3 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: Colores para después de la guerra [COVID-19]



Colores para después de la guerra.
El primero en llegar fue Blanco, serio, elegante, luminoso. Con olor a fuego apagado y bata del mismo color. Responsable de la convocatoria, de la que estaba seguro saldrían bien planificadas las pautas de actuación para aquel admirable objetivo. También era el más relevante, cabeza visible y portador de emociones y sentimientos, parecía que todo giraba a su alrededor, cuidadoso y pulcro ordenaba sobre aquella superficie transparente los guiones personalizados que más tarde repartiría con la precisión de siempre.
En segundo lugar llegaron juntos, Amarillo y Verde, alegres, vivos y frescos, canturreando por lo bajo algo de una zarzuela que no llegué a reconocer. Ambos con cometidos diferentes, el primero para enlazar, envolver, atar los buenos deseos y proporcionar la tranquilidad perdida y el otro, Verde, como soporte espacial, algo así como la esperanza en forma de tiempo recuperado. Ambos sabían de la importancia de su papel, aunque sólo fuese como en el cine, un papel de reparto.
Azul entró a continuación, ensimismado, como inmerso en aguas profundas, armonioso e inspirando una envidiable confianza, propia del que siendo todo afecto, además, está iluminado por los aplausos en los pasillos de la UCI.
Dorado entró sin haberse cerrado la puerta, vestido de trigo, y oliendo a sol, eterno aspirante reflectante, sofisticado. Se sentó de espaldas a la cristalera con su solvencia multimillonaria sobre las rodillas.
Violeta y Rosa tardaron un poco más, tímidos, reservados, saludaron discretamente y se sentaron juntos al final de la gran mesa. Con gran ternura cruzaron sus brazos y esperaron los acontecimientos, que una vez más exigirían la máxima dedicación.
De par en par se abrieron las puertas de luna pulida para la entrada solemne de Rojo, estable, puro, seguro y parsimonioso en sus movimientos, ocupó el sillón junto a Blanco, que lo buscaba con la mirada, demandando esa porción de justicia, equidad e inocencia de la que su poderoso amigo recién llegado, era portador.
Llegó la hora y faltaba el de siempre, su demora, no siendo grave ponía de manifiesto su condición de color triste, mediocre. De traje y corbata avanzó hasta ocupar su asiento, saludando con un gesto de medio tono y con cara de aburrido. Justo en ese momento, tomó la palabra Rojo, que dijo: «Ahora que por fin ha llegado Gris, empecemos con el plan para recuperarnos de esta maldita desgracia».
Dibujo de Juan Daniel, seis años.


1 de abril de 2020

Cuentos de andar por casa: El soldado Martínez


Conocí al soldado Martínez en la primera fase de la instrucción. De los primeros en llegar. Puntual. Confundido, ajeno a aquella experiencia que le había arrancado de su pueblo por primera vez. Saludó con un tímido movimiento de cabeza que correspondí sin demasiada trascendencia y me dije: «Dios mío, a este le falta poco para cagarse en los pantalones».
De mediana estatura, fibroso, tostado de brazos y cuello por el sol del mediodía, debió de intuir en mi gesto algo más que un saludo cortés e, instintivamente, se refugió en mi entorno espacial reclamando desde el fondo de sus ojos azules un pacto clandestino de ayuda y protección.
En esos momentos, el soldado Martínez no era dueño de nada y sin embargo dejaba traslucir una ternura de gran intensidad. Su falta de experiencia la compensaba con la belleza y obviedad del hombre que ha aprendido a vivir con el trigo, las viñas y los animales. Era así, sin proponérselo, pero yo sentí la necesidad de descubrirlo y apadrinar esa indefensión tan evidente... me gustaba.
Los altavoces del patio reclamaban la presencia de los nuevos reclutas llamándonos por orden alfabético: Alamar, Artiaga, Badenes, Borja, Castejón... Martínez, Marzal; en ese momento supe cómo se apellidaba y que por alguna razón el destino de las letras nos vinculaba al uno junto al otro. Al descargar nuestros petates en la misma litera cruzamos la mirada por enésima vez e intuí un rubor que era recíproco, me quedé con sus limpios y celestes ojos... nos gustamos. Fueron minutos interminables para desnudarse, para vestirse; minutos en los que nos sorprendimos curioseándonos con el rabillo del ojo; minutos de controlar las manos que suicidas buscaban el roce, el aliento, el calor.
  Era otro lugar, lejos de todo. Incorporándose a un colectivo en el que el tedio, la displicencia y la angustia, amenazaban el único activo que empezábamos a poseer: amarnos. Y ese deseo podría con los presagios de los tiempos adversos que estaban por venir.

