27 de junio de 2012

Este jueves, relato. Ponerse en los zapatos de otro.



He empezado el relato con mal pie. Creo, que en un zapato que no es el mío.
Después de los primeros pasos, me siento algo incómodo. Me oprime el pulgar y me roza en el talón, además del ruidillo insoportable cada vez que flexiono para iniciar un nuevo paso. Pero quería probarlo, sentir como vive uno en el zapato de otro.

La conclusión es muy sencilla, tan sólo hay tres opciones:
Que el número del zapato que calza el otro sea más pequeño, más grande o igual.

Si es más pequeño es imposible ponértelo, no cabe. Lo intentas por pasiva y por activa y siempre se queda algo fuera... algún dedo, el talón, y eso con calcetines de seda, si por casualidad los llevas de lana... ni lo intentes.

Si por el contrario es más grande, sí te lo puedes poner, incluso sin mirar, hasta te puedes equivocar de mano, (¿de "mano"?) que no se entera. El pie baila perdido buscando una pared en la apoyarse y lo que es peor, te lo dejas atrás cada dos por tres... ¡pasos, claro!

Podría decirse que la mejor opción es la tercera, pero hay matices. El número sería el mismo, pero el sexo no. Yo gasto un 40 y he intentado andar con zapatos de mujer de tacón de aguja del mismo número... todavía ando malherido por el suelo, que es otra forma de andar con el zapato de otro, en este caso de “otra”.

Y ahora, pasemos al tema que nos ocupa...


Más pies apretados en el par de Gastón



24 de junio de 2012

A fuego lento. Taberna La Bola


Dicen que cualquier día de invierno, en Madrid, Alfonso XII se escapaba de Palacio para "apretarse" un cocido en algunas de las tabernas de las proximidades.
Un buen cocido y una relajada sobremesa, se convertían en un placer real, calificado sin miedo a equivocarnos como un momento sublime.
Sus ingredientes recuerdan su origen campesino, pero la manera de servirlo, separado en tres platos (vuelcos), es un ritual ya urbano y burgués. De primero, una sopa de fideos con el caldo; de segundo, los garbanzos y las verduras, y por último, las carnes troceadas y los huesos de caña.


En mercado. (6 comensales):
250 gr. de garbanzos de Castilla, 500 gr. de carne de morcillo, caparazón de gallina, 2 pechugas de gallina, 2 morcillas, 6 chorizos, 1 trozo de tocino, 1 punta de jamón, 1 repollo, 1 cebolla, 3 zanahorias, 6 patatas pequeñas, 1 diente de ajo, fideos para la sopa.
En Cocina:
Poner en remojo los garbanzos el día anterior. En puchero de barro, se introduce el jamón, la carne, el tocino, el chorizo, la gallina, y los garbanzos. Añadir agua y poner a fuego lento de carbón de encina durante seis horas. Una hora antes de terminar la cocción añadir las patatas y la sal. Cocer y rehogar la verdura con aceite y ajo.
Cocer los fideos con un trozo de chorizo.




21 de junio de 2012

Este jueves, relato. "Mis Jueves"



Mis jueves, caminan conmigo, con pasos cortos pero continuados, ligeros pero determinantes.
Mis jueveros son variados, divertidos, solidarios y capaces de agotar dos depósitos de gasolina para descubrir una sonrisa.

Mis jueves son un cuento de niños, protagonizado por adultos de pantalón corto y corazón hasta los tobillos. Personajes de ficción que toman forma relato tras relato y se manifiestan en el guijar del tiempo. 

Tenemos bellas "Blancanieves" a las que acompañan sapos enamorados. "Sabios" doctos e ilustrados. "Gruñones" pulcros y exigentes. "Muditos" que escriben por los codos. "Dormilones" de elegantes bostezos. "Felices" a los que nunca les abandona la sonrisa. "Tímidos" que esconden sus calidades en abatares excelsos. "Mocosos" Sí, también algún mocoso, bajito y juguetón, que siempre se pierde por Navidad. Pero en mis jueves, no tenemos, ni queremos "Brujas" vanidosas. 
Tan sólo una muestra de mazapán con anisetes de colores, que pronto va a ser mamá.

En fin, mis jueves, mis jueveros y yo, somos así.

7 de junio de 2012

Este jueves, relato... encadenado



Se despertó húmeda, los cuervos de nuevo le acompañaron en una impenitente vela sin que nada pudiera hacer.
Miró detenidamente el medallón y se preguntó por qué todavía colgaba de su cuello. Tal vez algún privilegio que desconocía y del que seguramente no había sacado suficiente partido. Por primera vez en mucho tiempo buscó en su alma. Alborotó en ella con descaro, la sacudió de recuerdos, y se detuvo en el negro acharolado del azabache. Los folios de su vida cabían en aquel oscuro y brillante centímetro cuadrado. Leyó en ellos con detenimiento, señalando con su índice unas imaginarias líneas, hasta que un cuervo la sobresaltó:
-¡Tú... tienes visita!


5 de junio de 2012

¿Y Gustavo?



La Princesa está triste... ¿Qué tiene la Princesa?

Este duro leñador, que hace un poético fuego con los troncos que pedal a pedal va dejando en el camino. Que irreverente nos gana el voto de una presidencia virtual.
Que queriendo, (por que es muy listo) nos emplaza, provoca, estimula, semana tras semana en el noble empeño de dejar algo de nosotros en un papel de plasma.

A veces, a este duro leñador, le pesa el hacha, le confunde el bosque y los periquitos le vuelven loco. (por eso yo, no tengo periquitos)

A veces, a este duro leñador, le entran ganas de ponerse el mono de faena y subirse a los tejados y esconderse en la noche de los cementos y en la lluvia de las varillas de encofrar; por que dice que desde ahí arriba se ven mejor las estrellas y aunque empapado de melancolía y tristeza, el cielo de Vezdemarbán es el más claro y limpio para esos menesteres.

A veces, este duro leñador, le falta el aire. Ese que sobra en sus campos y que frío le rebana las orejas. Ese que nos sobra a nosotros y que obstinados en regalarle no responde a nuestra dádiva. Ese que vale para poco, si no se le da tiempo, el justo para bajar de nuevo de ese tejado y gritar a pecho descubierto... "Busca la belleza, que es lo único por lo que merece la pena vivir en este asqueroso mundo"