23 de septiembre de 2011

Este Jueves/Sábado... relato. Mi calle



Mi calle, es estrecha y larga; al menos, así la recuerdo.

Aquella calle, de casas de un solo piso, tenía nombre de heroína, y ambas –la calle y la heroína- fueron testigos de mis primeros pasos.
Me veo en ella, niño, descubriendo olores, compartiendo juegos, haciendo amigos e inventando enemigos.

Frente a mi puerta, las casas se interrumpían y el sol, se colaba por ese hueco iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar -todavía no robado al campo- era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina desertada del corral de la señora Amparo.
Desde mi habitación, adivinaba el paso de los coches por las luces que se reflejaban deslizándose fugazmente por las paredes y el techo en penumbra; quise coger miles de veces aquella luz, que siempre me sorprendía con ventaja.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro que despiadadamente me dejaba la lluvia, para enfado de mi madre.

Sólo tengo tres fotos de aquella calle. En una de ellas se ve el solar, donde se interrumpían las casas, y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto; recibiendo gratis el Sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba, que no veía, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.


En otra, en brazos de mi madre, observaba el solar en busca de lagartijas, gatos, perros o alguna gallina.
Era una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y  miles de sueños que nacían y morían cada año.

De la tercera foto... ni me acuerdo, ni he vuelto a saber de ella.

Más calles, incluso avenidas, en la Gran Vía de Gus y en la calle de la Cultura de Any.

20 de septiembre de 2011

La vieja Fe


Los blogs, son como la bitácora de a bordo en la que cuentas regularmente todo lo acontecido en este barco que es tu vida, y de la que uno es Capitán y Grumete al mismo tiempo.
Al menos esa fue la intención inicial. Pero este diario de plasmar en “intimidad” las cotidianeidades más sobresalientes, al final, se convierte en una arbitraria aportación de mensajes, reivindicaciones, informaciones de carácter general, relatos de ficción y algún que otro cuento en el que nos dibujamos de espalda para disimular.
Yo, lo he hecho y no sé si entonar el “mea culpa”  o simplemente pasar olímpicamente del tema, no sea, que los compromisos se conviertan en costumbres.

Hoy sin embargo, siento la necesidad, o al menos el gusto de contar en este seudo diario particular, una experiencia que me ha dejado totalmente descolocado.

Esta tarde he estado en Urgencias, en el Hospital La Fe de Valencia... No, el nuevo  no, el viejo, el de siempre. Ese, en el que acudíamos muy a pesar nuestro acompañando a alguno de nuestros hijos con una brecha en la cabeza, o siendo acompañados por alguno de ellos, porque se nos había disparado la tensión. Ese, en el que dábamos mil vueltas para aparcar el coche y que al final lo dejábamos encima de la acera. Ese, en el que la cola de admisiones daba casi una vuelta al pabellón central. Ese, en el que esperabas de pie horas y horas hasta que pillabas una silla donde pasar más horas y horas esperando con ansiedad creciente un chirriante altavoz que te señalara con el dedo liberador diciéndote: “familiares de...” Ese, en el que sabías a que hora de la tarde entrabas, pero no a que hora de la madrugada saldrías.

Bueno, pues en ese Hospital... en el viejo, en el de siempre, hoy, he estacionado en la puerta, me han atendido dos celadores, me han recepcionado, expedientado, acompañado, visitado, radiografiado, diagnosticado, medicado y recetado en menos de 30 minutos. Que podrían haber sido menos, si las dos únicas enfermeras que había, hubiesen dejado los detalles de la próxima boda de la duquesa de Alba para otro día (hay cosas, que no cambian)

No es tan mala la soledad del corredor de fondo, cuando las cosas suceden en silencio apacible, con celeridad y eficacia y sobre todo cuando te aseguran que lo tuyo, no es un desplazamiento de la prótesis de la cadera, (como temías) sino una ligera impotencia funcional, que se soluciona con unos días de reposo.

Así es que como la próxima cita es el 24 con ese extraño y caprichoso invento del Jueves-Sábado de GUS y ANY, con vuestro permiso, me voy a descansar.


8 de septiembre de 2011

Este jueves, relato. No se puede hacer más lento.


Así, es como lo recordaba él.

Con la última bocanada, el cigarrillo quedó herido de muerte. Las volutas de humo, se iluminaban al estrellarse con los rayos de luz que entraban por el único resquicio de aquella pequeña habitación de hotel.

Más lento, más lento... se repetía a si mismo, al tiempo que la palma de su mano acariciaba en círculos el erizado pezón de ella.
Más lento, más lento... recordaba haber oído, que tenía que mover su cuerpo en tan irrepetible situación.

La colilla, muerta al fin, derrumbó su ceniza sobre el cristal de la mesilla de noche. Olvidada, sólo había sido una puesta en escena más, de unos compartidos prolegómenos.

Más lento, más lento... su sexo, el de él, apuntaba con timidez iniciando una sutil penetración, de momento más sugerida que real.
Más lento, más lento... el de ella, encharcado, se abandonaba a su suerte, en un tiempo que volaba y se llenaba de deseos y placeres.

Así, lo recordaba ella. Aquella, que fue la primera vez de ambos.