                

31 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: ¡Bragas a cuatro euros!



¡Bragas a cuatro euros!
La curva, después de pasar la Gasolinera, siempre le sorprendía; no se acostumbraba a reducir la velocidad, la visibilidad era buena, sin embargo el peralte, por una extraña razón inclinaba el asfalto en contra de los confiados automovilistas.
No le gustaba conducir, pero ahora no tenía elección; solía hacerlo de madrugada, acompañada pero más sola que nunca. Además tenía que recordar cúal era el destino en ese sábado de diciembre. Cada día un mercado diferente, en un pueblo diferente, pero el mismo tipo de gente de siempre.
Cristina era bonaerense, vino a Valencia de joven y enamoró a Pepe, el batería de un grupo de Rock llamado Los Escorpiones.
Estos viajes al mercado no tenían nada que ver con aquellos de los conciertos por la Comunidad Valenciana. Después de un largo pero cómodo viaje hasta el pueblo de turno descansaba en primera fila o en una mesa cerca del escenario tomando alguna copa, mientras su amor aporreaba las baquetas sobre la tersa piel de los tambores de su batería recién estrenada.
Hoy, Cristina conduce un Mini con un remolque de ruedas que se transforma en un puesto de venta ambulante. Avanza toldos y mostradores por tres costados; en los dos laterales la ropa de niños y en el frente más grande, la de adultos, toda ella expuesta en rigurosos montoncitos por talla y modelo, que duran en ese orden una sola embestida de los furibundos compradores de «saldos» como ella los suele llamar. A la hora, los escaparates lucen un estado tan lamentable, que es imposible identificar una prenda de otra. Da lo mismo, siempre es igual; al principio, se obsesiona con el orden, no le gusta discutir con los clientes y muy de vez en cuando, con toda la paciencia del mundo, ordena tallas y modelos, hasta la siguiente hora, en la que de nuevo, los tejanos de la 40 se mezclaban en caótico desorden con las camisetas de la S.
La venta ambulante no es su sueño, las inclemencias del tiempo y un perfil de comprador agresivo siempre en busca de la oportunidad y el regateo no es la relación más enriquecedora que en su nueva situación necesita; no lo lamenta, pero en su soledad maldice aquella noche en un bar, después de un concierto, en el que a su amor unos desalmados borrachos lo dejaron paralítico de una paliza.
«¡Señora, las bragas a cuatro euros,...el par!»
Foto: Alfredo Cot [Mercado en Nairobi].

