioso.


Mi círculo no es solo un círculo.
Es un círculo con dos líneas rectas que se mueven aunque yo no las vea moverse.
Dos líneas diferentes, no solo de longitud, que también.
Una, la más larga, corre más. La otra, la menos larga, menos. La larga es más fina y estilizada y, si no fuera porque no la veo moverse, diría que es más ligera. La corta, gordita y mofletuda, afirmaría que, si no fuera porque no la veo moverse, es más lenta.
Solo se mueven cuando no las miro, si lo hago quedan quietas, paralizadas, avergonzándose de que su movimiento las delate y el que las mira, que soy yo, descubra su dirección.
¿Hacia la derecha?
¿Hacia la izquierda?
¿Para arriba? ¿Para abajo?
Mi círculo no es que sea mudo, que lo parece.
Habla todo el rato con un secuencial, obstinado, incesante y continuo:
«Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Ahora son las 11:00.
Ahora, y no sé como se ha movido, las 11:10



15 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Testamento


¿Se puede morir dos veces? ¡Sí, se puede!
Yo lo he hecho, en consecuencia he podido dejar dos testamentos. La duda fue si dejaba uno diferente o el mismo que en mi primera muerte. Evidentemente tenía que ser el mismo, muerto no había tenido ocasión de aumentar mi patrimonio.
Así que, aquí estoy, para mi sorpresa, resucitado y de nuevo fallecido. Al menos he tenido tiempo para dejar una vez más el mismo...

«Testamento en diez legados»:

Decía que me llamaba Jacobo, pero poco importa, cualquiera en mis circunstancias podría haber mentido. Mi pobreza, si que era real. Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida. Mi edad indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca. Jamás fui prudente y ahora el frió y la calle, amenazaban con negarme la vida una madrugada cualquiera. Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas:
—Por si acaso y para que no hayan dudas, ni disputas, dejo mis pertenencias a:
—El carro de la compra que cogí prestado del “super” y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey.
—Estos 2’25 euros que guardo, son para el director del banco de aquí al lado. Que me abra una libreta, un plan o lo que sea, todo menos jugar en bolsa, me preocuparía perderlos.
—A María, que me baja leche caliente y galletas con su nombre y que es mayor que yo, pero se conserva mejor (bendita familia), le dejo la cantinela que tanto le gusta escucharme cada mañana. Ahora le puedo confesar que es “Te quiero, te quiero” de Nino Bravo en una versión ininteligible.
—Al Generalísimo, esté donde esté (espero, que en los infiernos) le dejo estos trozos de metralla, que me han tenido con el cuerpo roto desde los 16 años, hasta los que soñé con ser un gran deportista.
—A Micaela, la niña del portal 22, que nunca me ha tenido miedo, le dejo el mío, para que lo conozca y no lo repita… al final te das cuenta, de que no merece la pena.
—A Julio, el ciego de la esquina, le dejo este libro sin tapas, sólo para que lo abrace entre sus manos, son poemas de Martí i Pol. ¡Sí, ya sé que está ciego, pero qué más da, tampoco sabe catalán!
—A Alfredo, ese señor serio que siempre me mira a los ojos, que no sé de dónde viene ni a dónde va, pero que comparte conmigo ese instante de segundos cómplices, le dejo esta última mirada.
No pude llegar a los diez legados, el frío de esa madrugada se me llevó para siempre.




1 de marzo de 2017

Este jueves, relato: La ventana indiscreta


En el apartamento, la noche estrenada quedaba borrosa entre cortinas estampadas. A oscuras, jugué a levantarme y mirar a través de mi cámara. Me acerqué a la ventana y calculé el tiempo que faltaba para que, de nuevo, «aquello» se repitiese como cada noche. Solo unos segundos y ella me acompañaría en una ficción con el recelo del que sabe que el tiempo es limitado y que en el principio comienza la cuenta atrás. Imaginé en ese momento una escena de cine y encendí un cigarrillo. La primera calada se fundió en los cristales. El humo, sin avisar, dibujó mis ansias en la superficie transparente entre el visillo de tergal y la tupida cortina de cretona.

Me vi perdido ante el cristal, mirando hacia no sé dónde. Era una dispersión que ya conocía de antes, sabía exactamente de qué se trataba. Extendí el brazo y acaricié la tela que, ondulada, me protegía del exterior. Note la suavidad de su fondo y el cuerpo de sus relieves, flores, lazadas, volutas sin fin que recorrían el tejido de un lado a otro. Curvas lascivas. Rosetones que se alojaban en la palma de la mano. Tallos. Hojas. Pespuntes que anticipaban un hilván terminado.

