31 de octubre de 2016

Halloween en Irán


«Me acuso de ser mujer y al parecer, por el hecho de serlo, peco reiteratívamente. Ahora, esperando el final pienso en lo cara que es la vida».
Así se confesaba Zhara a un dios desconocido en cuyo nombre iba a sufrir la más cruel de las penitencias. No importaba el pecado, que en ningún caso lo era..., salvo el de ser mujer.
La primera piedra le alcanzó de lleno en la clavícula, el cuello de la escápula se partió por la mitad, justo en el sitio en el que de niña apoyaba los sacos de grano que llevaba a casa.
La segunda abrió una brecha en su frente, dibujando un hilo de sangre y un río de dolor, se tambaleó y cayó de rodillas.
Una con arista viva le golpeó el pecho cortándolo en diagonal, justo por donde hacía unos meses brotaba la leche que detenía el desesperado llanto de su recién nacido. Ahora la leche era roja.
No ubicaba los dolores, su sonrosada piel se llenaba de cercos morados con manchas rubíes.
Un golpe agudo en el pie la despertó de su abandono, los dedos se hermanaron de sangre y crecieron hasta reventar o al menos así lo padeció.
Una piedra del tamaño de un puño erosionada por el ir y venir de las limpias aguas del Karún le explotó en los labios, esos que habían amado con pasión y que ahora descarnados, ni siquiera balbuceaban un suspiro. Perdió la cuenta de las siguientes, pero todas y cada una de ellas tenían un remitente: El mundo.
La lluvia de blasfemias buscaban su cuerpo y encontraban su alma.
Sólo le quedaba morir.
Entre tantas deseó una, esa certera que le atravesara el corazón y que fuese la última. Ese corazón, al que le debía todo lo maravilloso vivido, sin saberlo, sin quererlo, le alargó la agonía treinta minutos más.
«Tanto amor y no poder contra la muerte».


           

20 de octubre de 2016

Este jueves, relato: ¿Qué hace esto aquí?


«Cuando sea mayor quiero ser tenor. Orondo, con la barba recortada y sobreactuando con torpeza premeditada en el teatro de mi pueblo».
En eso pensaba Liborio cuando, soñando despierto en medio de su rebaño de ovejas, se posó un extraño objeto volador del tamaño de una cabina de teléfonos con dos focos deslumbrantes.
Una vez el O.V.N.I. quedó en silencio, bajó de él un bicho de dos patas. Metálico. Con lucecitas. En un abrir y cerrar de ojos, el bicho lo abdujo llevándolo al portamaletas de aquel artilugio volador.
Elevarse y desplazarse en paralelo fue todo uno. Aterrizar en el Teatro Real y escupirlo en el suelo del escenario, todo dos.
«Una furtiva lágrima» salió de su garganta.
Su voz, limpia, irrumpió vomitando agudos impensables, entonaciones grandiosas, como hacía tiempo no se escuchaba en esa catedral de la lírica. 
Sólo las ovejas supieron, en primera persona, de aquel sueño de Liborio hecho realidad.
¿Quién puso allí ese artefacto volador?

6 de octubre de 2016

Este jueves, relato: Hospitales


Los blogs son como la bitácora de a bordo en la que, a veces, cuentas todo lo acontecido en este barco que es tu vida y de la que uno es capitán y grumete al mismo tiempo.
Al menos esa fue la intención inicial. Pero este diario de plasmar en «intimidad» lo cotidiano, al final, se convierte en una arbitraria aportación de mensajes, reivindicaciones, informaciones de carácter general, relatos de ficción y algún que otro cuento en el que nos dibujamos de espalda para disimular, cuando no para engañar.
Hoy siento la necesidad, o al menos el gusto, de contar una experiencia que me ha dejado totalmente descolocado.
Esta tarde he estado en Urgencias, en el Hospital La Fe de Valencia. No, en el nuevo  no, en el viejo, el de siempre. Ese en el que acudíamos muy a pesar nuestro acompañando a alguno de nuestros hijos con una brecha en la cabeza o siendo acompañados por alguno de ellos, porque se nos había disparado la tensión. Ese en el que dábamos mil vueltas para aparcar el coche y que al final lo dejábamos encima de la acera. Ese en el que la cola de admisiones daba casi una vuelta al pabellón central. Ese en el que esperabas de pie horas y horas hasta que pillabas una silla donde pasar más horas y horas esperando con ansiedad creciente un chirriante altavoz que te señalara con el dedo diciéndote: «familiares de...»  Ese en el que sabías a qué hora entrabas, pero no a la que saldrías: Expedientado. Visitado. Radiografiado. Diagnosticado y recetado en no menos de cuatro horas. Ese en el que ahora, aparcas a la primera, no haces cola, te atienden enseguida y, enseguida, te mandan expedientado, visitado, radiografiado, diagnosticado y recetado en media hora.

No es tan mala la soledad del corredor de fondo, cuando las cosas suceden en silencio apacible, con celeridad y eficacia y sobre todo cuando te aseguran que lo tuyo, no es un desplazamiento de la prótesis de la cadera —como temías—, sino una ligera impotencia funcional, que se soluciona con unos días de reposo.