30 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Una historia de Internet




Una historia de Internet
Mi nombre es HP, mi apellido Windows; de lo que podéis deducir que pertenezco a una familia y a un momento donde la ficción y la realidad se confunden.
Tengo un cuerpo equilibrado, altura y peso estables, mientras que mis pulsaciones y tensión son más cambiantes, mi cabeza es ancha y plana y tiene matices y opciones de color e intensidad, en general, diría que este cuerpo que la técnica me dio es proporcionado y justo.
Funciono mediante los impulsos que generan en mi pecho las caricias de las prestadas manos de un ser raro y complejo, sin embargo y a pesar de esos contrastes, me he acostumbrado a su presencia y con el tiempo he llegado a la conclusión de que él me necesita más a mí, que yo a él.
Este extraño ser, tiene un comportamiento curioso: se emociona, ríe, llora, gime, grita, patalea, susurra, canta y todo ello, solo, delante de mis virtuales narices.
Os cuento que una vez lo vi alegrarse hasta la locura cuando le abrí un mensaje que decía: «Tenemos el gusto de comunicarle que su proyecto del Museo de Luciérnagas de París ha sido premiado».
Os cuento que otra vez lo vi llorar de amargura, cuando recibió un correo que decía: «Estimado señor lamentamos comunicarle que después de las pruebas pertinentes le confirmamos que ese tumor que le detectamos en su día, es maligno».
Os cuento, que una vez, me sobresaltaron sus jadeos, no conocía el Ciber sexo, pero confieso que a él, le debió impactar sobremanera pues enrojeció hasta el desmayo, permaneciendo exhausto e inmóvil durante unos largos minutos.
Os cuento que otra vez, escribía y escribía participando en un debate sobre letras, textos, libros y cosas parecidas, detecté por la temperatura de mis teclas que el intercambio de opiniones era acalorado y apasionante.
Os cuento que una vez me llevó de viaje, fue muy divertido, utilizó mi estómago para obtener unos billetes de avión, que pagué sin darme cuenta, reservó una habitación doble con desayuno incluido, al que le acompañé sin invitarme a probar bocado, me paseó por Avenidas y Bulevares y, de regreso, me tuvo horas y horas encendido relatando sobre mi vientre los momentos que habíamos compartido.
Os cuento que alguna vez me he resfriado y mi cara se ha quedado totalmente negra, inmersa en la más absoluta de las oscuridades y este ser tan especialmente raro, me ha curado y cuidado hasta recuperar mi habitual luminosidad y colorido.
Ahora, os cuento que ya soy mayor y ha llegado mi hora, creo que mis Enter están contados y un joven HP ocupará mi sitio, porqué él —el raro—, no puede o no quiere o no sabe estar sin Internet.



29 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Amigalario



Jardiel Poncela, en un divertimento literario, se recreó sobre el papel de los tipos que nos encontramos a lo largo de nuestra vida y que de una u otra forma tienen o pretender tener cierto ascendiente sobre nuestra existencia.
Con un término que bautizamos como Amigalario, Poncela lo inició con la definición del «Amigo Póliza» que por graciosa, ocurrente y real me ha llevado a hurgar en la hemeroteca articularia hasta encontrar alguna que otra perla digna de comentar:
Amigo Brújula: Es el amigo del que más nos fiamos, con inexplicable ceguera leemos el libro que nos recomienda, la película que nos aconseja o las rebajas a las que debemos acudir, sin darnos cuenta que siempre es nuestra pereza y no su inteligencia la que nos hace decidir.
Amigo Visa: Es impensable salir a la calle sin este amigo, es el acompañante inevitable, mudo, no dice nada, solo está por si acaso, pero que nunca te lo dejas en casa porque si no ligas ya sabes a quien echarle inconscientemente la culpa.
Amigo Piel de Plátano: Este es el amigo con el que siempre resbalas cuando te cruzas con él, confundes su nombre, te interesas por su madre que falleció hace no sé cuánto, y sufres, porque aunque no lo parezca le tienes aprecio, ¡ah! y nunca recuerdas dónde lo conociste.
Amigo Helado de Fresa: Te confiesa con exagerada frecuencia sus declaraciones de amistad, a veces inoportunas y sofocantes y siempre con un sonrojo que a la vista de su sudor le derrite por dentro, en verano cuando lo buscas sólo encuentras un charquito en el suelo.
Amigo Escupidera: Sólo sirve para ser el destino de nuestras más viles acciones, escupes sobre el: traumas, decepciones, arrebatos, impotencias, en fin..., faena tiene cuando llega a su casa.
Amigo Montaña: Es esa persona a la que nosotros, manifiestamente débiles, atribuimos gran fortaleza moral y física, pedimos ayuda constantemente, sablazos y demás cuelgues coyunturales.
Amigote: Este es el amigo de cualquier tipo desde el punto de vista del cónyuge, sobre él recaen todas las sospechas y faltas de las que solo uno es el causante, siempre es bueno que haya niños y amigotes.
Amigo Boomerang: Es aquel que nunca sabes de ordinario donde está, ni siquiera si todavía lo tienes como amigo, pero que cuando te descuidas vuelve a darte en las narices, pidiéndote que le saques una vez más las castañas del fuego.
Amigo Obispo: Este, sí que parece un buen amigo, bendice todo lo que haces o dices, le pareces maravilloso y siempre te da la razón, te perdona tus faltas con una palmadita en la espalda y un «no te preocupes, eso pasa en las mejores familias».
Amigo Mar: Variante interesante de la amistad, siempre está ahí, tú te vas de vacaciones, de trabajo o a la cárcel y siempre te espera, a pesar de tu ausencia pierdes toda sensación de culpabilidad, funciona sin tu permiso y al margen de que estés o no, él sigue haciendo sus cosas.
Amigo Bufanda: el que te acompaña, te da abrigo, pero que siempre interrumpe, te tapa la boca y no te deja hablar, hay que esperar a su ausencia para poder expresarte con libertad, pero eres tan torpe que siempre que lo haces te resfrías.
No os fieis, ved si en vuestro entorno habéis alimentado a algunos de estos curiosos tipos y perdonaros la debilidad.
Fuente (en bruto): Relaciones Personales. Suplemento de El País

