31 de enero de 2016

Este jueves, relato: Convocatoria. "Mis horas en la peluquería"


Don Ricardo no era santo de mi devoción. Imponía, tan enjuto, tan circunspecto, tan estirado él con su guardapolvo gris. Pero por más que me resistía no podía evitarlo. Los brazos fuertes de mi madre me arrastraban por toda la calle hasta ponerme delante de la puerta de la barbería.
Una vez dentro la conversación se repetía una vez más:
-¿Qué le hacemos al niño, Amparo?
-Lo de siempre Ricardo… al cero, que vaya bien fresquito.

Este jueves vamos a contar y cantar, si os parece, cómo es una jornada de peluquería. ¿De qué hablamos? ¿A quién ponemos de vuelta y media? ¿Qué ojeamos (porque de leer, nada) mientras nos llega el turno? ¿Qué pasa con ese insufrible dolor cuando nos hacen las cejas? ¿Nos dormimos mientras la rubia (o el "morenazo") nos lava la cabeza?

Contar... contar, y no os importe pasaros, Tésalo está de viaje. Ya conocéis el funcionamiento. ¡Os espero! Aquí no hace falta pedir hora.  


PArTICIPaNTEs:



















Todas las imágenes son obra y gracia de Casss... Gracias rubia.









28 de enero de 2016

Este jueves, relato: Entrevista con... DIOS


Llegó puntual como corresponde a un Jefe de Estado. Solemne y ceremonioso me reconoció... (¡era Dios!) le ofrecí asiento en una butaca de piel marrón.
-¿Qué le apetece tomar Señor?
-Un vino dulce -me contestó.
-El motivo de esta entrevista es para recordarle que hace ya más de tres mil años, su Padre, que es Usted, le dio diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí. Necesitó cuarenta días para escribir con su propia mano sobre dos tablas de piedra las leyes básicas. Poco tiempo para crear un reglamento de obligado cumplimiento, ¿no le parece?
-¿Tres mil...? -se preguntó desconfiado-. Cuarenta días fueron suficientes para que la fe de un pueblo se perdiera y me sustituyeran por un becerro de oro construido en honor de mi adversario Apis.                                                             
-Si, ya lo sé y la reacción de Moisés fue demasiado visceral y tremebunda rompiendo sobre todos ellos las pesadas tablas. 
-Mano dura y fuertes penitencias son lo único que entienden los fieles en tránsito. ¿Y dígame, que más quiere preguntarme? puede imaginarse que tengo otras obligaciones. 
-Después de miles de años, ¿cree que algunos de los Mandamientos podría sufrir algún cambio que los adapte a los tiempos presentes, alguna actualización que sea consecuencia implícita de nuevas lecturas, incluso pensando en los próximos años?
-El primero, ni tocarlo, sólo faltaría modificar el único que habla de Amor.
El segundo y cuarto valen como están, habida cuenta que Dios, o sea Yo, soy Padre, Madre, Hijo y Espíritu Santo.
El tercero es obvio si quieres cumplir con el segundo y cuarto.
El quinto, es de aconsejable cumplimiento, salvo para las Santas Cruzadas en su lucha contra el moro infiel.
El sexto y noveno valen, mientras no hayan niños de por medio, que la Iglesia no es de piedra.
El séptimo y el décimo van en el cargo, la Iglesia tiene voto de pobreza, por lo tanto, sólo están expuestos los fieles de escasa o enfermiza convicción.
Y para terminar, el octavo es un mandamiento de relleno, sólo para que quedaran equilibradas ambas tablas, hoy sería prescindible.
-Gracias Dios por su tiempo, por cierto, ¿le dice algo el nombre de Francisco?
¿Quién? No sé, ahora no caigo.

21 de enero de 2016

Este jueves, relato: Sucedió a bordo de un MG METRO.