Separada la cretona, sentí en mi mano la suavidad del visillo que me recibió con una ligera sacudida de electricidad estática. Blanco, sedoso, uniforme, frío, traslúcido, dejaba adivinar aquella colmena de vida que era la fachada de enfrente: El viudo con delantal en la cocina. Los niños recogiendo los cuadernos una vez hechos los deberes. La joven recién enamorada besando, una y otra vez, la pantalla de su iPhone. El matrimonio que, aburrido, compartía un infumable programa de televisión. El otro matrimonio que, divertido, compartía el mismo infumable programa de televisión. El joven estudiante que se enfrentaba a la segunda taza de café de la noche.
En todas las ventanas se escenificaba la vida, menos en la que yo esperaba, deseaba, moría, penaba y que, inexplicablemente, esa noche permanecía en sospechosa oscuridad.

Más ventanas indiscretas aquí.


27 de febrero de 2017

Este jueves, relato: Convocatoria «La ventana indiscreta».


Para este jueves proponemos una ficción descarada, atrevida, escondida. Un ejercicio de fantasía al más puro estilo «Hitchcock». ¿Qué vemos, o qué nos gustaría ver, cuando, a oscuras, miramos a través de nuestra ventana? La luz apagada y en las ventanas de enfrente la vida en plena efervescencia. Escenas de amor, violencia, cotidianas, sospechosas, insólitas, familiares...

Juguemos a ser L. B. Jefferies (James Stewart), el fotógrafo de la película de Alfred Hitchcock e inventemos desde la impunidad y la distancia una historia a medida de nuestra imaginación.



Participantes:
























23 de febrero de 2017

Este jueves, relato. La escalera


«Ojos que no ven, corazón que no siente».
Ella sentía.
Y olía.
Cada mañana su despertar era un prólogo estimulante, una fiesta para sus sentidos. Juntaba ilusiones. Abría los ojos y, entre sombras, disfrutaba como lo hace una niña acariciando, sin ver, su primera muñeca.              
No veía. Había aprendido a mirar y en esa permanente oscuridad, el resto de sus sentidos imaginaban en color.
Y olía.
Un giro suave, un golpe a traición, un bulto que desperezaba. Todo era una amable visión sintiendo como la naturaleza de su cuerpo simulaba dibujando una forma armónica.
¿Cuántos colores existirían que ella no había visto? ¿Y cuántos, cientos, que nunca verá? No era lo que sus ojos no veían lo que más le ocupaba, no tenía que indagar, divagar o imaginar. Su luz era de color azabache y su corazón la recibía como un tesoro por explorar en el fondo de su invidencia.      
Y olía.
Desde su casa, el camino al mercado, estaba a un paso que cada viernes hacía acompañada de Saúl. Subía y contaba con pausado orden los escalones de acceso a la puerta principal.                                
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.        
De pronto los olores y los colores imaginados. 
A la derecha las aves, a la izquierda las carnes, al frente los encurtidos y las especies, detrás el ruido de los coches y el murmullo de los grupos al mando de un paraguas de colores que ella no veía, pero que Saúl le había detallado: «Es la señal que todos los visitantes de un mismo grupo ven y siguen desde lejos, a cualquier distancia, en el caso de que se hayan retrasado». Qué curioso, pensó ella, no les basta con ver, además les han de señalar el camino.
Alicia, ciega de nacimiento subía cada día, de memoria, los diez escalones de acceso al Mercado Central.

(Fragmento de mi borrador «divinas criaturas»)

8 de febrero de 2017

Este jueves, relato: El protagonista oculto... Una guerrera.


Encarni es actriz. Hoy tiene rodaje. 
Un rol dramático, como su vida. 
Sale de casa apresurada, nerviosa. Ha conseguido maquillar los hematomas de su cara y, de nuevo, darle brillo a sus expresivos ojos.
De camino al estudio se esfuerza por recuperar la normalidad. Ella es tierna, amable y apasionada con todo aquello en lo que cree; pero en casa... eso es otra historia, al menos hasta hoy. No sabe si, por fin, será capaz de cumplir lo que se ha prometido.

Toma consciencia nada más gritar el director:       
«¡Silencio, se rueda!».
La primera frase de su partenaire, rebota en la madera del falso decorado simulando un golpe que la arroja al suelo:   
«¿Que me calle? Todas sois iguales. ¡Unas putas!».
El limitado aforo, completo, contiene la respiración. 
Encarni traga saliva e inicia el diálogo con la que es su réplica:
«Si me vuelves a tocar me voy para siempre».
Él le grita de nuevo, salpicándole el alma con una desbocada ira:
«No te atreverás, si pones un pie en la calle, te mato».
Él es un perdedor, luce los harapos de la violencia y desde el centro de la escena, borracho, la ve salir con su maleta. Iracundo la detiene mientras ella abre una puerta de cartón y, una vez más, loco por la insumisión la fuerza hasta violarla sobre una rancia alfombra. Encarni, humillada y malherida reacciona desde la inferioridad lanzando al aire golpes ciegos y desordenados que él sortea con acierto. Ella sabe, por exigencias del guión, que esa rebelión física es su sentencia de muerte. Un certero golpe de él, la lanza contra el taquillón de chapa que acaba con su vida. Los focos, en un lento travelling, se deslizan captando la pintura roja en el rostro de Encarni, terminando en un desenfocado horizonte pintado sobre una tela. El director, satisfecho con esa toma exclama:
«¡Corten! Vale. Hemos finalizado».
Encarni se levanta y decide salir por esa puerta que nunca llegó a cruzar.  Coge su maleta y dirigiéndose a la salida mete la mano en el bolsillo del abrigo palpando el contorno de un pasaje de avión. Mira a ambos lados sin miedo. 
Libre.
Solidaria.
Guerrera.
Ha elegido ser ella misma. A partir de ahora las cosas van a cambiar y, con la cabeza alta, hace «mutis por el foro».