28 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: La silla se va de viaje.



La silla se va de viaje.
Es la pequeña y es su primer viaje. Yo, su madre, la mecedora, no lo tengo nada claro, pero su padre, el sillón, dice que ya es mayor, que tiene que espabilar y ver mundo.
Parece que fue ayer cuando Tomás, nuestro carpintero de cabecera me dijo: «María, vas a tener una silla». Salió del revés: primero las cuatro patitas, luego el asiento, cuadrado y horizontal y por fin un respaldo abarrotado de barrotes. Recién nacida olía a roble fresco
De niña sentía la emoción de los primeros descubrimientos. Aquel culito blanco que acariciaba, escurriendo, las tiernas nalgas sobre su resbaladizo cuerpo; hasta que alguien decidió que había que tapizar el asiento con loneta de colores. Aquella base, cuadrada y horizontal, que iba creciendo en altura, con almohadones superpuestos, tal y como se hacía mayor, Carmencita.
Siempre fue transparente. Su mirada limpia, a través de los barrotes torneados, encontraba el límite en la prolongación hacia el suelo de las cuatro patas sobre las que se sostenía.
Hoy, unos cuantos barnizados después, va de viaje al bosque de la vida. Paseará entre robles nobles, hayas en sayas, pinos pinosos y abetos coquetos; tomará el sol a través de ese hueco por donde el sol regatea a las sabinas y, vestida de boda, lucirá enaguas de agua, capa de cenicienta y lazos de seda que sortearán, caprichosamente, los barrotes de lado a lado.
Es Julio, la niña ya es mujer.

26 de marzo de 2020

Cuentos de andar por casa: Pavarotti o el trágico final de un seductor.




