28 de marzo de 2017

In Memoriam. Miguel Hernández



El mar que soñé. (*)

El mar no cabe en mis ojos. 
Envidio a los animales que miran y ven todo lo que les rodea
Como los caballos. 
Como mis cabras.
No quiero perderme nada.
Primero, intenso a la derecha, luego, profundo al frente y a continuación, vital a la izquierda.
Agua hasta donde alcanza la vista.
Vista hasta donde alcanza la vida.
Vida hasta donde alcanza la imaginación.
Esta primera vez, es mi primera para esos azules, esos verdes, esos grises, esos violetas, incluso esos blancos y negros.
Me vuelvo y beso a Josefina. Ella es como el mar, luminosa, cristalina y del color de todos los azules.
Musa. Amiga. Amante. Madre.
Mañana, junto a ella, de nuevo volveré a los pastos, a la yerba y a la leche y a la nana de la cebolla, que no es nana de comer. 
Con el mar a mis espaldas, lejos quedará esta ligera brisa que acaricia mi cara. Viento del pueblo.
En mi recuerdo siempre el mar. Paralelo. Convergente. Divergente. 
De olas, interminables, cansinas, secuenciales, como el rayo que aún queriendo, no cesa.
El mar. 
Ahora sí, ahora que ya lo he visto le puedo poner nombre, color, sabor y olor.

(*) Miguel Hernández murió, hoy hace, setenta y cinco años.

                               

22 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Círculo vicioso.


Mi círculo no es solo un círculo.
Es un círculo con dos líneas rectas que se mueven aunque yo no las vea moverse.
Dos líneas diferentes, no solo de longitud, que también.
Una, la más larga, corre más. La otra, la menos larga, menos. La larga es más fina y estilizada y, si no fuera porque no la veo moverse, diría que es más ligera. La corta, gordita y mofletuda, afirmaría que, si no fuera porque no la veo moverse, es más lenta.
Solo se mueven cuando no las miro, si lo hago quedan quietas, paralizadas, avergonzándose de que su movimiento las delate y el que las mira, que soy yo, descubra su dirección.
¿Hacia la derecha?
¿Hacia la izquierda?
¿Para arriba? ¿Para abajo?
Mi círculo no es que sea mudo, que lo parece.
Habla todo el rato con un secuencial, obstinado, incesante y continuo:
«Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Ahora son las 11:00.
Ahora, y no sé como se ha movido, las 11:10



15 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Testamento


¿Se puede morir dos veces? ¡Sí, se puede!
Yo lo he hecho, en consecuencia he podido dejar dos testamentos. La duda fue si dejaba uno diferente o el mismo que en mi primera muerte. Evidentemente tenía que ser el mismo, muerto no había tenido ocasión de aumentar mi patrimonio.
Así que, aquí estoy, para mi sorpresa, resucitado y de nuevo fallecido. Al menos he tenido tiempo para dejar una vez más el mismo...

«Testamento en diez legados»:

Decía que me llamaba Jacobo, pero poco importa, cualquiera en mis circunstancias podría haber mentido. Mi pobreza, si que era real. Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida. Mi edad indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca. Jamás fui prudente y ahora el frió y la calle, amenazaban con negarme la vida una madrugada cualquiera. Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas:
—Por si acaso y para que no hayan dudas, ni disputas, dejo mis pertenencias a:
—El carro de la compra que cogí prestado del “super” y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey.
—Estos 2’25 euros que guardo, son para el director del banco de aquí al lado. Que me abra una libreta, un plan o lo que sea, todo menos jugar en bolsa, me preocuparía perderlos.
—A María, que me baja leche caliente y galletas con su nombre y que es mayor que yo, pero se conserva mejor (bendita familia), le dejo la cantinela que tanto le gusta escucharme cada mañana. Ahora le puedo confesar que es “Te quiero, te quiero” de Nino Bravo en una versión ininteligible.
—Al Generalísimo, esté donde esté (espero, que en los infiernos) le dejo estos trozos de metralla, que me han tenido con el cuerpo roto desde los 16 años, hasta los que soñé con ser un gran deportista.
—A Micaela, la niña del portal 22, que nunca me ha tenido miedo, le dejo el mío, para que lo conozca y no lo repita… al final te das cuenta, de que no merece la pena.
—A Julio, el ciego de la esquina, le dejo este libro sin tapas, sólo para que lo abrace entre sus manos, son poemas de Martí i Pol. ¡Sí, ya sé que está ciego, pero qué más da, tampoco sabe catalán!
—A Alfredo, ese señor serio que siempre me mira a los ojos, que no sé de dónde viene ni a dónde va, pero que comparte conmigo ese instante de segundos cómplices, le dejo esta última mirada.
No pude llegar a los diez legados, el frío de esa madrugada se me llevó para siempre.




1 de marzo de 2017

Este jueves, relato: La ventana indiscreta


En el apartamento, la noche estrenada quedaba borrosa entre cortinas estampadas. A oscuras, jugué a levantarme y mirar a través de mi cámara. Me acerqué a la ventana y calculé el tiempo que faltaba para que, de nuevo, «aquello» se repitiese como cada noche. Solo unos segundos y ella me acompañaría en una ficción con el recelo del que sabe que el tiempo es limitado y que en el principio comienza la cuenta atrás. Imaginé en ese momento una escena de cine y encendí un cigarrillo. La primera calada se fundió en los cristales. El humo, sin avisar, dibujó mis ansias en la superficie transparente entre el visillo de tergal y la tupida cortina de cretona.

Me vi perdido ante el cristal, mirando hacia no sé dónde. Era una dispersión que ya conocía de antes, sabía exactamente de qué se trataba. Extendí el brazo y acaricié la tela que, ondulada, me protegía del exterior. Note la suavidad de su fondo y el cuerpo de sus relieves, flores, lazadas, volutas sin fin que recorrían el tejido de un lado a otro. Curvas lascivas. Rosetones que se alojaban en la palma de la mano. Tallos. Hojas. Pespuntes que anticipaban un hilván terminado.

Separada la cretona, sentí en mi mano la suavidad del visillo que me recibió con una ligera sacudida de electricidad estática. Blanco, sedoso, uniforme, frío, traslúcido, dejaba adivinar aquella colmena de vida que era la fachada de enfrente: El viudo con delantal en la cocina. Los niños recogiendo los cuadernos una vez hechos los deberes. La joven recién enamorada besando, una y otra vez, la pantalla de su iPhone. El matrimonio que, aburrido, compartía un infumable programa de televisión. El otro matrimonio que, divertido, compartía el mismo infumable programa de televisión. El joven estudiante que se enfrentaba a la segunda taza de café de la noche.
En todas las ventanas se escenificaba la vida, menos en la que yo esperaba, deseaba, moría, penaba y que, inexplicablemente, esa noche permanecía en sospechosa oscuridad.

Más ventanas indiscretas aquí.