25 de enero de 2017

Este jueves, relato: Soledades


Soledad transgredida.

Busco la soledad entre la gente. 
La soledad elegida.
La que reconforta y estimula.
La que encontraba hace años al salir a la calle. En el autobús. En las terrazas. 
En los pasos de peatones, incluso en el bar.
Soledad, hoy hipotecada, perdida, vendida al diablo.

Los espacios grandes o pequeños, abiertos o cerrados se han convertido en un inmenso, incómodo, incontable, irrespetuoso y universal locutorio telefónico.
Gestos. Exclamaciones. Risas gratuitas. Gritos que intimidan y susurros que también.

Al instante, uno se convierte, sin querer, en testigo de confesiones, planes, divagaciones, reproches. Espectador —más bien auditor— de secretos, enfermedades, verdades a medias y mentiras enteras. La vida de otros en definitiva, que al mismo tiempo es la nuestra. Poco a poco, día tras día, año tras año, agresión tras agresión.
La búsqueda de la soledad se ha convertido en una insufrible pesadilla.

¿Dónde estás, querida soledad?


Más soledades en el blog de Pepe

11 de enero de 2017

Este jueves, relato: Juegos de infancia



Juegos en el barro.
Mi calle era estrecha y larga. Tenía nombre de heroína y ambas, calle y heroína, fueron testigos de mis primeros juegos.
Me veo en ella de niño. Descubriendo olores, compartiendo tiempos, haciendo amigos e inventando enemigos.
Frente a mi puerta las casas se interrumpían y el sol colaba sus rayos iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar todavía no robado al campo era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina.
Tengo tres fotos de aquella calle. 
En una de ellas, agachado, lanzo una canica de arcilla marrón al aire:
Chiva.
Pie-bueno.
Tute.
Matute... 
¡Gua!.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro, que despiadadamente nos dejaba la lluvia para enfado de mi madre.
Al fondo un solar donde se interrumpían las casas y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto, recibía gratis el sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba —que no veía—, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.
En otra foto al grito de: «¡Churro va»! me lanzo sobre las espaldas de Agustín y Federico que, inclinados, soportan mi embestida:
Churro.
Media-manga.
Mangotero...
¿Cómo se quedó?
Una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y miles de sueños que nacían y morían cada año.
En la tercera foto, sorteando el barro, lanzo con la pala, al aire, el pic lo más lejos que puedo.

4 de enero de 2017

Este jueves, relato: Lo uno y lo otro.


Abril 1960

Esa noche no aparecieron por casa.  Julia, Edu y él habían estado maquinando la forma de escapar de sus casas a la búsqueda de un mundo mejor. Uno que les permitiese hacer suficiente fortuna para sacar a sus familias de la miseria en la que se encontraban.
La noche les sorprendió en un bosque cercano y decidieron descansar hasta la madrugada. El destino era improvisado, igual valía un autobús a Barcelona, un auto stop a Alicante o la bodega de un buque en dirección a Mallorca.
Los tres juntos acurrucaron sus minúsculos cuerpos prometiéndose amistad eterna. Unidos para siempre. El miedo y la noche se unieron para darles la alternativa lejos de los suyos, del brasero bajo la mesa camilla y la bolsa de agua caliente, pero su decisión era firme y aquella promesa, para ellos, era un compromiso vital.

Agosto 1980.
Julia y Edu esperaban su primer hijo. Ella insistió en llamarle como a Luis al que, con la misma insistencia, propuso como padrino.
Aquella mañana, Edu regreso a casa antes de lo habitual. La ejecución de un maldito ERE lo había puesto en la calle y su futuro quedaba en entredicho. Al entrar oyó voces en el dormitorio, irrumpió en él con fuerza sorprendiendo a Julia y Luis haciendo el amor. Por un momento lo tuvo todo claro… y lo vio oscuro, sacó una pistola del tocador y los mató de un certero disparo. Se acurrucó junto a ellos como aquella noche en el bosque y se disparó en la sien mientras balbuceaba… unidos para siempre.