¡Adiós, amigo!
Pavarotti aleteó escapando por la ventana abierta de par en par al reclamo de su amada Callas. Él, loro, papagayo, perico y ella, cacatúa, cotorra, periquita. Ambos, gregarios y monógamos, aunque enamoradizos repetían e imitaban incansablemente las melodías que, el uno a la otra y la otra al uno se intercambiaban por el patio de luces.
A esa hora, cada día, Pavarotti solía visitar a Callas, la lora del quinto, y le recitaba de memoria el primer verso de «Poesía eres tú» de Bécquer. Seductor como buen loro. Coqueto como buen loro. Parlanchín como buen loro y soberbio como buen macho regresaba horas más tarde con alguna pluma de la lorita en su curvado pico. Prueba fehaciente de su conquista y trofeo silencioso que sólo podía compartir consigo mismo.
Un día, al salir, una ráfaga traicionera cerró de golpe la ventana. En su vuelo ascendente se debatía entre el dilema de si esa deseada e inevitable visita tres pisos más arriba tenía que ver con una determinación irreversible o, simplemente, con un golpe de efecto grotescamente teatral.
Al regresar de su aventura donjuanesca, obnubilado, despistado, ebrio de placer y ciego de nacimiento no cayó en la cuenta de que el viento le había cerrado las hojas de la ventana a las que fue a dar de picobruces ante el acorazado y transparente vidrio. Tan sólo le dio tiempo a replegar alas y con la cabeza poblada de estrellas que giraban como satélites cayó, aturdido y avergonzado, por el resto de los pisos hasta el duro y asesino suelo donde se sentenció su despedida definitiva. Solo le quedó un halo para lamentar: «¡Adiós hermosa Callas! Mi orgullo desairado y vilipendiado y yo, herido de muerte, en este grotesco y desolador patio de luces».
Así fue como mi loro o papagayo o perico perdió la vida y la dignidad en las rasillas esmaltados de un oscuro y sucio deslunado.

19 de marzo de 2020

Este jueves, relato: Altruismo «María»



El mundo de María es el mundo de los pies, como el de los perros pero sin olisqueos. No levanta la mirada del suelo; sentada, acomoda su delgado y enfermizo cuerpo en un hueco de la fachada entre el estanco y la librería y todo su horizonte es el que dibujan los zapatos de los transeúntes, recortados en la profundidad de la acera.
María es un sin techo que arrastra su condición vagabundeando, en busca de una esquina soleada donde abandonarse al abrigo de los tenues rayos de sol que le permiten sobrevivir en el helado y duro pavimento en este frío y ventoso invierno. Todo su vestuario es una pila de harapos, uno encima de otro y ella, encima de todos. Solitaria, en su esquina tibiamente iluminada, contrasta su tremenda e inmóvil soledad manifestándose más cruel, si cabe, en medio del denso y insensible deambular de la gente.
Pero, ¿qué tiene María que la diferencie de otros desfavorecidos que consumen sus noches bajo las estrellas envueltos en húmedas hojas de cartón? Poco…, muy poco. Sólo sus ojos limpios y tranquilos, su contemplación perdida pero regalada, su aparente ausencia de hambre, su indetectable sufrimiento y su quietud que parece ignorar todo aquello que se mueve por arriba de los 30 cm.
María es una adolescente —creo, es difícil acertar su edad—, su cuerpo de piel joven, lánguida y blanquecina; sus ojos tristes y vacíos; su corta melena despeinada —más bien, sin peinar— no delata su edad. ¿Dónde está su adolescencia? ¿Con quién habrá consumido —y malgastado— esos primeros años que tal vez sean los únicos?
Le pedí una foto para ilustrar este relato y, con un gesto cansino, negó con la cabeza; le ofrecí dinero y apartó la vista devolviéndola al suelo, fijándola sobre el secuencial dibujo con el que las baldosas forman el pavimento. Le ofrecí compañía y distanció la mirada. Pensé —y después de pensar, confirmé— que en lo que respecta a este asunto, María, no tenía precio. Quise ver su alma más pura, el rincón de sí misma menos deteriorado por la droga y el alcohol y el hambre y vaya usted a saber.
A pesar de que se lo pregunté —varias veces—, María, nunca me dijo su nombre.


12 de marzo de 2020

Este jueves, relato: Propuesta alocada



Acudió a su llamada y aceptó el reto. Se trataba pues de escribir y, de eso, Marta tenía alguna idea. Eligió el comienzo, la ilustración y se enfrentó al blanco de la pantalla.

En pocos minutos había enlazado, más o menos, trescientas palabras. Una historia desarrollada con minuciosidad, con imaginación, con documentación y un poco de sal en el estilo.

Publicó la entrada que acompañó con la foto correspondiente. Buscó en etiquetas un genérico para facilitar su búsqueda y encontró uno adecuado, «Relatos»; y otro, «Los jueves, Relato» y un tercero más específico, «Retos».