            
Por primera vez y sin que sirva de precedente, voy a alejarme 180 grados de la ficción y bucear en la realidad. Una historia tan verídica como indecente y, no sé hasta qué punto verosímil; pero así es como sucedió y así es como la cuento. 
Fue en coche, uno pequeño y blanco.
Sonaron tres veces las campanas del Miguelete, cuando esto sucede después del mediodía quiere decir que son las 15:00. Terminábamos de tomar el aperitivo de esa mañana de sábado con el que Regina y yo habitualmente despedíamos la semana laboral. Como con un gatillo recién disparado la miré y le dije: Si me pagas el hotel, te invito a cenar en Arzak. Regina, que se apunta a un bombardeo, pidió la cuenta de la cerveza  y las aceitunas, y me arrastró a casa a por una muda limpia.
Al pasar Teruel empezó a llover y la conducción era lenta y la demora en la carretera la hacía más inquietante aún. La mesa estaba reservada para las 21:00 horas. En Zaragoza, llevábamos una hora de retraso sobre el horario previsto. 
-Buenas noches, soy Alfredo y tengo mesa para las 21:00, quizá nos retrasemos un poco, está lloviendo y la conducción es muy lenta.
-No se preocupe D. Alfredo, le esperamos. 
En la autovía intentamos recuperar el tiempo perdido. No solo no lo recuperamos sino que cruzar Pamplona nos sumó media hora más al retraso. Salvamos el puerto de Azpiroz y repostamos en Tolosa. Seguía lloviendo.
-Buenas noches, soy Alfredo, lamento comunicarle que nuestro retraso va a ser algo mayor, estamos en camino.
-No se preocupe D. Alfredo, conduzca tranquilo, le esperamos.
Entramos en San Sebastián a las 22:40, acompañados de un pertinaz chirimiri. Sólo quedaba cruzar el río Urumea, por el puente de Santa Catalina.
-Buenas noches, soy Alfredo, llegamos en unos minutos, buscamos aparcamiento. 
-No se preocupe D. Alfredo, nosotros aparcaremos su coche, le esperamos en la puerta.
Eran las 23:00 cuando entramos en el restaurante, el resto de los comensales nos miraban como si estuvieran al  corriente de las peripecias de nuestro accidentado viaje. En el hall se nos acercó un señor a recibirnos, se interesó por nuestro estado de ánimo y después de acompañarnos a la mesa nos dijo:
-Soy Juan Mari, relájense, aséense, pónganse cómodos, que después de esos meritorios 700 kilómetros, esta noche, yo elijo por ustedes.


13 de enero de 2016

Este jueves, relato: Tranviario

      
      Decía que se paraba echando piedrecitas por un tubo hasta que estas cubrían la vía. Lo recuerdo en los días de lluvia, yo iba a su lado, y me dejaba tirar puñados de arena gorda por el embudo cuando nos aproximábamos a la parada; él, al mismo tiempo, reducía la velocidad con la mano izquierda, girando la manivela que se deslizaba circular sobre un especie de reóstato; mientras, con la derecha, daba vueltas a un gran volante metálico que frenaba presionando las ruedas de acero.
      Vestía de gris, pantalón y chaqueta con botones cromados hasta el cuello, apenas se adivinaba la orilla del cuello de su camisa blanca, hasta que después de las primeras horas se desabrochaba un botón evitando apreturas incómodas; sólo uno, dos hubiese sido un atentado al buen gusto y decoro. Completaba su uniforme con una gorra de tela dura, también gris, y visera de plexiglás negro.
      A veces iba de cobrador: "¡Billetes por favor!" Preguntaba cruzando el tranvía de atrás a delante, manejando una calderilla de la que sólo él era el responsable; tantos billetes vendidos tantas pesetas con sus céntimos a liquidar. De la plaza de Jesús, en el barrio de Patraix a la Estacioneta del puente de Madera. Un solo turno de diez horas y un solo recorrido, el mismo todos los días.
      Al final el tranvía a dormir a las cocheras de la Avenida del Puerto y él a casa, cruzando la ciudad a pie, con la alegría y el estímulo del trabajo bien hecho. Más tarde, después del hervido y una cola de merluza, una buena sesión de Radio Nacional de España, la emisora del Movimiento, ¡Qué castigo señor! Poco faltaba para que apareciesen en las ondas: "Matilde, Perico y Periquín".
      Que, ¿quién era él? Ya os lo podéis imaginar...