Él
ordenó la dirección al taxista.
Ella
prefirió ir andando. Necesitaba hacerse a la idea y vaciar su mente de
prejuicios. Eso era lo que quería hacer, regalarse un sueño largamente deseado.
Llegó antes. Sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación
para, en tan sólo unos segundos, ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín
de sus labios. De bajada, una última mirada en la luna del camarín, se vio
perfecta. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y
brillante como sus labios rojos recién pintados. Sintió de nuevo aquellas
mariposas que hacía tiempo habían dejado de correr por su estómago.
Lo
vio entrar, cruzar la puerta y dirigir la mirada en un rápido movimiento hacia
el interior. Subieron a la habitación en un ascensor vacío, elevando juntos sus
cuerpos sobre la punta de sus pies, como si eso acelerase la llegada a la
planta quince. Apremiaron en la habitación los repentinos deseos de cerrar la
puerta tras ellos, abrazados dejaron las etiquetas para otro momento y el amor
se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos.
Caricias sin reparos que repasaban con lujuria los rincones de sus cuerpos, las
prendas de ropa se desajustaron, los botones y cremalleras cedieron y ellos volaron
en una torpe carrera hasta alcanzar la cama. Él la abrazó suavemente y la dejó
caer.
Julie
se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y
seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad
tan tangible y dulce como la humedad que brillaba en su cuerpo, sólo quería
beber y dar de beber hasta quedarse seca. Él se acostó junto a ella, la miró,
la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos,
besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño. Los tomó entre sus manos,
haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que
fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Julie se sintió
deliciosamente invadida, se ofrecía rendida al placer, participaba en la medida
en que la excitación le dejaba ausentarse de su propio gozo y regalaba sus
caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Lo sintió dentro de ella, suave y
ardiente. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo
participaban del maravilloso y acompasado concierto que los elevó al cielo
entre los gemidos, suspiros y susurros húmedos que cubrieron aquellos cuerpos
fundidos en uno solo.
Acabada
la batalla, vio su imagen reflejada en el cristal de la ventana y por un
momento regresó a una realidad que temía. Recuperó su combinación mientras él se
giraba y la disfrutaba de nuevo con una mirada larga y deliciosa. Se besaron. Sin
mediar palabra, entendieron que era el momento de salir. Todo estaba bien.
Esa
tarde habían hablado los cuerpos, las palabras quedaban para otro momento. El
pecado tenía un misterioso y mágico sentimiento, y cuando sienta tan bien
parece menos pecado.
Al
anochecer pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente. Mientras esperaban,
se miraron a los ojos y al mismo tiempo se preguntaron:
—Y
tú, ¿dónde le has dicho que ibas?
Foto: Alberto Jonquieres