Marta mimaba sus textos; pequeñas obras de arte colgadas en las paredes de un museo intangible. Iluminadas con la sombra de una luna que le daba la espalda y expuestas hasta un amanecer que estaba por inventar. Tecleó Enter y publicó su historia. Dejó pasar la noche, que compartió entre sábanas consigo misma.

A la mañana siguiente, con la taza de café en la mano, conectó su Mac y abrió su página: www.marta-unsólocorazón.blogspot.com. Releyó su entrada una y otra vez, le gustó, se gustó; intentó imaginar que efecto causaría en los anónimos lectores, desvió la mirada ansiosa más abajo buscando posibles opiniones y comprobó: 0 comentarios. «Es un poco pronto». Se dijo.

A la noche, después de un día ausente de casa, repitió la operación, buscó correos y leyó de nuevo su historia, descubrió matices que le agradaron y algún giro narrativo que podía mejorar, la mirada le huyó unas líneas más abajo y comprobó: 0 comentarios «¿Qué pasa, nadie me lee?» Repitió preocupada.

Lo mismo sucedió al día siguiente: 0 comentarios «¿A nadie le interesan mis cuentos?» Se preguntó dolida. Ensimismada y con la vista perdida en el fondo de la pantalla, oyó una voz que le decía: «Querida Marta, no te apenes por no tener comentarios, escribe para ti y disfruta como lo haces, leyéndote. No es cierto que los Blogs se alimenten de los comentarios, estos, tan sólo alimentan alguna vanidad perdida; una excusa para los que dan más importancia a la cantidad que a la calidad. Hay que escribir. Escribir e inundar el espacio interestelar de vocales y consonantes entrelazadas como si de poemas cósmicos se tratara».

La voz desapareció entre letras y, Marta, de nuevo, quedó sola. Solo ese comentario latía con ella —ni más, ni menos—.




3 de marzo de 2020

¿Dónde estoy?



Algo más que un paseo por una ciudad cambiante.
Hubo un tiempo en el que los ciudadanos mostraron su desagrado ante la decisión de las autoridades que, sin consultarlo, invirtieron 150 millones de dólares en una franquicia cultural; entonces, la ciudad tenía un aspecto duro, teñido de negro y gris.
Hoy casi no la reconozco, aquella ciudad con los índices de contaminación más altos de Europa, agotada y decadente, es hoy alegre, limpia, moderna, ordenada, optimista e incluso bonita.
Tras un corto recorrido, el gran cetáceo plateado se divisa desde varias calles, su perfil metálico dibuja en el cielo plomizo una línea quebrada que sigo desde diferentes perspectivas, yo diría que me sigue o más bien que me persigue, los cetáceos no tienen escamas, pero aseguraría que este es la excepción y sobre ellas se reflejan las omnipresentes nubes que en este paisaje tienen mas color de nube que en otros.
Sigo paseando y pierdo de vista al «Animal». Me adentro por las siete calles y navego en un peregrinaje de baños de vino de color claro que se acompañan con un mundo de palillos con lastre, las horas se suceden inmerso en un continuado orgasmo gastronómico sin precedentes.
Es tiempo de prolongar las alternativas culturales, de nuevo delante de esa inmensa ballena que como la de Jonás se tragó todo lo que había que tragar, hemos venido para eso, para admirar y mirar en su interior; pasamos, la puerta está entreabierta y nos reclama desde el fondo del Atrio una voz metálica que sale de tres lenguas sinuosas del color del hierro, las bordeamos, nos sobrepasan en altura varios metros, ocupan parte de la columna vertebral, en su vientre el resto de las artes se mezclan y se multiplican en manifestaciones multidisciplinares de variado conteniendo.
En el exterior, su corteza absorbe la luz dorada de un atardecer neblinoso y hoy unos cuantos años después con un millón de visitas anuales es una inequívoca seña de identidad de aquellos ciudadanos dubitativos que hace años lamentaban vivir de espaldas a un sucio río, sobre cuyos márgenes morían astilleros, muelles y fábricas.
Seguro que sabes de que ciudad estoy hablando.